EL MUNDO SIN DIOS

El Nuevo Orden Mundial contra el hombre y el Génesis. Por Julio Ariza

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Y después de crear al hombre a su imagen y semejanza, dijo Yaveh: “poseed y dominad la tierra”… ”creced y multiplicaos”. Las palabras del Génesis no encierran solamente un relato cronológico o temporal de las cosas; son, sobre todo, el principio ontológico del hombre, el fundamento, la base, la raíz primigenia, los principios que sostienen la realidad última del hombre, su naturaleza “a imagen y semejanza” de Dios. 

En el principio fue el Verbo. La palabra sustituye en la vida religiosa a una sangrienta cadena de sacrificios rituales a cambio de favores, y la relación con Dios pasa de ser una cadena de acción-reacción articulada sobre el Terror a ser una conversación basada en la Fé. La Biblia contiene La Palabra  y el lenguaje de esa relación, y nos ofrece su código para entablar el diálogo con el Creador. 

Cuando al fin Noé sale del arca, Yaveh vuelve a decirle ”¡Procread y multiplicaos y henchid la Tierra! Todo aquello que bulle en el suelo y todos los peces del mar han sido puestos en vuestra mano. Todo lo que tiene vida os servirá de alimento… procread y multiplicaos, poblad la tierra y dominad en ella”. 

Cuando los hombres quisieron reunirse en torno a la Torre de Babel, Yahev los dispersó, porque la naturaleza humana requiere de la diversidad, es decir, de la libertad de expresiones, maneras y costumbres distintas. 

Una de las mayores obsesiones de los nuevos señores del poder en el mundo, los magnates que están fuera de control democrático y privatizan instituciones y servicios públicos (como la OMS), compran voluntades y dirigen los medios de la propaganda, comulgan de un rancio maltusianismo y están obsesionados con el control de la natalidad. Frente al creced y multiplicaos han puesto en marcha una siniestra maquinaria de liquidaciones de seres humanos. Somos 7.500 millones de habitantes y según calcula en frivolísimo Gates, sobran unos 1.500 millones, de los cuales, claro, ninguno es él, ni su mujer, ni sus hijos, ni sus amigos (a ser posible, que se mueran los pobres, los abandonados, los desasistidos: que sean sacrificados al dios sediento de la tierra, como antes del Principio y el Verbo). Para bajar esa cifra que, según ellos, el planeta no puede soportar (ya me dirán por qué) hay que recurrir a la extensión del aborto, la eutanasia y la esterilización. Y entonces financian esa máquina criminal que es  Parenthood, crean fundaciones de promoción de la eutanasia y desarrollan vacunas que incorporan, secretamente, a la sombra de una causa justa, fórmulas para provocar abortos (entre otros, fue el caso de Bill Gates en Nigeria). 

Estos filántropos del Nuevo Orden Mundial quieren desmontar antropológicamente al hombre bíblico, que es el hombre de Dios, despojarle de su naturaleza y de su esencia. Tampoco, al parecer, le cabe al pobre homo filantrópiucus o gatesiensis o soriosicus, la explotación de la tierra. Además del propagar el terror de que no hay suficiente planeta para todos los hombres, han propagado que la tierra debe dejar de ser dominada por el hombre. Lo cual es tanto como decir: ya no eres el centro de la creación sino una especie más que no tiene mayor dignidad ni mayor derecho que un insecto, un colibrí o un hipopótamo (que cada cual elija su arquetipo). La conversión del ecologismo en histeria planetaria significa que ni podemos plantar lo que queremos, ni cazar lo que cazábamos, ni comer lo que disfrutábamos. Los animalistas te llaman asesino si comes un cordero o cazas un conejo. El hombre era, hasta la llegada de esta descomposición antropológica del globalismo, el centro de la creación y de todas las cosas. La izquierda expulsó a Dios de la conciencia y de la sociedad y ahora quiere también expulsar a su obra, el ser humano, tal y como lo concebimos. La izquierda  ha encontrado un poderoso aliado en el poder del dinero para acabar con la obra de Dios en la tierra. La masonería, solve et coagula, ha encontrado fortísimos aliados para expulsar a Dios.

Luego está el asunto del derecho al trabajo, que es también un deber. Volvamos a la Biblia: Génesis 3.19: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás.” Ese mandato bíblico ha sido sustituido por dos aberraciones: el desempleo y el subsidio. El trabajo ennoblece, satisface y reconforta con el pan que uno puede llevar a los suyos. Pero la negación del orden natural, del derecho natural, consiste en que hay personas a las que se expulsa del trabajo impunemente y hay personas a las que se aleja, mediante un subsidio, del goce de producir algo y recibir algo a cambio. Las sociedades elementales y básicas,  las pequeñas tribus, por ejemplo, carecen de parados y carecen de subsidiados. Los criterios de organización social de esas pequeñas comunidades son tales que nadie se siente excluido de la comunidad y nadie se siente un mendigo. Es cierto que el crecimiento de esas pequeñas unidades lleva a la especialización del trabajo, este al intercambio y a partir de ahí se producen distorsiones que pueden conducir a las grandes organizaciones donde el paro y la limosna campan por sus respetos. Pero ¿no habrá sistema que, mediante el principio de subsidiariedad, pueda organizar sociedades más equilibradas que las nuestras? Al parecer, los nuevos amos del poder global se conforman con la expulsión de millones de seres humanos del trabajo (se les inutiliza) y su transformación en mendigos contemporáneos (se les subvenciona con pequeñas miserias para la subsistencia, no para emprender una vida y un camino peculiar y propio).

La última batalla es el amor. Al parecer, ya no tenemos que amarnos los unos a los otros porque, dicen, la realidad es ahora distinta del amor; la realidad es el hedonismo, el consumo o el odio: las sociedades evolucionan (desde Lenin al menos) mediante la guerra civil y la fractura: hay rojos contra blancos, ricos contra pobres, obreros contra empresarios, jóvenes contra viejos, clases contra clases, animalistas contra cazadores, veganos contra carnívoros, ecologistas contra depredadores, heterosexuales contra LGTBI, compañeros contra familias, mujeres contra hombres, etc. Se ha emprendido una tarea de ingeniería social para alterar el orden familiar, el orden social y la identidad profunda de las personas. La mujer debe dejar de ser la compañera del hombre, si quiere que las demás la consideren como mujer. Hay que tener un enorme valor, siendo mujer, para alzarse contra la presión colectivista que quiere encerrarlas en el corral de este feminismo. Hemos pasado del hermoso “mujer te doy, que no esclava”  a traficar con seres humanos y a cercenar de la mujer, en su afán por imitar el camino del hombre, de su más preciada joya: la maternidad.

Son ideas desordenadas, inocentes si se quiere, pero al final el mundo que se nos viene encima, el que preparan los grandes magnates del Nuevo Orden Mundial, es un mundo nada democrático, nada igualitario y nada libre. Es el mundo sin el hombre. Es el mundo sin Dios.