Artículo de J. F. Merladet

Anita Berber, la reina de la República de Weimar y Madonna, la reina de la globalización

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Por J. F. Merladet

Este 10 de noviembre se han cumplido 89 años de la muerte en la miseria de la que fue la gran y escandalosa reina del cabaret berlinés, Anita Berber. Vivió tiempos muy convulsos: la Gran Guerra y la derrota, la revolución espartaquista, la hiperinflación y la crisis económica, los Freikorps y el surgimiento del nazismo. Vivió, como dice la maldición china, en tiempos interesantes, como cada vez lo son más los nuestros.

Cabaré es una palabra de origen francés cuyo significado original era «taberna»,​ pero que pasó a utilizarse internacionalmente para denominar salas de espectáculos, generalmente nocturnos, que suelen combinar música, danza y canción, pero que pueden incluir también la actuación de humoristas, ilusionistas, mimos y muchas otras artes escénicas, incluyendo en algunos casos espectáculos eróticos osados. Todo ello, según la orientación del local, puede servir para entretener, hacer olvidar o sugerir y hacer reflexiones político-sociales mientras los espectadores disfrutan de bebida y comida. Se distinguen de otros locales porque tienen un bar e incluso un restaurante, cuando son grandes y, a diferencia de lo que sucede en el teatro, los asistentes pueden beber y conversar entre sí durante las actuaciones. 

El primer cabaré famoso de París fue Le Chat Noir, fundado en el barrio bohemio de Montmartre en 1881.​ Entre sus clientes habituales había muchos escritores, pero la mayoría eran pintores y estudiantes de Bellas Artes. En 1889 se inauguró el aun existente Moulin Rouge en el barrio rojo de Pigalle donde lo más característico eran las bailarinas de cancán. En Barcelona cabe citar Els Quatre Gats, 1897-1903 que fue un local de vanguardia modernista, y El Molino, fundado en 1899. También fue centro de reunión de las vanguardias artísticas el Cabaret Voltaire, fundado en Zúrich por los dadaístas en 1916. El Cotton Club de Nueva York fue creado por el campeón de los pesos pesados Jack Johnson en 1920 y adquirido poco después por un gánster poco después para promover el jazz y organizar juergas a la par que intentaban saltarse la “ley seca” en vigor desde dicho año. 

Fue en los cabarés donde aparecieron los primeros travestís en un escenario y también donde se presentaron las primeras pantomimas homosexuales. Una de las más famosas fue la pantomima lésbica protagonizada por la actriz y pin-up Colette, que luego llegaría a ser una novelista famosa, y por la Marquesa de Morny, arqueóloga, en el Moulin Rouge en 1907.  Pero el cabaret berlinés y Anita Berber en sus 28 años de vida les superaron con creces.

El cabaré en Berlín (años veinte y principios de los años treinta)

El cabaré había llegado a Alemania en 1901, fecha en la que se creó el primer cabaré alemán conocido, el Überbrettl, aproximadamente veinte años después de su comienzo en Francia, pero en el ambiente formal y controlado del Imperio alemán de aquella época anterior a la I Guerra Mundial, necesitó dos décadas para encontrar su propio y particular estilo sobre todo en la ciudad de Berlín.

En los años veinte y principios de los años 30, los de la cultura de la República de Weimar (1918-33), Berlín se convirtió en la capital mundial del cabaré, hasta la llegada de Adolf Hitler al poder.​ El Cabaré berlinés fue algo menos lúdico y bastante más ácido y crítico que la tradición de los “bataclanes” franceses. Tocando temas como sexo y política acompañados de alcohol, buscaba el sarcasmo social y político basándose en una atmósfera íntima e incluso una complicidad entre actores y público.

El colapso del Imperio, la actividad de los grupos revolucionarios, los infortunios, atentados políticos, violencia de grupos ultra izquierdistas y derechistas, intentos de golpes de estado, la hiperinflación, la corrupción, la libertad ideológica se mezclaron en un coctel que hizo de éste el periodo más prolífico y creativo del cabaré. El prototipo de cabaré de esa época fue uno inventado, El ángel azul, inmortalizado por el film dirigido por Josef von Sternberg en 1930 e interpretado por la genial y ambigua Marlene Dietrich.

Muchos cabarés criticaron y se mofaron abiertamente del resurgir de los nacionalismos tras la debacle de la Primera Guerra Mundial. Pero las huelgas, el miedo a una posible Revolución de tipo bolchevique en Alemania y la brutal inflación y devaluación de la moneda de 1922-23 dividieron de manera crispada la política en bandos opuestos (derecha e izquierda);

Ambos utilizaron el cabaret como medio de expresión aunque el cabaré fue más bien inclinándose hacia una actitud crítica de izquierda y de ahí la poca simpatía de que gozó con los nazis. Cuando estos se hicieron con el poder, la censura, exilio y encierro de autores, el género prácticamente desapareció del país. Muchos artistas alemanes de cabaré se exiliarían por no estar de acuerdo con la ideología nacional socialista, o por ser judíos y llevarían la expansión  internacional del cabaré a otras grandes ciudades como Londres o Nueva York.

El cabaré alemán prosperó en la República de Weimar debido a la carencia de sentimiento de culpabilidad y permisividad del ambiente en dicho periodo. Muchos jóvenes se comportaban de manera indisciplinada, sin respeto por sus mayores. Se fascinaban por la Ópera de cuatro peniques de Brecht y las puestas en escena de Pirandello, el teatro expresionista de Wedekind o la poesía de Chulolsky. Fogosos, indisciplinados y entusiastas, más que nunca antes, los jóvenes berlineses se habían lanzado a experimentar por el camino del arte y sobre todo, en el de la sexualidad y las relaciones poco convencionales. En ese paisaje destacó la transgresora Anita Berber.

Las imágenes de libertad sexual y hedonismo que se asocian con la república de Weimar hicieron florecer en Berlín una vida cultural y nocturna que tuvo en los cabarés su máxima expresión, como no lo hizo en ninguna otra ciudad alemana ni europea con la posible excepción de París. Ello les permitió llegar a constituir una  fuerza cultural, intelectual, social y política.

El más famoso en la época fue probablemente Die Katakombe, 1929-1935, cabaré político y literario que en 1935 sería clausurado por orden de Joseph Goebbels. Aunque el Kit Kat es el cabaré que todo el mundo conoce gracias a la famosa cinta Cabaret de Bob Fosse de 1972 hay que decir que éste es imaginario, como asimismo lo es Der Blaue Engel, ya mencionado, o el Rick’s Café, de la película Casablanca. Otros cabarés reales famosos fueron Eldorado Wintergarten y Residenz (“Resi” para los habituales). No eran los únicos. Los había a docenas, dedicados a hombres, mujeres, transexuales… y donde no había un cabaret, había un bar, un salón de baile, incluso llegando al extremo de los “nachtlokal” en los que  dress-code era la desnudez absoluta. 

A pesar del florecimiento del Cabaré, en aquella sociedad desestabilizada, empobrecida, víctima de explotadores sin escrúpulos y dividida, la nueva aparente libertad escondía un grave problema: la prostitución y la explotación de menores. Con unas elevadas tasas de desempleo y unos sueldos exiguos y que se devaluaban a diario, prostituirse era la única solución para cientos de miles de personas, independientemente de su edad y sexo (la prostitución de menores era habitual). Las mujeres se distinguían entre sí por el color de las botas que llevaban (cada color representaba una especialidad), y abundaban quienes se prostituían al fin de su jornada laboral para poder complementar su sueldo. Y el aumento de la promiscuidad y del abandono desesperado de muchos, llevó al incremento de las enfermedades venéreas y a los crímenes sexuales (“lustmord”), hoy diríamos “delitos de género”, que también estaban a la orden del día. 

Las pinturas de Georg Grosz, Ernst Ludwig Kirchner y Otto Dix aún son capaces de transmitir la sordidez oculta bajo las luces de los cabarets. Como ya hemos dicho, los temas más recurrentes son Política y Sexo pero a menudo se trataban con una dualidad que oscilaba entre discurso político serio y la más total banalidad. Si por un lado, los debates políticos permitían al pueblo una capacidad crítica y libre de opinar y criticar la situación del país, por otro lado, al ser entremezclados con sarcasmos y temáticas de sexo, en todas sus variantes, llevaban a situaciones tan liberales en las relaciones de pareja como podemos leer en la novela “Una princesa en Berlín”. 

Sin embargo y en una evolución paralela, para las fuerzas nacionalistas y anticomunistas, el cabaré era cada vez más una fuente de disolución y de decadencia. Sus temáticas, que hoy, tras décadas de legalización de la pornografía, podrían parecer más habituales, eran entonces consideradas decadentes y como libertinaje por una gran parte de la pequeña burguesía que veía a su nación expoliada y hundida tras la guerra y su posición social deteriorarse y por muchos trabajadores que veían sus puestos de trabajo perdidos o en peligro tras la crisis del 29 o la hiperinflación. Todos ellos, iban a alimentar gradualmente las filas del creciente Partido Nacionalsocialista que ganó las elecciones democráticamente en 1933. 

Las diferentes sexualidades que hoy se englobarían en el llamado movimiento LGBT, se convierten, como he subrayado antes, en temas importantes que se ven reflejados en personajes influyentes del cabaré. Una importante representante de este Cabaré y de muchas de estas tendencias, sería la polémica intérprete cabaretera, Anita Berber, que a pesar de morir a una temprana edad, lo hizo con tal intensidad que no se podría decir que vivió poco.

Anita Berber (1899-1928), Reina de la República de Weimar.

Símbolo de las contradicciones y decadencia del periodo de Entreguerras, sus actuaciones rompieron todas las fronteras debido a su androginia, total desnudez, cabello rojo brillante y corto y sus provocadoras apariciones públicas desafiando tabúes. La clara y abierta adicción a las drogas de Berber y su bisexualidad eran motivo de debate público. Además de su adicción a la cocaína, el alcohol, el opio y la morfina que mezclaba con coñac, uno de los favoritos de Berber fue la mezcla de cloroformo y éter.

A menudo deambulaba desnuda bajo un abrigo de marta, repartiendo sonrisas y frases procaces. Su rostro de diva del momento, estaba en todas partes: en el escenario con sus celebraciones de lo que ella misma llamaba «depravación, horror y éxtasis”; en los periódicos y revistas de entretenimiento y en la gran pantalla. Bailarina, actriz, escritora y escandalosa de vocación, Anita Berber fue un símbolo de la Weimar decadente y libertina. 

Anita destacaba, siempre iba mucho más allá en la danza o el guion en las películas mudas en que participó. Era desvergonzada y provocadora, tuvo varios maridos y múltiples amantes de ambos sexos incluyendo –según se dice- a  Marlene Dietrich; Magnus Hirschfeld (fundador de la sexología moderna y la liberación gay), Klaus Mann, el hijo díscolo de Tomas Mann y hasta el rey de Yugoslavia. No tenía tabúes con el sexo, como demostró en “Anders als die Andern” (Diferente a los demás), film que marcó un hito en 1919 al ser la primera película de la historia que mostraba la homosexualidad en forma positiva. La gente respondía con aullidos a ese erotismo ostentoso, que incluía desnudos totales en el escenario. Muchos la adoraban, pero otros tantos la consideraban una especie de Salomé bíblica, la encarnación de la perversidad. Anita disfrutaba de su reputación de chica mala y en una especie de huida hacia adelante, entró en una especie de espiral con mayores excesos vitales y espectáculos cada vez más audaces y repletos de la imaginería expresionista, como “Suicidio” “Morfina”, “Casa de Locos” o las famosas performances de “Danzas de la depravación, horror y éxtasis”.

La gloria de Anita Berber, duraría sólo unos pocos años. Cuando los berlineses saciados de sus libidinosas travesuras se cansaron, la otrora diosa a la edad de 29 años, cayó en picado. Envejecida, demacrada, drogadicta, vociferante, medio loca y perdida, tenía apenas 29 años cuando una tuberculosis que se manifestó mientras actuaba en Damasco, la barrió definitivamente de escena el 10 de noviembre de 1928, hace ahora justo 89 años. 

Anita Berber, a mujer más escandalosa de la Alemania de los 20, prácticamente olvidada hoy, fue enterrada en un cementerio para pobres poco antes del ascenso de los nazis al poder. En todo ello simbolizó en cierto modo a la propia República de Weimar, también olvidada por las nuevas generaciones, que, víctima de sus contradicciones y excesos, murió barrida de la historia poco después llevándose con ella una época de florecimiento intelectual de aquella Alemania, la mayor potencia cultural y científica europea del primer tercio del siglo XX, que brilló con la intensidad y duración de una estrella fugaz.

La República de Weimar y hoy

La situación de entonces, salvadas las distancias, nos recuerda en cierto modo a la de ahora: inestabilidad, crisis económica, aumento de las disparidades sociales, esperpentos políticos, decadencia moral, resurgir paulatino de los extremismos, corrupción y capitalismo casi sin freno. Bastaría el chispazo de una repetición acentuada de la crisis del 2007, algo no tan imposible, para una gran explosión. ¿Quién habría supuesto hace unos meses que el Reino Unido dejaría a la UE, que un ‘outsider’, en teoría crítico con el ‘establishment’ y populista, como Trump sería elegido Presidente de los Estados Unidos, o, volviendo a Alemania, que la extrema derecha de AfD entraría con fuerza en el Bundestag alemán? Todo esto es sintomático de una evolución rápida que anuncia cambios más fundamentales por venir. 

Hoy, como entonces, se está produciendo un golpe de acelerador brutal y sin frenos en la llamada globalización, simultaneo a una cada vez mayor concentración de la riqueza, un deterioro de la situación de las clases medias y trabajadoras, una pérdida de los viejos referentes tradicionales y una caída brutal de la natalidad. En paralelo a todos estos cambios incesantes, los llamados movimientos y partidos populistas se están convirtiendo en una fuerza poderosa tanto en Europa como en Estados Unidos. Los populistas se caracterizan por pretender aportar, sin casi pestañear, respuestas rápidas y simplistas a todos estos problemas a la vez. 

La inquietud que sentían los alemanes de Weimar ante un mundo en rápida mutación y con evidentes riesgos de deterioro de la propia posición social y esta búsqueda de un culpable o chivo expiatorio en el Otro o el Extranjero al que se culpa de todos los males (en aquellos momentos el judío, hoy el musulmán) es, por cierto, muy similar a la que vivimos hoy ante la globalización y la inmigración masiva. Por eso hoy surgen en Europa populismos nacionalistas que en algunos casos no difieren mucho del fascismo de aquella Europa de entreguerras. También surgen hoy nacionalismos populistas como los que sacudieron aquella Europa después del trazado de fronteras de Versalles y las imposiciones de los vencedores de la Primera Guerra Mundial, que crearon muchas nuevas minorías y dejaron descontentas a muchas nacionalidades. 

Esperemos que todos estos nuevos populismos y nacionalismos excluyentes, que recuerdan tanto a los de los años 1920 y 30, no logren imponerse a la razón y los logros de la integración europea y no engañen de nuevo hoy a la gente, aportando una solución fácil a problemas complejos que nos suma en la oscura tragedia con la que terminaron aquellos. 

Madonna, Reina del Nuevo Orden Mundial

Hoy habría varias equivalentes de Anita Berber aunque la más paradigmática es posiblemente «La Reina del Pop», Madonna 

Madonna es un icono del “antisantoral” de nuestra época. Posee el récord mundial Guinness de «la solista más exitosa y de mayores ventas musicales de todos los tiempos», y según la Recording Industry Association of America (RIAA) es la solista con mayores ventas del siglo XX. En 2008, la revista Billboard clasificó a Madonna en el número dos, detrás de los Beatles, en el “Billboard Hot 100 All-Time Top Artists”. Los medios de comunicación la consideran como la mujer más influyente y exitosa de la historia musical y “fuente de inspiración” para toda una generación, no solo por su legado a la cultura pop. 

Como Berber, ha sido  también provocadora, rompedora, lasciva y, con canciones y espectáculos plagados de símbolos esotéricos, y se ha mofado con escarnio de la religión cristiana y de sus valores. Ya con su primer álbum de éxito «Like a Virgin», atrajo la atención de las organizaciones familiares, quienes se quejaron de que la canción y su video promovían las relaciones sexuales prematrimoniales y socavaban los valores familiares. El video musical de su canción «Like a Prayer» para Pepsi incluyó  muchos símbolos católicos, como los estigmas y cruces en llamas, así como una especie de pantomima haciendo el amor a un santo, lo que llevó al Vaticano a condenar el video. La superpromocionada showwoman tituló su primer álbum de grandes éxitos “The Immaculate Collection”, el recopilatorio más vendido por un solista en la historia cuyo video de promoción contaba con escenas de sadomasoquismo, homosexualidad y desnudez… ¿No nos recuerda a alguien 70 años antes? En una gira de 1990, Madonna dijo: «sé que no soy la mejor cantante y sé que no soy la mejor bailarina, pero, puedo joder a la gente y ser tan provocativa como yo quiera. El objetivo de la gira es romper los tabúes inútiles». La influyente y manipuladora revista​ Rolling Stone lo proclamó «el mejor tour de 1990» mientras que el Papa pidió al público en general y a la comunidad cristiana no asistir al concierto que el Vaticano calificó como «uno de los espectáculos más satánicos en la historia de la humanidad» Para que seguir…

Madonna en el Confessions Tour de 2006. Es considerada una de sus presentaciones más polémicas , si es que ya puede causar polémica.

Y, sin embargo, a diferencia de la Reina de la República de Weimar a la que tanto se asemeja, la cantante italoamericana no ha sido efímera como aquella: debe haber hecho algún tipo de “pacto con el Sistema” (en vez de con el diablo) pues, aunque ya prácticamente sexagenaria, y pese a haber realizado varios films a cual peor y a haber traspasado todos los límites posibles, sigue dando guerra, sobrevive en la cumbre de un éxito popular relativamente longevo, y ni siquiera le ha salpicado aun la actual y curiosa vendetta actual de las acusaciones de viejos abusos sexuales. 

Pero, no serán sus prácticas cabalísticas o luciferinas lo que la mantengan “inmortal” en el candelero de fama, influencia y riqueza, sino su enorme utilidad desintegradora  y, cuando a dicho Sistema imperante y manipulador no le sea ya necesaria para sus propósitos de “ingeniería social”, la barrerá también de un plumazo.

Conclusión

Se habla mucho de los “felices años 20” pero aquella felicidad aparente no era sino hedonismo que encubría una enorme corrupción económica y política, una degradación y aumento de la fractura social y una vacuidad espiritual sobre todo de las clases más acomodadas que eran las que gozaban de los cabarets.  Aunque es verdad que en comparación con las hecatombes que se produjeron en las décadas anterior y posterior, el periodo de entreguerras puede parecer relativamente dichoso. Además,  fue una época de florecimiento intelectual y la gente aun desmoralizada por la tragedia de la Gran Guerra y desarmada por la pobreza conservaba energía para reaccionar a un lado y a otro del espectro, aunque lamentablemente se movió ciegamente hacia los extremos.

Actualmente, también hay muchos que afirman que estamos en el “mejor de los tiempos históricos”. Sin embargo, décadas de lavado de cerebro y adoctrinamiento televisivo y mediático nos han dejado casi totalmente abotargados ante los síntomas de cambio acelerado en los que se ha pasado de amenazarnos con espadas de Damocles  que van desde la «tectrónica» que profetizaba Brezinski en las 1970s hasta el posthumanismo del que se habla hoy y que implican nuestra sumisión total a los nuevos “Señores del Aire” e incluso una desaparición de lo que somos y representamos que nadie quiere ver. 

Pero esos  terribles y acechantes “tiempos interesantes”  están ahí de nuevo y, tal vez, la mejor de las épocas no sea sino la calma chicha que precede a una terrible tempestad.

J. F. Merladet