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De la Pachamama al Pachapapa. Por Julio Ariza

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La Pachamama es una diosa totémica adorada en algunos países andinos, ligada a ciertos rituales incaicos, primitivos, paganos, que han venido sobreviviendo a lo largo de los siglos con otras tradiciones de poblaciones andinas y que la emigración ha ido llevado a las ciudades. Es algo así como un tótem que representa a la Madre Tierra, como la Gaya o Gea de la mitología griega, hija de Caos, alumbradora de Urano, pero en versión rural. La Pachamama es una Gaya andina a la que los indígenas entregan sacrificios. Los indios, en un sincretismo que les llega de siglos, hablan con ella, le hacen promesas, peticiones y entregan alimentos. Dicen que si no se la da de comer o se la ofende, provoca enfermedades. Ellos creen que la Pachamama a cambio de esas ofrendas les protege, les da vida, fertiliza sus campos y fecunda a sus mujeres.

Todo eso está muy bien. Son tradiciones y creencias ligadas a ciertas culturas andinas que la propia Iglesia había respetado en esas comunidades primitivas sin olvidar la evangelización. No había choque religioso alguno  por el hecho de que nativos católicos acudieran a actos ceremoniales que tenían más de tradición que de acto religioso, como consagrar una finca. Pero una cosa es eso y otra distinta, en dimensión, en significado, en hondura, es meter a la Pachamama en una Iglesia de Roma, venerarla en el templo católico, adorarla y recitar oraciones (redactadas por la Conferencia Episcopal Italiana) durante la Santa Misa, como se ha hecho en distintas parroquias italianas, como si de la misma Virgen María se tratara. Peculiar fue esa especie de procesión de la Pachamama por las calles de Roma, dentro de una canoa (¿pero es que nadie conserva la cordura?). 

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La Pachamama ha llegado a Roma porque el Vaticano se ha rendido al nuevo dogma de la equivalencia de las religiones y al relativismo teológico. Una cosa es el diálogo y la paz entre religiones, otra cosa es el abrazo entre credos por la paz (aún recordamos con emoción la oración por la Paz en el mundo organizada por Juan Pablo II en Asís) y otra distinta es, pongo por caso, dejar al muecín llamar a la oración desde el campanario de una catedral, llamando a la yihad. 

Cada uno en su Casa, y Dios en la de todos, nunca mejor dicho. No se trata de distanciarnos en el nombre de Dios, sino de respetarnos sin renunciar al credo de cada cual. El nuestro, por ejemplo, impide ciertas prácticas de idolatría, y hasta la fecha creíamos que una de las grandes aportaciones del Cristianismo es que Dios nos libera mediante el amor, no que nos somete. A Dios no hay que darle de comer para que no nos abandone. Hay formas idolátricas que implican una vuelta a la práctica religiosa del sometimiento. Cuidado, porque ni todas las civilizaciones son equivalentes, ni todas las creencias religiosas son iguales. El relativismo ha llegado a Roma con la Pachamama.  El caos multicultural ha llegado a la Iglesia Católica Romana. 

Y si la iglesia de Santa María en Transpontina de Roma alberga una Pacahamama, a la que se rinden alimentos, organizan procesiones en volandas y rezan oraciones paganas, ¿por qué no introducir en San Pedro del Vaticano, entre capilla y capilla, entre la Piedad de Miguel Ángel y la Santa Elena de Andrea Bologi o el Longinos de Bernini, por ejemplo, una imágemn de la Pachamamam, un tótem sioux, un dólmen, una estatua de Buda, una imagen de la diosa Shiva, una estatua de Rá, otra de Horús y otra de Poseidón?   

Si esto continúa así, acabaran convirtiendo el Vaticano en una enorme basílica multicultural, un parque temático del sincretismo y del paganismo, un enorme museo de la idolatría. 

Ha sido todo un episodio disparatado y rocambolesco. Una muestra de que la Iglesia Católica padece un momento de gran desorientación y zozobra teológica. Un barco que hubiera arriado sus velas. La llegada de la Pachamama a las parroquias romanas, el robo de las imágenes luego arrojadas al Tíber, las discusiones cardenalicias fuera de lugar, la defensa de la Pachamama como una forma de inculturación de las Virgen María, todo eso, es una muestra de que la jerarquía está perdiendo el rumbo. Uno se pregunta: ¿pero qué necesidad había de todo esto? 

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El Sínodo de la Amazonia se ha enredado con esto la Pachamama, y esto mismo es lo que invalida la totalidad del Sínodo, que parte de un error antropológico en la comprensión de la Amazonía y, en consecuencia, de lo que no lo es, es decir, del resto del mundo. Uno piensa a veces que estos curicas con guitarra ya no tienen esa envidiable cultura teológico-enciclopédica de antes y que también al seminario han llegado todas las logses del mundo. Pero no. Me temo que es bastante peor. La sencillez de un corazón es algo invulnerable. Y esto no es nada sencillo. Es sibilino, enrevesado, turbio.

Si metemos a la Pachamama en una iglesia de Roma, acabaremos metiendo en el Vaticano a un Pachapapa.