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NECESIDADES DE LA SOCIEDAD

Las diferentes respuestas a la crisis climática del siglo XIV (V). Por Ángel de Goya

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Por Ángel de Goya Castroverde. Autor del ensayo científico sobre Filosofía de la Historia, en dos volúmenes: ‘Ahogarse al borde de la orilla’ (Ed. Catarata 2013) y ‘En el abismo del progreso’ (Ed. Catarata 2015).

Desde el año 1.000 DC se había producido un calentamiento climático notable que conllevó una evolución paralela en las diferentes civilizaciones dominantes en Europa y Asia. Cada una de esas civilizaciones partía de una base distinta, pero el crecimiento sostenido de todos los indicadores fue generalizado en todo el hemisferio norte desde algo antes del cambio de milenio y hasta el año 1.300 DC. El crecimiento, por ejemplo en Europa durante esos siglos, fue, al menos, comparable con el de ochocientos años después, tras la Revolución Industrial. La población, saltó de 29 a 100 millones entre 1000 y 1300 (para volver a bajar en 1450 a 41,5). La revolución verde, las nuevas tecnologías agrarias, implicaron un salto casi más cualitativo que cuantitativo en la producción. Se roturaron nuevas tierras y la propia civilización occidental se expandió hacia el Sur y hacia el Este.  

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El viejo sueño de Carlomagno se cumplió más allá de las marcas sajonas con la expansión  hacia Europa Oriental (Ordenes Teutónicas e Imperio Latino en Constantinopla) y con la reconquista de la práctica totalidad de las posesiones musulmanas en Europa (Península Ibérica y Sicilia). La mejora climatológica permitió el desarrollo de un dinamismo agrario y comercial desconocido hasta entonces. Lo que conllevó la extensión de una civilización compleja en Europa, dejando atrás a  aquella que había retrocedido casi hasta los estándares de la Edad de Hierro durante la Alta Edad Media. Pasó algo similar a lo ocurrido mil años antes en que durante otro periodo de bonanza climática como el que se dio a partir del año 500 AC: una civilización compleja ocupó el nicho que hasta entonces tenían pequeñas comunidades autosuficientes. La agricultura cambiaba y con ella tenía que cambiar la estructura sociopolítica que la acompañaba. 

Pero no se debe perder la perspectiva de que, todavía  en el siglo XIII, Europa Occidental era el actor más pequeño de Eurasia. Y que las evoluciones ante las condiciones climáticas favorables fueron paralelas. Bizancio, cuando los cruzados tomaron Constantinopla en 1204, asombraba a sus conquistadores por su riqueza pese que solo era ya una sombra de lo que fue. Ni Bagdad ni, por supuesto, las grandes ciudades chinas, podrían compararse en aquella época con ninguna ciudad europea. Los grandes éxitos occidentales del siglo XIII, como la conquista de Córdoba (1236) o de Constantinopla,  no son más que pequeños pasos atrás para la civilización. Provocaron, con el paso del tiempo, el fin de Bizancio y la desaparición de los regadíos del Guadalquivir porque las ovejas de la Mesta no los necesitaban. Una demostración más de cómo se pueden arrasar civilizaciones complejas y sofisticadas. Algo no muy distinto de lo que significó la caída de Bagdad ante los mogoles en la misma época (1258).  

Si las distancias que separaban a los bárbaros reinos occidentales con el complejo y sofisticado Al Ándalus, o incluso con el Imperio Bizantino, eran muy grandes, las diferencias con China eran incluso mayores. No hay más que leer a un extranjero como Marco Polo cuando canta las excelencias de Liao Lang, de la antigua capital del reino Song del Sur, poco después de ser conquistada por los mogoles. No hay posibilidad de comparar las ciudades chinas con un  París que apenas alcanza los 10.000 habitantes o incluso con esa Córdoba recién conquistada por los castellanos. Cualquier europeo del siglo XIII trasladado a China se hubiera sentido casi como un indio de la Hispaniola llevado por Colón a la Barcelona de los Reyes Católicos. De eso no hay duda. Y sin embargo hay un hecho no menos indudable. Que, menos de trescientos años después, esos bárbaros se lanzan a conquistar el mundo… Y que lo conquistan. 

Esa es la gran paradoja de cualquier análisis histórico que se quiera hacer con suficiente distancia del último milenio. Y que obliga a hacer una serie de preguntas, básicas para entender los últimos quinientos años, pero quizá también básicas para evitar que determinados errores de una civilización se puedan repetir en el futuro: ¿Cuál fue la decisión equivocada que tomaron los chinos y que no tomaron los europeos?  ¿Cómo se dieron respuestas tan distintas a esa crisis climática del siglo XIV que provocó la Peste Negra y la Pequeña Edad de Hielo? ¿Por qué, si los chinos no alcanzaron la hegemonía planetaria, no fueron civilizaciones mucho más desarrolladas como las islámicas o las indostánicas, las que asumieron el papel que debió haber correspondido a China? 

 Para dar respuesta a esos interrogantes habrá que analizar la evolución de cada uno de los diferentes actores por separado. Incluso habrá que comparar cada una de ellas con las transformaciones previas de las diferentes sociedades a partir de hechos climáticos similares, como el que ocurrió en Eurasia a partir del siglo III DC.  Hay que analizar porqué Europa Occidental volvió prácticamente a la Edad del Hierro tras la caída del Imperio Romano de Occidente y, sin embargo, las estructuras imperiales bizantina, califal o china resistieron al final e impidieron que eso ocurriera. Se tendrá que examinar, en el caso de Europa Occidental, su salida del colapso a partir del año 1.000, constatando que, aun siendo espectacular, no fue un crecimiento mayor que, por ejemplo, el chino.  Y, sobre todo, habrá de dar el valor que corresponde a un hecho fortuito que no tiene nada que ver con las diferentes decisiones tomadas por los regidores de los reinos europeos. La fortuna de hallarse en la periferia del entonces centro de poder político y económico, la marginalidad de Europa Occidental en la época, que hizo poco apetecible su conquista a los pueblos centroasiáticos que, periódicamente, iban invadiendo y debilitando militarmente a las civilizaciones china y musulmana. Y que se pararon en las llanuras húngaras o polacas porque entendían de poco valor los territorios que quedaban al Oeste.

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Dichos análisis explicarán porqué, a partir de 1450, pudo una civilización periférica optar a ocupar un papel hegemónico en Eurasia y en todo el planeta. Pero si se quiere individualizar el progreso económico, tecnológico y demográfico de la Eurasia anterior a la nueva Edad de Hielo, el protagonista será siempre la China de la dinastía Song (960-1279). El cálido verano de 1000-1.300 se aprovechó en China como en ningún otro lugar de Eurasia. Como en cualquier sociedad cuya población apenas está por encima del umbral de la mera supervivencia, las cifras demográficas son siempre el mejor indicador del crecimiento económico y social. Y China aumentó su población desde los 18 millones alrededor de 960 a 78 en 1233, al comienzo de las invasiones mogolas, un aumento del 433% en menos de 300 años. Kaifeng (la capital original de los Song en el Norte) o Liao Lang (tras la conquista manchú en 1126 del Norte) fueron sucesivamente el centro del mundo, superando ambas ampliamente el millón de habitantes. Estas cifras ya definen una evolución prodigiosa. Basada en esa mejora climatológica y en la introducción de nuevas técnicas agrarias y nuevos cultivos, pero que llega mucho más allá del mero crecimiento de la producción agraria. La especialización de cultivos de cara al mercado permitió una riqueza que hizo que gran parte del crecimiento de la población pudiera destinarse a la industria y los servicios. Y esa especialización de la población urbana está, indudablemente, en el origen de los avances tecnológicos Song que definirán el futuro no ya de Eurasia, sino del planeta entero durante todo el resto del milenio. 

El papel clave de China en el desarrollo tecnológico que definirá a la Modernidad fue algo que ya apuntó Francis Bacon en el siglo XVII y que estudió profundamente a mediados del siglo XX Joseph Needham. Fue una verdadera revolución sin precedentes que abarcó a casi todos los campos pero que, siguiendo a Bacon y Needham, se pueden resumir en los cuatro inventos básicos que cambiaron el mundo: papel, imprenta, pólvora y brújula. Sin esos inventos, ni la generalización de la cultura, ni la globalización planetaria hubieran sido posibles. Pero aparte de esos cuatro grandes inventos, el desarrollo tecnológico fue inmenso en la agricultura, la industria, la química, la ingeniería, el derecho mercantil o incluso la vida cotidiana. Fue una verdadera revolución tecnológica que, sin embargo, nació sin necesidad de un cambio de paradigma en la ciencia básica. Simplemente gracias a la innovación acumulativa que permitió la riqueza climática, agraria, demográfica y, por tanto, económica en esos siglos.  Pese a incardinarse dentro de un marco histórico en el que el Imperio estaba militarmente en declive. Y se desarrolló una sociedad cada vez más pujante en lo económico y lo social. Los manchúes Jurchen en un primer momento, y los mogoles después, podrían conquistar la mitad norte de China pero, en el Sur, la sociedad era progresivamente cada vez más, por decirlo de alguna manera, moderna. 

Esta modernidad de la sociedad, tan paradójica en un Imperio agonizante,  se basó en algo que era nuevo en China y que no volvería a tomar cuerpo hasta las reformas de Deng Xiaoping: en la fortaleza de los cuerpos intermedios. Fue gracias al aumento considerable del comercio interior y exterior, al vigor de las ciudades y al crecimiento de una auténtica burguesía mercantilista china como se alcanzó esa pujanza. Incluso durante esta dinastía se puede advertir un cada vez mayor debilitamiento de la burocracia mandarín y de la ideología confuciana dominante. Pero ese debilitamiento no era peligroso para la cohesión del Estado, porque se lograba compensar con la aparición de una burguesía que se desarrolló micológicamente a partir del crecimiento del sotobosque agrario y demográfico. Aunque el bosque imperial estuviese cada vez más cercado por los bárbaros.

La civilización china tiene en los Song un verdadero nuevo “Verano de los Antoninos”. Con la invasión mogola como crisis romana del siglo III (con curiosamente el comienzo de las mismas circunstancias de cambio climático, hambrunas y pandemias). Y con la dinastía Ming de postrero veranillo de San Miguel similar a la restauración del Imperio por Diocleciano. Pero con la diferencia con Roma fue que, en un momento dado, China decidió recluirse dentro de sus fronteras y aniquilar a esos cuerpos intermedios mercantilistas que podían ser un peligroso contrincante para la burocracia confuciana… Como acabó el experimento es conocido. Los bárbaros, primero mogoles (1271-1368) y luego  manchúes Qing (1644-1912), conquistaron los estanques llenos de nenúfares de los Palacios Imperiales. No llegó a haber un colapso de la civilización similar al romano, pero el estancamiento fue notable. Y China sufrió durante un largo otoño hasta 1949 ó 1976, aunque por distintas causas. La misma espiral  creada por el cambio climático : crisis agrarias -sobreimposición -desaparición de la clase media urbana- disminución del comercio que en Roma. Las metáforas muchas veces muestran más cosas que la mera enumeración de datos.  

China era el actor que parecía predestinado a realizar la mayor revolución humana desde el Neolítico. Y sin embargo, cuando en el siglo XVI llegaron los jesuitas ibéricos a China, descubrieron que los relojeros de la época Ming tardía no sabían ya reparar los relojes con quinientos años de antigüedad de sus torres (cuando los relojes de campanario occidentales no eran más que una importación de esa tecnología china). Pero es que en 1912, a la caída de Pu-Yi, aunque fuera más protocolario que real (como en Polonia con la caballería en 1939), la Guardia Imperial, la tropa de élite de la civilización que inventó la pólvora, tenía como armamento protocolario el arco y la flecha. China, tras la Rebelión Boxer (1899-1901), estaba prácticamente humillada y dividida entre las potencias occidentales. Y son esos bárbaros que conquistaron Constantinopla y Córdoba los que han conquistado el mundo en vez de ellos. Han escrito la “Crítica de la Razón Pura” y han descubierto la Teoría de la Relatividad. ¿Por qué?

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El proceso histórico que llevó a ese suicidio y a ese éxito inesperado se originó debido alas diferentes respuestas dadas al ya citado súbito enfriamiento que sufrió Eurasia aproximadamente a partir del año 1.300 DC. Alrededor de ese año, con cierta regularidad, las cosechas empezaron a perderse y pronto aparecieron las primeras Grandes Hambrunas. A partir de 1330-1340, la debilidad acumulada acabó por favorecer la aparición de las distintas oleadas de la Peste Negra que en pocos decenios lograron probablemente acabar con la mitad de la población de Eurasia. Sobrevivir a ese entorno hostil fue de nuevo un reto de vida o muerte para los individuos y para las sociedades. Y las respuestas que se dieron a ellos acabaron condicionando no sólo la Historia de la propia Eurasia, sino la del planeta entero durante los siglos posteriores. 

Era imprescindible era dar respuestas a los retos que la nueva Edad de Hielo planteaba con su corolario de pestes, hambres y disminución de la productividad agraria marginal en todo el planeta, a través de un salto tecnológico.  El cambio climático había provocado un exceso de entropía en todas las sociedades euroasiáticas y sólo cabía termodinámicamente una solución si se quería evitar el colapso o el estancamiento.  Establecer una sociedad más compleja económica, política y socialmente a partir de un cambio del paradigma social. Y eso fue lo que hizo Europa utilizando una tecnología que tenía un origen chino. Y eso fue lo que no supieron o no quisieron hacer los Imperios Ming en China, Otomano en el Mundo Musulmán o Mogol en la India.                          .

Porque fueron las decisiones personales de individuos concretos y de castas dominantes, en base a ideologías concretas, las que impidieron ganar a China o al Califato Otomano la supremacía planetaria… Ningún designio del cielo ni ningún destino manifiesto apuntaba a que Europa Occidental conquistaría el mundo y crearía esa sociedad más compleja que el nuevo entorno requería.  La segunda ley de la termodinámica obligaba a adoptar un salto tecnológico que hiciera frente al entorno hostil que invadió a Eurasia. La tecnología estaba disponible gracias a China desde tiempos de los Song. Pero los núcleos de poder Ming o Manchú no quisieron conscientemente aprovecharse de ella. No aceptaron nunca la innovación apegados a su tradición confuciana por miedo a que se trastocasen los valores vertebradores de su poder interno en beneficio de una burguesía mercantilista. Y es por ello por lo que serán los occidentales los que entrarán en Pekín en 1901 después de la Rebelión Boxer y no al revés. 

Y podemos establecer un momento clave. El reinado del segundo monarca Ming,  Yonglé (1405-1424). En ese momento histórico, China realizó grandes viajes comerciales al extranjero  con unos objetivos tan ambiciosos y un consumo de recursos que no habían tenido parangón hasta entonces. Fue la época de la “Flota del Tesoro” de Zheng He, un eunuco de origen musulmán, arquetipo del apoyo dado por Yonglé a los eunucos en la Corte, en detrimento de loa administradores confucianos. Zheng, en sus siete viajes, alcanzó no ya Malasia e Indonesia, sino Ceilán, el Golfo Pérsico, África Oriental y quizá incluso Arabia, África Occidental y Australia.  Algunos de ellos se realizaron con una flota de más de 300 barcos con casi 30.000 tripulantes. La construcción de esa flota con 68 barcos principales de 126 metros de eslora (la carabela “Santa María” tenía sólo 29,6 metros e incluso el Victory, en el que murió Nelson en Trafalgar, sólo tenía 69,3 metros) y 190 barcos auxiliares. Todo ello cuando los portugueses todavía no habían alcanzado el Cabo Borjador. El que la conquista del Océano Índico o el descubrimiento de América se hubiese realizado casi un siglo antes por los chinos y no por los ibéricos era la hipótesis más plausible 

Y sin embargo, en 1424 se paralizó por orden imperial la era de los descubrimientos china a la muerte de Yongle. La burocracia confuciana desconfiaba del peso político de Zheng He y suprimir los viajes a ultramar era un modo de descabezar y dividir a la facción eunuca aún en el poder. La  excusa era el alto coste de los viajes y su nula rentabilidad para una economía cada vez más debilitada, ya que sólo conllevaba la importación de artículos de lujo e implicaba una cada vez mayor  exportación de esa plata tan necesaria para la Hacienda estatal. En 1431 cambiaron momentáneamente los vientos y Zheng pudo hacer su último viaje (1431-1433), pero a su vuelta la suerte estaba echada. No se realizarían más viajes y China se encerraría en si misma durante más de quinientos años. Incluso en 1455, un oscuro segundo secretario de la Cancillería, a través del llamado Edicto Hay Jin, ordenó que se quemasen todos los planos de los barcos de la Flota del Tesoro y todos los archivos relativos a tales viajes para evitar que en el futuro pudieran repetirse.  Como si un oscuro segundo secretario de la Corte de Carlos V hubiera ordenador quemar todos los planos de cómo construir galeones y carabelas al tiempo que mandara quemar toda la documentación del Archivo de Indias… Para la dinastia Ming había cosas más importantes que resolver en la Tierra que incrementar el déficit en plena crisis climática mandando un Apolo XIX a la Luna…

China había logrado conseguir una tecnología que le permitía superar los retos climáticos que provocó la crisis del siglo XIV y la Peste Negra. Había logrado liberarse de una invasión de bárbaros externos como fueron los mongoles. Poseía una tecnología naval basada en la brújula y en el desarrollo de los cálculos astronómicos que permitía a su Armada china navegar por todos los mares.  Creó una tecnología militar basada en la pólvora, con sus primitivos cañones y cohetes tierra-tierra o tierra-mar que revolucionaron el arte de la guerra. Con la finalización de las reparaciones del Gran Canal y la reconstrucción de una red capilar de vías fluviales y canales, la ingeniería civil creó una red de transporte desconocida hasta la aparición del ferrocarril en toda Europa a comienzos del XIX. La sofisticación de los bienes de equipo no tuvo parangón mundial hasta el siglo XVIII. Las magnitudes cuantitativas por habitante de la China del XIV en la producción siderúrgica, agraria, textil, química y naval tampoco fueron superadas en todo el planeta hasta la segunda oleada de la Revolución Industrial en la segunda mitad del siglo XIX. Igual que el desastroso cuadro macroeconómico de China era cierto, lo eran también sus logros.

Pero ese desarrollo pronto, a la muerte de Yongle, se frenará. El papel de los eunucos se debilitará en beneficio de la burocracia tradicionalista confuciana, nacionalista y endogámica, que desconfiaba de cualquier innovación. La existencia en el seno del Imperio de Cuerpos Intermedios era muy peligrosa. Podían perturbar la organización del Estado, de la economía, de la sociedad y de la cultura. El objetivo del Estado totalitario era luchar contra esas posibles perturbaciones y, para lograrlo, había que evitar cualquier modernización que fuese contra la armonía de una acumulación sucesiva, paulatina y controlable del conocimiento. Y nada podía ser más contrario a esa armonía que el contacto con los pueblos extranjeros de la Flota del tesoro, que el comercio internacional. Aunque fuese realizado por el Estado y no por mercaderes privados. Pero no era sólo el comercio internacional, el comercio interno privado también era un peligro y se procurará limitar, llegando después, en el siglo XVI, hasta a la prohibición del cabotaje privado. 

Cualquier renovación tecnológica o comercial era peligrosa porque la dinastía Ming no tenía la fortaleza interna que, por ejemplo, tuvo la dinastía Song (aunque el mapa de sus fronteras exteriores frente a los bárbaros dijese lo contrario). La burocracia Ming tenía que defenderse de que un ritmo excesivamente alto en la evolución deviniese en revolución económica primero y social, después. Y temían que cualquier revolución económica y social acabara deviniendo en una revolución política y cultural. Y querían poder evitarlo. La autarquía comercial y la clausura del país fueron las respuestas que se dieron para evitar la contaminación ideológica y el crecimiento de una burguesía comercial. Y con esas medidas, poco a poco acabaron por matar a la crisálida tecnológica. El nacionalismo endogámico y tradicionalista, impidió, a la China que había asombrado al mundo con su revolución tecnológica, aprovecharse de la misma. Imposibilitó que la crisálida de esa revolución se convirtiese en mariposa. 

Y en el mundo islámico o indostánico pasó algo parecido. En su momento de mayor plenitud científica y cultural fueron arrasados por los bárbaros de la frontera. Mogoles, turcomanos o españoles. Y, cuando pudieron reaccionar y liberarse o asimilar a esos bárbaros, ya con todo el Islam suní sometido al Imperio Otomano, el tradicionalismo interno había matado ya las ansias de innovación que tenía esa sociedad a finales del siglo XIII. Este tradicionalismo incluso se puede concretar en decisiones individuales dadas en un momento en que todavía los turcos podían haber optado a la hegemonía. Si los aliados occidentales entraron en Constantinopla en 1918, tras la derrota en la “Gran Guerra”, fue porque cuatrocientos años antes un individuo concreto, el sultán turco Selim I, decidió abortar en 1516 una posible modernidad musulmana, prohibiendo la imprenta que se había introducido en Constantinopla a fines del siglo XV. En un momento en que todavía la ciencia, la filosofía, el armamento, la náutica y la economía del Mediterráneo Oriental eran comparables si no superiores a los del Occidental. Fue la ruleta del juego de una voluntad individual como motor de la historia la que determinó el futuro del mundo musulmán. Sin imprenta hasta comienzos del siglo XIX y, habiéndose quedado la frontera occidental del Imperio Turco a apenas unos pocos cientos de kilómetros de la costa atlántica marroquí (lo que impedía crear un Imperio Colonial en América), el destino del mundo islámico también estaba sellado. Nunca podría alcanzar en la carrera por la hegemonía al mundo europeo occidental.

En esas décadas cruciales de la segunda mitad del siglo XV, solo los monarcas ibéricos tuvieron la visión de utilizar la estrategia de aumentar  la complejidad de la sociedad basándose en un salto cualitativo en el paradigma tecnológico como forma de superar la crisis climática con sus hambrunas y pestes generalizadas. Y que habían disminuido en más de un tercio la población. Usaron la pólvora y mejoraron considerablemente las armas de fuego; utilizaron la brújula y las nuevas técnicas navales para llegar a América y a la India; promovieron universidades y fomentaron la expansión del pensamiento renacentista a través de la imprenta. Eso les colocó en una ventaja comparativa importante. Y pronto serían imitados por los demás reinos europeos que constataron que seguir esa estrategia era el único modo de sobrevivir y garantizar su independencia ante el intento de Imperio Universal Habsburgo. 

La principal diferencia entre las diferentes Naciones-Estado europeas de comienzos del siglo XVI y los Ming del segundo tercio del siglo XV fue  precisamente el patrocinio estatal de las nuevas tecnologías que hubo en Europa. Y, en China no sólo no fueron patrocinadas, sino que fueron prohibidas. En tiempos difíciles, la utilización de las novedades es la única solución de un sistema para garantizar la supervivencia. Y las necesidades coincidentes de una sociedad acaban muchas veces llevando a soluciones científicas o tecnológicas coincidentes en el tiempo aunque sus descubridores estén aislados entre sí. La ciencia, la tecnología suelen cumplir su papel cuando la sociedad lo requiere. Como dice el saber popular,  “la necesidad aguza el ingenio”. E igual que la selección natural conduce a soluciones morfológicas muy parecidas en especies de orígenes taxonómicos muy distintos, a veces los individuos  concretos acaban siendo muchas veces sólo instrumentos para lograr que ese conocimiento disponible se ponga al servicio de encontrar una solución determinada de una necesidad que tiene una humanidad concreta en un momento dado. Es por eso por lo que Newton y Leibniz inventaron el cálculo diferencial al tiempo; Darwin y Wallace la selección natural. Marconi, Tesla o Papov la telegrafía sin hilos. Edison o los Lumiere el cine…Lo mismo que pasa con los individuos pasa con las sociedades.

China logró durante la dinastía Song proveerse de los instrumentos que la hubiesen podido permitir imponerse ante el acoso de los pueblos de la estepa, manchúes o mogoles. Y, sin embargo, no supo sacar partido de ello. Pero esto tampoco es algo sin precedentes en la Historia de la Humanidad. A veces existen las herramientas tecnológicas para desencadenar una verdadera revolución, un cambio de paradigma, y  no son utilizadas hasta el límite de sus potencialidades porque una sociedad concreta no los requiere. El ejemplo clásico sería el de Herón de Alejandría en el siglo I DC con su máquina de vapor, la “eolipila”, que quedó condenada a ser casi un juguete de feria, destinado a ser pronto olvidado por la Historia en vez de algo que podía haber revolucionado la estructura económica, social y política de la Antigüedad. Y haber spodido ser una solución a las crisis de  los siglos III y IV, a la despoblación y a la quiebra de su sistema productivo.

 En China pasó algo parecido. Las grandes innovaciones aparecieron en China en el momento de su cénit, y estaban disponibles en el momento de su crisis climática. Y si bien utilizaron gran parte de las mismas, no lograron explotar todas sus potencialidades. Eran peligrosas para la casta burocrática confuciana dominante porque la pólvora podía aumentar el poder de la casta militar, la brújula el de una burguesía mercantilista y la imprenta difundir la cultura y el conocimiento entre el pueblo.  Explotaron ciertas ventajas militares de la pólvora, pero ésta no revolucionó el arte de la guerra en Oriente como después lo haría en Occidente. No se revolucionó la economía pese a la introducción del papel moneda o a la posibilidad de utilizar los avances náuticos. La imprenta no alteró la esencia de la cultura china, ni significó una expansión exponencial de la alfabetización y el conocimiento. No conllevó los cambios culturales, filosóficos, religiosos y finalmente sociales y políticos que significó en Europa. Apenas fue un medio de propaganda o comunicación oficial ayudado por el carácter ideográfico y no alfabético de su escritura. Todo esto es cierto. Pero hay algo que no se debe olvidar que es que cuando a Europa llegan estas innovaciones a mediados del siglo XV, es una sociedad que se encuentra acosada por las pestes y las hambrunas. Con los turcos amenazando sus fronteras y en permanentes guerras civiles dentro de cada uno de los principales países de  Occidente. (Guerra de los Cien Años; Guerras de las Dos Rosas; lucha por la hegemonía entre Valois y Borgoñas; guerras civiles castellanas) Y que es sólo a través de la apuesta decidida por las potencialidades que esos inventos llevan consigo por lo que llegan el Renacimiento, los Grandes Descubrimientos, el Comercio Intercontinental, la Revolución Científica… La Modernidad en suma.