Cimientos de sangre, por Carlos Esteban

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Algunos pueblos antiguos de Europa tenían un curioso ritual de cimentación. Cuando iban a construir una casa nueva, sacrificaban a uno de sus hijos para que su sangre formara parte de los cimientos.

Roma vino a desterrar estas atroces costumbres bárbaras, y sobre Roma se alzó la sombra de una fe, el cristianismo, que habría de hacer olvidar cuanto de innombrable tenían los ritos paganos, dejando de ellos solo el recuerdo de danzas de primavera y cantos al sol.

Pero algo debe de haber en el nefando rito para que nuestra civilización quiera basar en él su última casa. Ayer el Parlamento Europeo aprobó el Informe Matić, que consagra como derecho humano la facultad de matar al no nacido en el vientre de su madre, cimentando la nueva casa europea sobre este oculto sacrificio de sangre inocente.

Es asombroso que, siendo transcendental el paso dado, nuestra prensa convencional lo ignore en sus primeras, incluso en los sedicentes diarios ‘conservadores’. ¿No se permite ya el aborto en todos los países de la Unión? ¿Dónde está la diferencia, qué ha cambiado?

Todo. Lo que está meramente permitido se puede prohibir. Se puede, al menos, restringir. Pero ningún Estado puede actuar contra un derecho humano y seguir formando parte de la Unión Europea. Consagrar el aborto como derecho destierra a los que pretendan abolirlo al campo de los países canallas, de los que apedrean adúlteras o encarcelan disidentes; quizá por debajo aún de estos.

Ayer Europa firmó un pacto fáustico con la muerte, sellando nuestra suerte de un modo que, advierto, pocos ven en este momento.