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DECLARADO INOCENTE

El cardenal Pell, un mártir vivo. Por Julio Ariza

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Hay una modalidad universal de eliminar a un adversario: acusarle del crimen más horrendo ante la multitud, señalarle públicamente y desatar la ira justiciera del pueblo sobre su persona. Alguien interpone una demanda, se filtra a los medios de comunicación y comienza una lapidación pública que acaba literalmente con el personaje. Los que consiguen sobrevivir lo hacen en el más puro ostracismo, en muerte civil. Pasan los años, generalmente muchos años para que el difamado no tenga capacidad de rehacerse, y finalmente es absuelto de los crímenes horrendos que se le imputaban. Lo que fue un escándalo mayúsculo y abrió todas las portadas y los telediarios, pasa a ser noticia menor, de un personaje que ya no cuenta ni importa. El poder de la mentira noticiable se hace tan intenso que destruye el valor de la verdad que finalmente triunfa, sí, pero ya sin apenas vigor, sin interés. 

El cardenal Pell acaba de ser absuelto por la Corte Suprema de Australia de una infundada acusación de pederastia que le apartó del poder vaticano y le condenó al ostracismo. Las acusaciones fueron presentadas en 2015 y se referían a posibles abusos hipotéticamente realizados sobre un menor en 1996. Un año antes, en 2014, había sido nombrado máxima autoridad financiera del Vaticano. El cardenal Pell ha pasado un auténtico calvario judicial, mediático, social y eclesial de cinco años. Pasó a ser un apestado. Quedó desapoderado de todos sus derechos. Fue llevado a la cárcel en régimen de aislamiento. 

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El recurso para acabar con el adversario es tan antiguo como la propia historia del poder. Nada nuevo, por tanto, si personas de una estructura de poder utilizan ese sistema para eliminar a uno de los suyos, sobre todo cuando el objetivo a batir es un hombre brillante que pretende acometer importantes reformas y tiene capacidad de influencia y futuro. El cardenal Pell fue uno de los más decididos reformadores de las finanzas vaticanas, y es posible que haya pagado muy caro ese afán reformador. Otros caídos en similar empeño fueron el cardenal Milone, forzado a dimitir; Gotti Tedeschi, destituido en nombre del Papa (Benedicto) que sin embargo se enteró –sorprendido, estupefacto- por el telediario de la destitución; Vallejo Balda, que sufrió una auténtica cacería. Lo relevante no es solo que hombres brillantes que pretenden cambiar las cosas tengan enemigos, lo relevante, lo inmoral, si se me permite, es que se les deje caer.

Pell ha sido declarado inocente por unanimidad. 

¿Y ahora, qué? ¿Quién restituye a Pell en la posición en que se encontraba cuando la cacería se desató contra él? ¿Volverá a dirigir las finanzas vaticanas? Claro que no. Pell habrá ofrecido su sufrimiento, su calvario, eso es seguro, pero ¿a quién habrán ofrecido los otros su perverso crimen? ¿Pagaran las consecuencias los autores, siempre ocultos, ladinos, esquivos de esa mafia que desató la vendetta contra el Cardenal australiano?

El Papa Francisco ha celebrado su absolución y ha dedicado una misa a los que sufren injusta persecución de la justicia.

Alguien debería pedirle perdón, porque Pell, según se desprende de sus propias declaraciones, ya ha perdonado a sus siniestros ejecutores.

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