Así despide Perú al mayor genocida de su historia: Abimael Guzmán

El Líder de Sendero Luminoso poco después de su captura en septiembre de 1992. Horizontal.
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Nunca pidió perdón a las familias de sus más de 30.000 víctimas mortales. Nunca se arrepintió de una vida dedicada al terror y al sufrimiento. Nunca dejó de odiar a los demás.

Abimael Guzmán fue antes que nada un psicópata social que odiaba demasiado. Aprendió a eliminar  al discrepante durante su estancia en la China maoísta de la revolución cultural. De haber llegado al poder, habría exterminado a la mitad de la población, batiendo la siniestra marca de Stalin, de Mao, de los Jemeres Rojos, de Mengistu. Lo intentó fundando una organización terrorista que sembró la vida peruana de asesinatos, secuestros, violaciones, narcotráfico, robos y multitud de variantes criminales, entre los años de 1980 y 1999  (la banda continuó matando hasta siete años después de su encarcelamiento).

Hijo bastardo de un administrador de fincas, quedó huérfano de madre a los cinco años y dedicó toda su existencia a un ajuste de cuentas con la vida. La desestructutación familiar, la falta de afecto y una predisposición natural al crimen, sembraron la semilla del rencor que germinaría en un monstruo. Cuando llegó a la universidad solo tuvo que encontrar una organización intelectual para estructurar ese odio en una venganza contra todo y contra todos: el marxismo leninismo.

Cuando Fujimori al fin lo detuvo en una brillante operación de los servicios de inteligencia del Perú, el país respiró y los campesinos supieron que en adelante podrían volver tranquilos a cultivar las tierras o a pastorear los Andes con sus llamas. Encerrado en una jaula, vestido a rayas como presidiario de película, profiriendo gritos y agarrándose con furia los barrotes, se desveló ante el mundo como lo que era: un loco y feroz asesino en serie que justificó sus crímenes a lomos de una ideología que le daba amparo y que, no en vano, había exterminado ya a cien millones de seres humanos, el comunismo en cualquiera de sus trágicas variantes. Abimael pasó 29 años en la celda, rumiando venganza, cavando en su propia maldad.

La muerte de Abimael Guzmán Reinoso -le llamaban «Gonzalo»-  ha pasado un tanto desapercibida en España. Los periódicos de izquierda han dado una mera nota necrológica y los de derecha se han limitado a una «condena de agencia». La prensa peruana, sin embargo, ha celebrado eufórica su muerte: «Muere el mayor genocida de la historia del Perú» (El Comercio); «Murio el más grande genocida de nuestra historia» (Perú 21); «Murió derrotado» (La República); «Murió la bestia» (Expreso); «Murió Abimael Guzman ¡Ni perdón ni olvido!» (El Chino); «Terrorismo Nunca Más» (Diario Uno); «Ya está en el infierno» (El Popular); «Así murió la hiena» (La Razón); «Se fue el diablo» (Ojo); «El asesino en el infierno» (Correo); «Que no tenga tumba » (El Popular); «No crear mitos de un asesino» (Del País).

Los entornos del presidente Castillo y sus ministros -muchas de cuyas biografías ocultan vínculos con Sendero Luminoso- callan, cuando no echan tierra sobre su historia de connivencia con el genocida. Un diario, Expreso, reprochaba al presidente Castillo su silencio respecto del terrorista. La mayoría de la prensa del Perú ha señalado los vínculos del actual gobierno y de parte importante de la izquierda peruana con ese pasado oscuro de Sendero.

Abimael Guzman y Sendero Luminoso no solo mataron sin cuartel -repito, más de 30.000 personas-, sino que lo hicieron de manera brutal y con un sadismo desconocido en otros grupos terroristas. Mataban con horror… Asesinaban a sangre fría y organizaban auténticas orgías de muerte; en ocasiones, tras quitarle la vida a un inocente, dinamitaban luego su cadáver, a la vista de todos, o entraban en las aldeas a machete y violaban a las campesinas -viejas o niñas- hasta la misma muerte; sus atentados fueron casi siempre tumultuosos; dinamitaron centros comerciales abarrotados de gente, volaron por los aires autobuses, coches, viandantes que dejaban un paisaje dantesco; cuando practicaban las razias campesinas, tras torturar, quemar, violar y destruir, dejaban hileras de innumerables cadáveres a la vista de todos, cuerpos desfigurados a golpes cuando no mutilados, como dispuestos uno tras otro para ser lanzados a la fosa común.

La pregunta es: ¿cómo es posible que todo eso surgiera de las aulas universitarias de Ayacucho o de Arequipa? No se sabe qué tiene el comunismo, pero produce con demostrada frecuencia ese fenotipo  criminal en demasiada gente. Un fenotipo es el resultado de una predisposición genética (al crimen, en este caso) desarrollada en un determinado ambiente, un caldo de cultivo (en este caso, el caldo de cultivo ideológico del rencor propio del comunismo). Así nació el monstruo. Un fanático del marxismo leninismo, Mariátegui, le cargó de razones para dar rienda suelta a la masacre. Y la historia de este perturbado jinete del apocalipsis comenzó.

Ya detenido, sus iluminados seguidores se inventaron una doctrina inexistente «el pensamiento Gonzalo», que no escribió una línea y cuyo aporte intelectual fue la masacre como arma política -que ya estaba más que inventada y a la que él dio no más que un tremebundo aire personal de odio y locura. Hoy sus seguidores se disfrazan de demócratas y reniegan del monstruo, pero comparten, cuando menos, algo terrible: un idéntico origen y una historia común.

Murió tras 86 años de hacer el mal.