Black Lives Don’t Matter. Por Carlos Esteban

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Tras el enésimos tiroteo masivo en Estados Unidos, en el que un chaval de 18 años se lió a matar niños de un colegio de Uvalde, en Texas, mientras la policía esperaba fuera, el expresidente Obama, canonizado por la prensa universal, descendió de su lujoso Sinaí de Martha’s Vineyard para consolar a su pueblo, y lo hizo advirtiendo que no debían olvidarse de George Floyd. Hay algo casi sádico en decirle a padres que lloran la muerte insensata de sus hijos pequeños que su dolor es de algún modo ilegítimo o menor si no lo relacionan y supeditan a la muerte de un drogadicto y delincuente habitual a manos de la policía.

George Floyd era el muerto políticamente conveniente. No así los cincuenta nigerianos reunidos en la iglesia de San Francisco Javier de Owo para celebrar Pentecostés, masacrados exclusivamente por vivir su fe. Esas vidas, si tenemos que juzgar por la reacción de la prensa, no importan.