Adiós a París, hola a «Al-Francia»

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Por Jean-Louis Chollet (*)

Si es legítimo movilizarse hoy contra el pase sanitario y su corolario, la vacunación obligatoria, para reconstruirnos en un nuevo paradigma de sociedad, es especialmente muy urgente constituirnos como fuerza contra ese otro enemigo de nuestra sociedad y de nuestra cultura occidental que ha sido el Islam en sus diversas expresiones.

La ofensiva global del Islam contra Occidente no es nueva. No es más que la prolongación de su programa geopolítico, social y religioso redactado desde su creación en el año 642. Su primera victoria sobre Occidente, tras el sometimiento de los bereberes católicos y judíos del norte de África, fue la conquista de la Península Ibérica en el camino hacia el Norte, donde fueron detenidos en Poitiers en el año 732. Este periodo de la historia de la Península Ibérica es más conocido como Al-Andalus.

Desde su apogeo a finales de la Edad Media, el Islam ha perdido su -supuesto- primer lugar entre las grandes civilizaciones. Así, privado de las riquezas y recursos apropiados durante sus conquistas bélicas, al no tener ya los medios para imponer sus dogmas al resto del mundo, el Islam quedó confinado en Oriente Medio. Europa, y Francia en particular, nunca fue, durante este periodo, una tierra privilegiada de acogida para los musulmanes hasta mediados del siglo XX.

Parece concebible que la reanudación de una actividad islámica conquistadora se corresponda con la aceleración de la explotación del petróleo, concomitante a la independencia de los países productores, desde principios de los años treinta. Con las nuevas riquezas proporcionadas por la explotación del petróleo, los árabes musulmanes de la península se enriquecieron y reemprendieron, para seguir los mandatos del «Libro Sagrado» -el Corán-, pero de forma más solapada, su islamización del mundo occidental, que se había vuelto dependiente del maná del petróleo para su economía e industria, y desestabilizado por numerosas nuevas corrientes ideológicas, como los «derechos humanos» y el laicismo, cuyos fundamentos se habían desviado. En este contexto, Francia no es inmune a esta dependencia y desestabilización. Magullado en su suelo y en su espíritu por las consecuencias de una desgraciada guerra de Argelia, por sus generosas leyes sociales y por el deletéreo comportamiento de una clase política guiada a menudo por un ideal «europeísta» que tiene poco en cuenta las normas nacionales, Es el caldo de cultivo ideal para la reanudación de una conquista islámica y la base de una ofensiva en Europa, algunos de cuyos países también están afectados por la sharia, una especie de «constitución» islámica que rige a la población en el «Dar Al Islam» (la casa del Islam, por extensión las tierras donde se aplican las leyes islámicas).

Combatida por algunos por lo que tiene de contraria a los fundamentos de nuestra civilización greco-judeocristiana y letal para la organización de nuestras sociedades occidentales, alabada por otros que ven en ella un «renovado esplendor» de nuestra sociedad o, más trivialmente, la posibilidad de agregar a toda una población de seguidores de este concepto religioso político-social a la masa fundida de sus votantes, la religión islámica conquistadora se ha convertido en el principal enemigo a combatir urgentemente antes de restaurar la grandeza histórica de nuestro país y su paz política, social y humana. Sólo así podrá Francia recuperar la energía necesaria para su nuevo «renacimiento» y los medios para «reconquistar» sus valores fundacionales.

Al-Andalus, el Islam de las quimeras

La historia de al-Andalus, que tuvo lugar del 711 al 1492 en la Península Ibérica (también conocida como Hispania), nos ha demostrado lo difícil -si no imposible- que es «ensamblar» dos culturas para hacer, como empezamos a experimentar hoy en Francia, un sustrato nacional que pueda ser fuente de desarrollo futuro. Este periodo de la historia debe alertarnos sobre la continuación de la conquista islámica, interrumpida durante cinco siglos, pero reanudada hoy de forma más insidiosa desde mediados del siglo XX.

Al-Andalus, considerado ejemplar y prolífico por un colegio de intelectuales y académicos -casi todos de izquierdas- es un mito que empieza a desmoronarse bajo la presión de una realidad que se impone cada día. Además, está contaminado por el engaño, ya que ha logrado gran parte de su estrategia expansionista apoyándose y apropiándose de elementos extranjeros, helenistas, cristianos, judíos, bizantinos y etíopes en particular

No se trata aquí de negar la conquista de esta parte de Europa por parte de los musulmanes, sino de combatir la idea de que aportó riqueza política, cultural y social en una bella ósmosis con las poblaciones cristianas y judías que la poblaban entonces, dotadas de un importante patrimonio civilizatorio.

Sin entrar en el complicadísimo mecanismo de esta conquista y en las múltiples causas que la hicieron posible- parece importante aportar elementos de comparación con lo que vivimos hoy en día y comprender cómo, desde el siglo VIII hasta nuestros días, los musulmanes Los que siguen al pie de la letra los preceptos del Islam y los que no quieren renegar de su libro increado -el Corán- ni de su profeta, ni de sus hermanos en el Islam mediante una práctica silenciosa y discreta de su religión, pretenden conquistar y someter a Occidente con armas políticas, psicológicas, culturales y religiosas, a veces bélicas y letales.

Occidente se enfrenta hoy al segundo empuje del Islam conquistador, que no tiene, al igual que en el siglo VIII, más medios que la debilidad moral, la ingenuidad, el compromiso y la ignorancia de sus adversarios para instalar duraderamente, si se lo permitimos, una forma arcaica de gobierno de los pueblos. Tenemos hoy en Oriente Medio, la región donde se fundó el Islam, el poder de un grupo de países musulmanes construidos y armados principalmente por Occidente con el dinero del petróleo que les permite adquirir las tecnologías que nosotros les vendemos complacientemente, al igual que las dinastías omeyas y abasíes en la Edad Media basaron su poder en la riqueza bizantina a cuya creación eran ajenos y de la que se apropiaron indebidamente.

Afortunadamente, algunos historiadores y académicos españoles intentan ahora poner en orden histórico esta importante parte de la convivencia entre Occidente y el Islam. Así, en particular, Serafín Fanjul, doctor en Filología Semítica, catedrático de Literatura Árabe en la Universidad Autónoma de Madrid, ex director del Centro Cultural Hispánico de El Cairo y miembro de la Real Academia de la Historia de España, ha comenzado a destruir el mito de Al-Andalus. Es uno de los mejores especialistas internacionales en literatura árabe y su historia.

Su último libro «Al-Andalus, la invención de un mito. La realidad histórica de la España de las Tres Culturas» se ha convertido en una de las armas en la lucha contra el angelismo «musulmanófilo». Demuestra eruditamente cómo la imaginación de los románticos -no siempre benévola- nos ha dejado una visión del pasado hispano que es más fantasía que realidad. La verdad histórica ha sido barrida por la creencia, y esta creencia es tanto más seductora cuanto que los parangones del conformismo han sabido secuestrarla en su propio beneficio para hacer de España un verdadero edén perdido del multiculturalismo universal. «La realidad que restituye la obra de Fanjul es la de una península en la que reinan la intolerancia y el conflicto, el sufrimiento y la violencia entre las comunidades, lejos de la apertura y el apaciguamiento que se mantienen con demasiada frecuencia», se lee en la presentación del libro.

En otro libro, Cristianos, judíos y musulmanes en al-Andalus – Mitos y realidades, Darío Fernández Morera, su autor, profesor de la Universidad de Northwestern y doctorando en literatura comparada de la Universidad de Harvard, argumenta: «Basándose en fuentes voluntariamente ignoradas y en recientes descubrimientos arqueológicos. Este supuesto paraíso de feliz convivencia comenzó con la conquista de España por el califato islámico. Los ejércitos del Islam, compuestos por bereberes incultos, destruyeron un reino visigodo que había conservado el legado de la cultura clásica tras la caída del Imperio Romano de Occidente, y cuyo nivel de civilización era muy superior. Lejos de ser un lugar de tolerancia, la «España musulmana» era un lugar de regresión cultural en todos los ámbitos de la vida. Los cristianos y los judíos fueron marginados y oprimidos por los autócratas religiosos. Considerados como subalternos en una sociedad jerarquizada, fueron reducidos al rango de dhimmis, y tuvieron la opción que los gánsteres dan a sus víctimas: pagar por la protección o desaparecer. Mientras los políticos e ideólogos siguen celebrando la «España musulmana» por su «multiculturalidad» y «diversidad», Darío Fernández-Morera demuestra que esta construcción políticamente útil es una falsificación de la historia.»

Ambos desvelan con contundencia el mito y la realidad de la España islámica y sus demostraciones son sólidas, rigurosas, equilibradas y sus fuentes intachables, como señala Arnaud Imatz, doctor de Estado en Ciencias Políticas y miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de España, en una publicación del Círculo Aristotélico.

Basado en este mito de Al-Andalus, se trata efectivamente de un «Edén» que los historiadores, filósofos, políticos y periodistas, los turiferarios de la izquierda de una reescritura de la historia que, en definitiva, conviene a su ideología, han intentado vendernos desde hace décadas. El filoarabismo y la islamofilia son, en efecto, de la izquierda y de la extrema izquierda, como hemos visto aparecer claramente en el paisaje político y mediático desde hace algunas décadas. Numerosos ensayistas y filósofos apoyan esta tesis, hoy muy extendida. «El sol de Alá brilla sobre Occidente – Nuestra herencia árabe», de la orientalista Sigrid Hunke, publicado en 1963, o los islamistas que, en Francia, intentan vendernos una «criollización» mezclada con el Islam que sería «una oportunidad para Francia». La literatura también es pletórica en su intento, mediante una gimnasia intelectual que raya en la tortura, de interpretar la historia aquí y allá a su gusto.

A diferencia de los visigodos, que se asimilaron, a través de la lengua, la religión, las leyes, la literatura y la filosofía, a la romanidad (tema examinado en profundidad por Rémi Brague, en «Europe, La voie romaine»), los conquistadores musulmanes no se asimilaron a las civilizaciones que les habían precedido. Las sustituyeron por una serie de costumbres sociales y familiares efectivas que tenían un fundamento religioso, modificando significativamente la cultura y la demografía hasta su desaparición. Así, desaparecieron la Persia de Zaratustra, el imperio cristiano grecorromano de Oriente Medio, el norte de África y Asia Menor (actual Turquía), el reino indobudista de Sindh (en el actual Pakistán) y el reino cristiano visigodo de España.

Los dirigentes franceses, pero también los de buena parte de Europa, construyen parte de su estrategia política, económica y humana sobre esta misma mentira que intenta hacernos creer en los numerosos beneficios de la creciente influencia del Islam en el juego político, social, económico y mediático de Occidente. Para ello, oponen la teoría de la «ilustración» de la religión musulmana a su parte supuestamente canalla, el terrorismo islámico, que se inspira en la misma lectura, la del Corán. Sin embargo, el «Estamos en guerra» coreado por Emmanuel Macron en 2020, ordenando a sus ministros que «inunden» la opinión con anuncios y acciones diarias para «aterrorizar al islamismo» (Le Parisien 22 de octubre de 2020) cuando «al mismo tiempo», en todos los pisos de la Cámara francesa, se despliega un discurso cada vez más permisivo con los representantes de todas las tendencias del Islam. Incluso los cercanos a las posiciones intransigentes de las facciones más extremistas como los Hermanos Musulmanes, cuyos 147 lugares de culto en nuestro territorio están siendo cerrados con velocidad y energía. (Informe del Senado – 2018)

La agenda del Islam en Europa no se oculta; sin embargo, aunque parezca que los dirigentes de nuestro país la conocen perfectamente, la leen con una mirada ideológica, inculta, pero sobre todo política y el mal se extiende. Se extiende, por un lado, de forma «explosiva», con picos evidentes como los atentados de Niza y Bataclan, en particular, y de forma «esporádica», los asesinatos de Sarah Halimi y del padre Hamel, a los que se suman los numerosos asesinatos de asesinos «locos», ataques con cuchillos, degolladores en la mayoría de los casos siendo, por otro lado, una manifestación evidente como tantos otros ejemplos de la violencia que se extiende en nuestro país, con el Islam como telón de fondo en casi todos los casos.

Son muchas las negaciones y traiciones que permiten al Islam imponerse, al igual que las crónicas de Albelda en el siglo IX explican el fácil éxito de los árabes por las maniobras traicioneras del visigodo Wittiza, muerto en el 710, que permitieron a los invasores penetrar en la península con gran facilidad.

Parece claro, por tanto, que estamos viviendo la segunda gran fase de la islamización de Europa, y de hecho de gran parte del mundo occidental. Se articula en torno a tres ejes, geopolítico, social y religioso, que, en sus formas actuales, constituyen sólo la parte visible del iceberg civilizatorio que se dirige hacia nosotros. En este sentido, las dos épocas, «Al-Andalus» y la actual, que llamaremos «Al-França» (Francia, en árabe), son similares en muchos aspectos

El Islam se compone de tres universos, el Dar al-Islam (el territorio del Islam), que se refiere a las zonas gobernadas por la sharia, el Dar al-Sulh (el territorio del acuerdo), que se refiere a las tierras no musulmanas que han entrado en una tregua duradera con un gobierno musulmán, y el Dar al-Harb (el territorio de la guerra), que se refiere a las tierras no musulmanas cuya población está llamada a convertirse al Islam. Se puede argumentar que Europa es la tierra a conquistar hoy en día, pero en un enfrentamiento directo con fuerzas armadas perfectamente entrenadas y organizadas -como son los ejércitos occidentales- sería imposible que los soldados de Alá obtuvieran una victoria militar decisiva que les permitiera prosperar sobre una base sólida y duradera.

Al-França, una fábrica de dhimmis «made in France

Hoy en día, aunque se observa una creciente presencia de un «contrato halal» en la sociedad francesa, el enfoque sigue siendo solapado. Se aprovecha de las debilidades del mundo occidental, anestesiado por el deseo de evitar las guerras en Europa, por una cautela sobre la identidad y la historia de los Estados dictada por una corriente humanista que aniquila cualquier jerarquía en el desarrollo del pensamiento coherente y, como corolario, por una tendencia a poner todas las culturas y sociedades al mismo nivel. Así, frente al islam, que se desarrolla sin ningún tipo de freno, hasta el punto de que el miedo al ostracismo está gangrenado en una parte de nuestras sociedades y de nuestros dirigentes, sólo somos capaces de oponerle, con gran desconocimiento de su realidad, expresiones tranquilizadoras de amor y de paz, sin, sobre todo, amalgamarlas con lo que fue el motor «ideológico-cultural» de las conquistas que siguieron a su creación.

Los compromisos, las argucias, el victimismo y el entrismo son habituales y dificultan que la mayoría de los franceses entienda con claridad lo que realmente está en juego en este «conflicto» civilizatorio que nuestros dirigentes no quieren nombrar. Como en España en el pasado, la conquista de una parte de Europa ha comenzado y se ha acelerado en los últimos años, para inscribir en nuestro futuro la extensión de la religión de Mahoma. En primer lugar, el «Dar Al Harb» (La Casa del Islam, el dominio espiritual de la sumisión a Dios). Esta «casa del Islam» deseada por nuestros dirigentes desde hace cuarenta años es un terreno fértil para plantar las semillas de esta religión en la sociedad, de la que los trágicos sucesos son sólo la parte «acontecida» de una islamización progresiva. La otra parte, discreta e insidiosa, está constituida por el número cada vez mayor de hábitos sociales que se nos imponen y que parecen desarrollarse como el embrión de una «dhimmitud» irreversible y peligrosa para la sociedad occidental, como profesa Gisèle Littman-Orebi, ensayista egipcia de lengua francesa e inglesa, más conocida bajo el seudónimo de Bat Yé’Or («La flor del Nilo» en su lengua materna).

En al-Andalus, como en todo el imperio musulmán, se aplica el pacto de dhimma: esto significa que cristianos y judíos, a cambio de su seguridad, deben respetar las normas de convivencia con los musulmanes y pagar un impuesto especial. El contenido del pacto está redactado de la siguiente manera. «No construiremos más en nuestras ciudades y sus alrededores, ni conventos, ni iglesias, ni celdas de monjes. [Daremos hospitalidad a todos los musulmanes que pasen por nuestras ciudades y los alojaremos durante tres días. [Seremos respetuosos con los musulmanes. Nos levantaremos de nuestros asientos cuando ellos quieran sentarse. […] Tocaremos la campana en nuestras iglesias sólo muy suavemente. […] No rezaremos en voz alta en los caminos frecuentados por los musulmanes. […] Si violáramos alguno de estos compromisos, dejaríamos de tener derecho al dhimma y nos expondríamos a las penas reservadas a los rebeldes. (Al-Turtushi, Siraj al-Muluk – La luz de los reyes – siglo XIIᵉ.) Esto es, como hemos visto recientemente en las noticias, lo que está ocurriendo en muchos de los territorios «perdidos» de la República, de los que han sido expulsados muchos de nuestros conciudadanos judíos y católicos en menor medida, y no se permite a las mujeres en los espacios públicos, salvo para hacer la compra o acompañar a sus hijos al colegio.

Y en la escuela de la república, precisamente, desde los primeros años, se intenta dar una visión idílica del Islam. «En Francia, los planes de estudio son nacionales y los define el Ministerio de Educación, pero el contenido de los libros de texto lo determinan las editoriales, y la única ley del mercado. La elección del lenguaje y del estilo, la selección de los temas y de los textos, la organización y la jerarquía de los conocimientos obedecen a objetivos políticos, morales, religiosos, estéticos, ideológicos y económicos explícitos o implícitos. (Alain Choppin – Manuels scolaires – Histoire et actualité – Hachette éducation – 1992)

En la Península Ibérica en el siglo VIII, como en todo el mundo islámico, los niños musulmanes (los invasores no traían a sus familias, pero ningún estudio hasta la fecha aborda este tema, permitiendo todas las hipótesis sobre la naturaleza de los nacimientos durante este primer período de la islamización de España) de padres y madres bereberes musulmanes, Los hijos de padres musulmanes bereberes, posiblemente mozárabes (cristianos que vivían en territorio musulmán), que habían sido sometidos y convertidos desde al-Andalus, eran educados en casa, con un tutor o en escuelas primarias cuyos profesores eran contratados y pagados por los padres. Ya en el siglo VIII, bajo el reinado de Abd al-Rahman I, se crearon en Al-Andalus escuelas para niños pequeños cerca de las mezquitas y dentro de ellas para adolescentes. La educación de los niños quedó entonces estrechamente vinculada a la religión musulmana.

Algunos historiadores o investigadores como Adeline Ruquoi (Educación y sociedad en la Península Ibérica medieval – La revue de l’éducation – Número 69 – 1996) sostienen que el aprendizaje del árabe, tras la conquista, permitió transmitir una inmensa cantidad de conocimientos de calidad. Sin embargo, las numerosas referencias aportadas abogan más por el anclaje y desarrollo de la cultura visigoda, basada a su vez en la cultura romana, organizada y construida por una red de eruditos, tanto laicos como religiosos, que se desplazaron hacia el norte a medida que los musulmanes avanzaban en su conquista.

Hoy en día, en Francia, en la agenda de un sistema educativo nacional ampliamente favorable a un enfoque fantasmal del Islam – los trágicos acontecimientos que llevaron a la muerte de Samuel Paty nos han mostrado las peligrosas fronteras – se quiere presentar esta religión como abierta y tolerante. El tema falseado de la coexistencia pacífica y la riqueza cultural del mundo árabe-musulmán, basado en el modelo de Al-Andalus, constituye un fermento ideológico que, a pesar de la realidad comprobada de la vida social, cultural y económica particularmente difícil de los dhimmis (judíos y cristianos que viven en la tierra del Islam), propone a los alumnos una lectura de la historia no sólo angelical sino también distorsionada, e incluso una falsificación peligrosa para la construcción de la identidad de los jóvenes alumnos.

«Todos los libros de texto sugieren que la conquista árabe-musulmana fue rápida porque fue fácil. Si las conquistas fueron rápidas…» es principalmente, como hemos visto antes, «porque [especialmente] las divisiones internas de las autoridades nativas, a menudo iglesias en conflicto interno por cuestiones tanto teológicas como políticas, permitieron a los ejércitos árabes tomar rápidamente los centros de poder. Sin embargo, esto no se hizo sin resistencia popular…» (Figaro Vox – Entrevista a Barbara Lefèvre, profesora y ensayista francesa nacida en 1972 en París, que habla sobre el igualitarismo, el antisemitismo, el laicismo en el mundo de la escuela), por Vincent Trémolet de Villers – 26-09-2016)

Más cerca de casa, el presidente Emmanuel Macron, en su discurso en Les Mureaux (Yvelines) el 2 de octubre de 2020, también animó a la enseñanza del árabe para que no sólo lo impartan las asociaciones (¿religiosas?): «Cuando no lo enseñamos en la escuela, aceptamos que más de 60.000 jóvenes vayan a aprenderlo en asociaciones, para mal, y que sean manipulados. […] Salgamos de la hipocresía, no deleguemos esta enseñanza».

En su lengua materna, que en algunos casos es difícil de dominar, tratamos de dar a los niños un mensaje positivo sobre la cultura musulmana -y por tanto sobre la religión, ya que estos dos aspectos son consustanciales al Islam-, así que imagínese si mañana la enseñanza del árabe fuera obligatoria. …

Penetración cultural

La multiplicación de las mezquitas y el empobrecimiento del hábitat en los «territorios perdidos de la República» conducen a una falsificación del urbanismo cultural y a una transformación solapada del paisaje arquitectónico.

En un país de cultura greco-judeocristiana como Francia, salpicado por las huellas seculares de su historia, el paisaje de las ciudades y del campo contribuye -¿todavía? – del sentimiento de pertenencia a una sociedad que se construyó con la religión, que luchó por la religión y el laicismo y que, en este último punto, luchó por calmar los conflictos nacidos de la religión para no imponer más dogmas en el funcionamiento del país. Dios fue retirado de la sociedad para permanecer en los hogares de quienes lo querían, inscrito en los corazones y las mentes. Pero el paisaje fue -y sigue siendo- construido sobre los cimientos sólidos y visibles de una cultura que los monumentos cristianos y judaicos, en particular, han contribuido fuertemente a albergar durante siglos.

Uno de los retos del islam -en Francia, pero no sólo- es cubrir esta huella con números y altura, y esto se hace «marcando el territorio», en particular construyendo mezquitas, «hallalizando» la calle mediante carteles y ventanas, arabizando los sonidos, la música y el lenguaje. En el siglo de Al-Andalus, encontramos templos romanos reconocibles por sus columnas, que luego se convirtieron en edificios de oración musulmanes. Utilicemos el término «edificios» porque no cumplían con las normas islámicas, como fue el caso de Córdoba, donde la Qibla no estaba orientada hacia La Meca, porque la «mezquita» se había construido sobre los cimientos de la catedral visigoda de San Vicente.

En Francia, algunos políticos y sobre todo alcaldes -principalmente de izquierdas, pero no sólo- buscan, para su comodidad electoral, amplificar significativamente la visión urbana de la presencia religiosa musulmana. Este trabajo de falsificación del territorio -y de la Historia-, a veces con la ayuda del Clero, ya está en marcha en nuestro territorio. Por ejemplo, y no es exhaustivo, la capilla de San José de Clermont-Ferrand se prestó durante más de 30 años a la comunidad musulmana de la ciudad, que se limitó a camuflar los símbolos cristianos tras una nueva decoración. Se puede citar otro caso: el municipio de Graulhet en el Tarn. En 1981, una iglesia en desuso se transformó en una mezquita. Esta transformación fue posible gracias al apoyo del municipio y a la cooperación entre las religiones. También hay que destacar la declaración, en 2015, de Dalil Boubakeur, presidente del Consejo Francés de la Fe Musulmana, de transformar las iglesias desocupadas en mezquitas…

En todos los continentes, la arquitectura refleja una cultura. A excepción de algunas urbanizaciones modeladas por una «nueva ideología» (como el comunismo de la posguerra, que influyó en la arquitectura social de Francia, en particular), la vivienda que encontramos en Occidente no se parece a la que predomina en China o en Japón, y menos aún a la llamada arquitectura «morisca», que no es -como se puede ver en la Península Ibérica- más que una mezcla de estilos que a menudo se originaron, se modelaron y se potenciaron con el trabajo de los diversos trabajadores extranjeros que hicieron posible su construcción. La falsa «mezquita» de Córdoba, por mencionar sólo este edificio, retomó las columnas del templo romano y algunas partes construidas por los visigodos sobre las que, gracias al trabajo de los maestros bizantinos, los mahometanos pudieron hacer brillar su cerámica.

La modificación de la imagen y el sonido

Para continuar el paralelismo con nuestra propia época, en todos los distritos «islamizados» de nuestro país, somos testigos de los excesos del predominio del Islam. Por el momento, se dirige principalmente a sus correligionarios, pero sólo estamos viendo la punta del iceberg, que se refleja en el comportamiento de los habitantes en el tejido urbano -vestimenta, lenguaje, lenguaje corporal-, en el aspecto de las calles -tiendas halal, tiendas de ropa, cafés en los que las mujeres brillan por su ausencia- y en la arquitectura, donde las mezquitas están sustituyendo a las iglesias en el centro de la ciudad.

Hoy en día ya podemos ver un cambio evidente en la «firma cultural» del paisaje en ciertas regiones de Francia, como los cambios en la vestimenta que indican el origen del «nuevo francés». Hoy en día, es evidente ver, en una multitud y en ciertos barrios, cada vez más qamis, cúficos y chilabas para los hombres y hijabs o incluso burkas para las mujeres. A esto hay que añadir los cambios lingüísticos; como señalaba Franz-Olivier Giesbert en su último libro, «apenas oigo hablar francés en ciertos barrios de la ciudad focense» (y en muchos otros barrios de las grandes ciudades francesas). También hay que destacar los cambios arquitectónicos que se están haciendo visibles, lenta pero inexorablemente. Así, los numerosos minaretes que brotan aquí y allá en el territorio -hoy se habla de 90, frente a 64 en 2009, pero hay más de 350 proyectos de construcción en marcha, según el diario online de las mezquitas en Francia, frente a más de un centenar en 2011. (Le Monde, en su edición del 10 de julio de 2015, adelanta la cifra de 2.500 «mezquitas» o lugares de culto equivalentes), que sustituyen a otras tantas iglesias que ya no se construyen. Sobre este último punto, esperemos que los obispos, que se han comprometido a «reponer» el fondo de compensación de la Iglesia para las víctimas de pederastia mediante la venta de algunos de los inmuebles propiedad de la Conferencia Episcopal Francesa y de las diócesis, no permitan que algunos de ellos se conviertan en lugares de culto musulmán, como recomendó en 2015 Dalil Boubakeur, presidente del Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM).

Es fácil comprender que estos cambios, por muy discretos que sean hoy, contribuyen a perturbar de forma duradera el profundo sello cultural de nuestro país. Y confirman que, efectivamente, tenemos en suelo francés «Territoires [déjà]. perdus de la République», definición justificada y título homónimo del libro de Emmanuel Bensoussan.

Y esto no se va a aclarar. El informe del Instituto Montaigne «La fábrica del islamismo», publicado en septiembre de 2018, propone la creación de una institución encargada de organizar y financiar el culto musulmán en Francia. Esto podría conducir muy rápidamente a la introducción de un impuesto para financiarlo, incluso si dicha contribución financiera, esencialmente privada, (el mercado «halal» por ejemplo, se pagaría a una asociación cuyo propósito sería financiar el culto musulmán. Como vemos, ¡es en las venas y arterias de Francia donde se busca la sangre «halal»!

La historia de al-Andalus, de la que sólo hemos tocado una ínfima parte de los acontecimientos que hoy son objeto de un gran número de libros y publicaciones científicas, debería iluminarnos sobre las cuestiones de civilización que se nos presentan hoy. No todo está perdido, pero es necesario tomar conciencia y actuar con energía a gran escala para evitar un futuro salpicado por el canto del almuédano en una Francia que los historiadores podrían llamar algún día «Al-França»…

(*) Este artículo ha sido originalmente publicado en francés por Jean-Louis Chollet para Dreuz.info. Hemos reproducido su contenido fundamental por considerarlo de alto interés periodístico