Ya no cuela

Cada vez que suene mi nombre. Por Carlos Esteban

|

 

De las cosas más fascinantes de la historia es contemplar cómo un mecanismo creado para evitar un mal acaban multiplicándolo, lo que suele llamarse en pedante ‘hererogénesis de los fines’. Así, frente a la monarquía, la democracia llegó para que el pueblo se gobernase a sí mismo a través de representantes que serían tan sustituibles, tan prescindibles, como cualquier otro funcionario. De hecho, deberían ser solo funcionarios del más alto nivel, lo más contrario a un culto a la personalidad.

Pero con el tiempo la democracia se ha centrado en el carisma, ese aura religiosa que rodeaba al ungido por los dioses, y engendrado, como la podredumbre engendra gusanos, monarcas hipócritas y sociópatas narcisistas como el tipo que nos ocupa.

Después de andar a vueltas y revueltas con los veinte mil millones de dólares que un país con el mayor índice de miseria de Europa dedicará a un ministerio que solo puede hacer el mal, 73 millones suena a propina, a la calderilla que queda en un abrigo viejo, aunque a mí me hacen un apaño.

Pero lo indignante en este caso, lo terrorífico, es que se destinen a un algoritmo que ‘salta’ en la Moncloa cuando se habla en redes del sátrapa que ocupa el palacio. Porque nada se hace porque sí, ni es probable que el hombre que amaba los espejos gaste nuestro dinero solo en oír repetido su nombre. Para que tenga sentido, tendrá que haber consecuencias para quienes le vean las verrugas.