Ya no cuela

Barrio Sésamo. Por Carlos Esteban

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Un método tan bueno como cualquier otro para medir el descenso de una democracia hacia la tiranía es el lenguaje de la clase política. Cuanto más parecido es el modo en que nos tratan de convencer al que empleamos para hablar con niños muy pequeños; cuanto mayor es el desprecio por la inteligencia del común, y más delatan sus palabras que se ven a sí mismos como padres omniscientes de hijos de inteligencia limitada y nula experiencia de la realidad, más cerca está el fin.

Ningún político hasta ahora había llegado tan lejos en ese intento de convencernos de que ellos son nuestros padres amorosos y omnipotentes como Yolanda Díaz, el mayor ‘bluff’ de la democracia española, una ministra que gana puntos estropeándolo todo y no haciendo nada a derechas. Su nuevo proyecto, Sumar, aúna el cinismo impávido de Sánchez con un tonito de presentadora de un programa infantil; Sumar es el intento de convertir la democracia en una temporada interminable de Barrio Sésamo.

Y ya que tantos la prefieren por su retórica de guardería, sin confrontarla nunca con la realidad medible, ¿para qué medir la realidad con esos fríos números tan antipáticos de la macroeconomía? La Gallina Caponata no sabe nada de PIB o IPC, pero es todo amor y cancioncitas facilonas. De ahí que las juventudes de la nueva cosa propongan, leo, “sustituir el PIB por placer, libertad o felicidad” como indicador de desarrollo. Porque hay aburridos y pesadísimos económetras que pueden discutirte la cifra del Producto Interior Bruto, pero nadie puede disputar con cifras la puntuación del placer que nos da ser gobernados por una seño tan cariñosa.