Ya no cuela

Ampliación de derechos. Por Carlos Esteban

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¿Se acuerdan de la clase obrera? ¿Qué fue del proletariado? Suenan tan arcaicas estas palabras. Y no porque haya desaparecido la cosa, sino porque la izquierda que domina, que acapara el discurso, ha barrido esas palabras debajo de la alfombra.

Lejos de mí defender el marxismo, delirio de un burguesito alemán que se resistió siempre con uñas y dientes a ver un obrero de carne y hueso en su hábitat natural que ha traído los regímenes más genocidas, opresivos y empobrecedores que ha conocido la humanidad. Pero si sus conclusiones son un peligroso disparate, sus premisas tenían y tienen un punto. Hay arriba y abajo en el Barrio Sésamo social, hay poseedores y desposeídos.

De hecho, esa sigue siendo la gran línea divisoria de la vida social, entre quienes deciden y quienes se someten a las decisiones de los primeros. Y se suponía -cuando yo era joven, al menos- que la izquierda estaba con los segundos, con la clase obrera, aunque su definición exigiera por fuerza unos retoques.

Pero no soy el primero en advertir que la izquierda ha abandonado su defensa, incluso retórica. La izquierda hoy está más por jalear los privilegios de grupos que etiquetan de oprimidos por definición, y esa dispersión de luchas le sirve para ocultar el flagrante abandono de sus orígenes.

Los de abajo, sin embargo, siguen estando abajo, y oír a su izquierda -recientemente, por una de sus representantes en Andalucía, Teresa Rodríguez- reivindicar prioritariamente los derechos de los transexuales o pretender que los malos tratos a las mujeres son una plaga omnímoda o defender que lleguen cuantos extranjeros deseen a competir por el escaso empleo, les deja comprensiblemente perplejos. Y, claro, votan mal.