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Posibles daños humanos al medio ambiente más allá del CO2 (VII). Por Ángel de Goya

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Durante los últimos 10.000 años el optimismo antropogénico y su primo hermano, el mito del progreso indefinido ha inundado toda la concepción del hombre.  A partir de la Revolución Neolítica, no sólo dejó el ser humano de ser primate, es que dejó incluso de ser mamífero e incluso animal. Aunque respirásemos, comiéramos, defecáramos, nos reprodujéramos o nos amamantásemos, éramos otra cosa. Y, por eso, tanto nos sorprendieron hace siglo y medio las aseveraciones de Darwin. Existía una cada vez mayor separación entre la especie humana y el resto de los animales. El planeta era cada vez más sólo una referencia física y, por el contrario, el mundo humano se iba convirtiendo en algo muy distinto que siempre iba evolucionando positivamente. El mundo que cada generación iba entregando a la generación posterior era siempre mejor que el que le habían dejado sus padres.

Y, sin embargo, ese era un mundo que cada vez tenía menos que ver con el planeta. Éste, sin embargo, era lo suficientemente grande, y el mundo lo suficientemente pequeño, para que no se advirtiese ninguna disfunción aparente. Por eso nunca se creyeron de verdad, en estos dos siglos, las aseveraciones de Malthus advirtiendo que los recursos del planeta eran finitos y que acabarían siendo insuficientes para una Humanidad en crecimiento demográfico geométrico. Y, sin embargo, ya para entonces, el daño que se había hecho al planeta era muy grande. Posiblemente, gracias al arco y la flecha, habíamos exterminado hacía 30.000 años a nuestros primos Neardenthales, que incluso tenían más cerebro que nosotros. Hace 10.000 habíamos acabado con casi todos los grandes mamíferos de Eurasia y América aprovechando el fin de la glaciación. Hace 2.000 años habían ya desaparecido los leones griegos que citaba Aristóteles y poco después tuvieron el mismo destino los elefantes del Norte de África con los que Aníbal cruzó los Alpes. Las cabras árabes, arrancadoras de raíces, acabaron por dar el aspecto actual al Sáhara al poco de la invasión islámica. Y en Oriente Medio la presión de los grandes Imperios Hidráulicos, acabó por prácticamente hacer desaparecer los bosques autóctonos y dar a toda la región ese mismo aspecto actual, incluyendo aquellos valles del Tigris y el Éufrates donde judíos y cristianos habían situado el Jardín del Edén… La gran presión demográfica llevó a las revoluciones verdes 1000-1300 DC en los dos extremos de Eurasia, China y Europa Occidental, a concentrar la naturaleza virgen en islas cada vez más aisladas dentro de los mares de cultivo para aprovisionamiento humano. Y ese panorama se empezó a extender por todo el planeta a partir de 1492.

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Y, sin embargo, el ser humano seguía creyendo que el mundo que cada generación iba legando a la siguiente era un mundo mejor. Los que podían pensar lo contrario, como Hesiodo o Cervantes, eran extraños a la corriente general del pensamiento. La Edad de Oro, el tiempo feliz donde no existiesen los conceptos del “tuyo” y el “mío”, estaba siempre delante, nunca atrás. Los recursos del planeta eran infinitos y la capacidad del cerebro humano para transformar la vida, gracias al progreso científico y a la innovación tecnológica, parecía que nunca tendría fin.

Hasta la Revolución Industrial no se tuvo conciencia de que los recursos eran limitados. Los ingleses acabaron requiriendo de todos los recursos de hierro y carbón excedentes de Europa Occidental, porque las abundantes reservas de su isla no eran suficientes para cubrir la demanda exigida por la sed de acero de la sociedad inglesa, por el crecimiento exponencial de su producción. Las grandes siderúrgicas modernas no podían satisfacer sus necesidades como las antiguas ferrerías con las reservas locales de hierro y el carbón vegetal obtenido en las islas de bosques autóctonos que restaban en el área circundante. Los grandes Imperios del XIX y XX ya eran conscientes, por primera vez en la Historia, de que el crecimiento económico hacía que los recursos locales fueran insuficientes. Las Guerras del 14 y el 39 fueron guerras por mercados, sí. Pero también por materias primas. Sin limitaciones para la apropiación de materias primas, Hitler no hubiera buscado el petróleo de Bakú. Como Hiro Hito tampoco el de la Indonesia holandesa. Tanto la Operación Barbarroja como Pearl Harbor eran un riesgo militar innecesario para las potencias del Eje, que sólo se justificaban, aun a riesgo de despertar a los gigantes americano o soviético, por la necesidad de materias primas para aplastar al Imperio Británico o a China. Los recursos ya no eran ilimitados ni siquiera a escala continental. Era necesario su aprovechamiento a nivel planetario para que la locomotora del progreso indefinido continuase funcionando. Así, después de 1945, países relativamente vírgenes en sus recursos, como las nuevas dos superpotencias, los USA y la URSS, tenían en su guerra fría en el Tercer Mundo, mucho más una carrera inmediata por las materias primas que una lucha ideológico-geoestratégica por la hegemonía mundial a largo plazo. 

Todo ello tuvo su coste global para el planeta. Y sin embargo la visión que existía de la destrucción del medio ambiente siempre fue local. Se tenía consciencia de lo verde que había sido mi valle antes de que la minería del carbón hubiera ennegrecido las perdidas arcadias pastoriles. Se era consciente de la contaminación del aire y el agua, del cambio climático en las grandes urbes industrializadas. De que el “fog” y el “smog” londinenses eran antropogénicos, como lo era el estado del Támesis. Pero igual que la problemática, se pensaba que la solución era también siempre local. Que con una legislación local adecuada y una labor de inspección local coherente se lograría volver a ver el sol desde los Docks de Londres. Como la contaminación de la Ría del Nervión. Y fue cierto, el sol volvió a salir…Pero al tiempo la producción industrializada de alimentos rompió con los últimos restos del sistema agropecuario de la campiña inglesa. Las grandes presas acabaron con los ríos salmoneros y el FEOGA comunitario terminó por provocar que esa campiña inglesa se acabara de despoblar gracias a la final industrialización de la agricultura y la ganadería que los subsidios europeos provocaron. Inglaterra, como el resto de Europa Occidental, llegó a una situación similar a la de los Estados del Medio Oeste americano treinta años antes que muestra “las Uvas de la Ira” de campos despoblados gracias a la industrialización agraria taylorista. Sólo que tuvo la suerte de hacerlo en un momento histórico en que la industria y los servicios en las ciudades requerían ingentes cantidades de mano de obra. Rocco y sus hermanos fueron a la ciudad treinta años después de que los Joad tuvieran que emigrar a California. El campo neolítico murió en esa segunda mitad del siglo XX. Y las ayudas oficiales de la Unión Europea o EEUU sólo sirvieron para mantener una fachada ya irreal de cartón piedra de una sociedad agraria que sobrevivía gracias a unos precios artificialmente competitivos, que sólo servían para impedir que la agricultura del Tercer Mundo prosperase.

Pero unos pocos años después, durante el tercer tercio del siglo XX, cuando la anterior generación entregó el testigo a la nueva, se empezó a ver que el daño al planeta podía no sólo ser local, sino también regional. Las corrientes de vientos dominantes en Europa Occidental podían destrozar esas pequeñas islas de bosques tradicionales mediante la lluvia ácida. Se empezaba a vislumbrar que esas diferentes Selvas Negras europeas que sobrevivían dos mil años después de Varo y Arminio, aquellas que habían pervivido tras veinte siglos de presión agrícola, en apenas veinte años estaban a punto de dejar de ser selvas. Y ya no eran negras. El fenómeno provocado por la acidificación de la lluvia que tenía por origen las emisiones procedentes principalmente de las Islas Británicas estaba matando a los últimos bosques autóctonos europeos. Pronto también se vio que las radiaciones de los atolones del Pacífico procedentes de explosiones nucleares en superficie no afectaban sólo a unas islas concretas de Oceanía. Y finalmente Chernóbil acabó afectando a toda Europa Oriental y Central. El problema ya no era local en aquellos años 1980s, era regional. Aunque el londinense medio pudiese volver a pasear por el Támesis sin mascarilla…

La percepción pública del daño regional que el hombre hacía al planeta, pronto se transformó. Un problema aparentemente menor acabó tomando escala planetaria. A finales de los 1980s todo el planeta empezó a concienciarse de un modo generalizado de que algo no marchaba bien a nivel global. Porque coincidieron en el tiempo la aparición del agujero de ozono y el informe Bruntland (1987) que sistematizó los daños que el ser humano estaba haciendo al planeta. Hasta entonces el ecologismo había sido una fachada política de europeos occidentales post-sesentayochistas, que tomando el pacifismo antinuclear como estandarte en la época del despliegue de los euromisiles, tenía al ecologismo como mera bandera de enganche para desde dentro, hacer una política alternativa al establishment. 

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Pero en aquella feliz década de los 1980s, llegó la primera alarma mundial. Los CFC del spray de nuestros desodorantes estaban eliminando el ozono de la estratosfera. En 1985 se publicó en “Nature” la prueba de que ya existían agujeros de ozono en los polos. Y eso afectaba directamente a esa generación que había nacido durante el milagro tecnológico 1945-1973, a esa generación, de epidermis caucásica, por supuesto, que había conocido en su infancia el primer turismo mundial de masas de sol y playa. Que se había pasado infinidad de horas de niños o adolescentes jugando o enamorándose bajo el sol  sin protecciones solares… Y esa generación, de repente, se dio cuenta que el mundo que entregaría a sus hijos sería un mundo de sombrillas, de índices de protección de casi tres dígitos y de melanomas generalizados. Un mundo peor que el que le habían entregado sus padres y que requeriría de soluciones mundiales si se quería que los agujeros polares no se extendieran por todo el planeta. Como se fue consciente pronto del problema global, y la tecnología disponible lo hacía de muy fácil solución, en el muy breve plazo de dos años desde el anuncio científico, se negoció y firmó por todos los países el Protocolo de Montreal (1987) y se prohibieron los CFCs. La conciencia de que el daño antropogénico al planeta existía, empezó a ser universal. No había daños y soluciones locales. No había daños y soluciones regionales. El daño empezaba a ser tan grande que ya no se podía disimular. Las soluciones empezaban a requerir un carácter global y la venda se empezó a caer de los ojos. El mundo que se podía legar a la generación siguiente podía empezar a ser peor que el que fue legado por la generación anterior. El planeta ya era peor. El mundo podía empezar a serlo pronto. Por primera vez desde el Neolítico.

Pero la ideología siempre precede a la política, a los tratados internacionales y a la generalización de las ideas dominantes por parte de la opinión pública. Antes de que toda esta conciencia se hiciera general hubo determinados aldabonazos que golpearon a los intelectuales y a ciertos sectores de la opinión pública. Determinados libros o informes de paneles prestigiosos que marcaron la dirección que seguiría durante décadas la percepción mundial conservacionista. Con efectos que sin duda fueron muy positivos respecto a la concienciación general de la existencia de un problema. Pero que a veces, sin embargo, provocaron grandes distorsiones en el mecanismo de frenada.

Hagamos un flashback a veinticinco años antes. El ejemplo más clásico es el de Raquel Carson y su “Primavera Silenciosa” en 1962 que pronosticaba una extinción masiva y una destrucción del planeta en pocos años si se seguían las políticas desarrollistas… Más de cincuenta años después, ya en el siglo XXI, seguimos oyendo trinar a los pájaros. Pero hemos logrado ser conscientes de lo que conlleva el uso ilimitado de pesticidas en la agricultura o de las implicaciones de la contaminación industrial. El libro fue un primer aldabonazo muy positivo, pero, por ejemplo, la estigmatización del DDT y de otros muchos insecticidas industriales, impidió que en la segunda mitad del siglo XX en el Tercer Mundo se erradicase la malaria, como ya se había hecho a finales del siglo XIX y comienzos del XX en el Primer Mundo. Porque la malaria no es exclusivamente una enfermedad tropical, sino, más bien, un ejemplo perfecto de las hipocresías del Primer Mundo con respecto al Tercero.  El uso del DDT en los cinturones cerealistas del Medio Oeste americano no tenía sentido, es cierto. Pero quizá podía haberlo tenido un uso selectivo en la desembocadura del río Zambeze que lograse la eliminación en la zona de los mosquitos del género Anopheles, tal y como se había hecho décadas antes en las desembocaduras del Potomac o Mississippi o durante la desecación de las Marismas Pontinas por Mussolini. Durante décadas el Primer Mundo se permitió contaminar el planeta. Y cuando le tocó el turno al Tercer Mundo, en nombre de la ecología, se impidió que éste se librase de la malaria, una enfermedad que hoy en día sigue matando a tres millones de personas anuales. Cuando con un uso selectivo del DDT se pudo haber generalizado la erradicación de la misma junto a la de un número importante de enfermedades tropicales, de esas enfermedades cuya investigación no es rentable para el complejo industrial-farmacéutico del Primer Mundo.

Otro hito fue en 1972 la publicación del informe sobre “Los Límites del Crecimiento” del Club de Roma que tiene dos consecuencias muy claras. Una positiva como fue remover a las conciencias de los riesgos del desarrollismo exponencial. Y otra negativa ya que su catastrofismo a la hora de fechar la inminencia de los desastres. La no confirmación de lo pronosticado, lo único que logró fue incrementar la brecha entre el ascenso ideológico de una conciencia ecológica antidesarrollista a cualquier precio y la ausencia absoluta de medidas paliativas por los poderes públicos respecto a la problemática emergente. Más allá de la simplificación en la bondad de un “crecimiento cero” (en las bicicletas se ha de pedalear bajo riesgo de caerse al suelo en caso contrario), un desarrollismo exponencial, en un mundo con recursos finitos, antes o después llevaría a la Humanidad a un callejón sin salida en doscientos o dos mil años, salvo que la tecnología aumente a un factor exponencial mayor.

Sucedió algo similar a lo que pasó en la sociedad industrial europea del siglo XIX cuando no hizo caso a Malthus. No se hizo caso porque ninguna de sus predicciones se cumplió a corto plazo. En las últimas décadas del siglo XX y comienzos del siglo XXI no escaseó el petróleo ni ninguna de las materias primas esenciales para la sociedad consumista. No se sufrieron hambrunas generalizadas, sino que, al contrario, se palió el hambre en Latinoamérica, Asia e incluso en grandes áreas de África. No desapareció sustantivamente la biodiversidad pese a la lenta disminución de los bosques tropicales que se compensó en los bosques templados…Pero, sin embargo, no en la letra pequeña pero sí en el titular, el Club de Roma tiene razón. Como Malthus la tuvo a finales del siglo XVIII. Por mera aritmética, el crecimiento exponencial, ya sea en población, ya sea en uso de recursos naturales, acabará llevando al desastre. El único problema es medir en años, décadas o siglos la capacidad de la innovación tecnológica de diferir ese desastre. Es necesario un equilibrio entre crecimiento de demográfico, desarrollo en el uso de recursos de un planeta con recursos limitados y desarrollo tecnológico que posibilite optimizar esos recursos más allá del uso indiscriminado actual (uso de la biotecnología para una fabricación industrial de alimentos, uso racional del agua en la “fabricación de alimentos” pero también en el consumo humano, nuevos materiales que hagan superfluas determinadas actividades mineras…)

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  El problema es que no sabemos cuándo sobrepasaremos la línea de no retorno. Si no optimizamos suficientemente la tecnología, en un mundo con recursos limitado, nos podemos encontrar que se cumpla aquel ejemplo que puso Joy Forrester en los 1940s. Imaginando la superficie de la Tierra en dos dimensiones, si una bacteria elevase al cuadrado su población todos los días, ésta no llegaría a ocupar la tapa de un contenedor hasta el día 50º. Pero además sólo advertiríamos que está ocupando casi un tercio de la tapa hasta el día 49º. El problema surge en que, si se sigue creciendo al cuadrado, en apenas diez días, en el día 60º, acabaría con toda la biodiversidad del planeta, humanos incluidos, antes de suicidarse a sí misma porque no la quedarán nutrientes con los que alimentarse a la macrocolonia de bacterias. Los apenas diez días necesarios para elevar al cuadrado la ocupación de los 20 metros cuadrados de superficie de un contenedor a los más de 500 millones de kilómetros cuadrados del planeta, no permitirían tiempo de reacción, ni siquiera a la sobreestimada especie humana. Junto a los humanos, y demás póngidos superiores, perecería el resto de la biodiversidad y poco después la misma colonia planetaria de bacterias. La siguiente primavera en el tercer planeta del Sistema Solar sí que sería verdaderamente silenciosa.

Ese es el verdadero riesgo. Que cuando advirtamos la existencia de la colonia de bacterias sea ya demasiado tarde. Hay que evitar que nuestros descendientes piensen que nada se hizo por remediar la situación más allá de que surgiera una vaga mala conciencia de fondo con apenas ninguna consecuencia adicional. Porque, en  cualquier crecimiento aritmético se pueden intentar corregir las desviaciones. En uno exponencial, salvo que se intente en los primeros estadíos, si no se hace, cuando se adviertan los primeros síntomas de peligro, las bacterias ya ocuparán un tercio de la tapa del contenedor. Ya sería demasiado tarde. Y los gritos de una Escarlata O´Hara con la tierra roja de Tara en el puño, no queriendo más pasar hambre, se convertirían en muy poco tiempo en el más profundo de los silencios.

En cualquier caso, como se erró en el timing, la Humanidad prefirió continuar con el síndrome de Escarlata O´Hara y decidió que ya pensaría mañana como tratar con el problema medioambiental. Si algo no había pasado en cuarenta años, no había de pasar nunca. Y en cuarenta años no pasó nada relevante. Y, en cualquier caso, la fe de carbonero del mundo occidental durante los últimos tres siglos en el progreso indefinido, científico y no científico, llevaba a pensar que cuando la situación se produjera, la Ciencia sabría solucionar el problema. Ese optimismo tecnológico ha sido siempre el verdadero problema. Ideológicamente, la reacción mundial al  citado informe Brundtland, “Nuestro Futuro Común”, escrito en 1987 por una Comisión sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo auspiciada por la ONU fue enorme. Sus conclusiones resultaron impactantes sobre el efecto de la quema de combustibles fósiles en el nivel de CO2  atmosférico y sus consecuencias para el calentamiento global. Sobre el ya citado efecto de los CFC respecto a la capa de ozono. Sobre la acidificación de los bosques y océanos por culpa de las emisiones industriales. Sobre el agotamiento anual de la capa fértil de los suelos con sus consecuencias para la agricultura y la alimentación en el Tercer Mundo. Sobre la contaminación y extracción incontrolada de acuíferos no renovables en cientos de años. Sobre la disminución acelerada de la biodiversidad, especialmente en los bosques tropicales…

El informe era demoledor y se despertaron las conciencias de las diferentes Escarlatas O´Haras del mundo, ésta vez no sólo del campo ideológico, sino también del político, de los principales actores de la política internacional. Las delicadas epidermis caucásicas de esos actores que ya no podían, como en su adolescencia, ir despreocupadamente a la playa decidieron que “algo” había que hacer más allá del Protocolo de Montreal sobre los CFCs. Había que prevenir lo que el Informe Bruntland consideraba oficialmente el principal enemigo de la Humanidad.: el calentamiento global causado por el efecto invernadero originado por las emisiones humanas. Aunque ese “algo”, el Compromiso de Kyoto, fuera cosmético y luego nunca ratificado por el entonces primer país emisor (EEUU). 

La Historia Mundial de estos treinta años, más allá de la Caída del Muro y del Fin de la Historia de Fukujama, es sobre todo una historia de cómo tratar con todos esos signos de stress planetario, al tiempo que las potencias intentan geoestratégicamente garantizarse el suministro de las principales materias primas que requieren sus economías. Estos treinta años han sido testigos de una lucha muy encarnizada entre esas verdades ideológicas oficializadas y esos meros intereses económicos. La miopía de los intereses económicos para atisbar el problema más allá de un muy a cortísimo plazo es evidente. Pero también, a su vez, en el lado académico, era constatable una cierta miopía, causada por la ultraespecialización científica y la creciente corrección política que impide la discusión de matices en relación con ese listado de verdades ideológicas oficiales. Hay muchos más peligros que el incremento del CO2 y de un calentamiento global, que aún claramente existiendo, no sabemos que es obra humana y qué salida de una pequeña Edad de Hielo. La ausencia de matices ha permitido insistir en determinados signos del stress planetario y, sin embargo, olvidarse de otros, en los que se usa, sin ningún desasosiego, la doctrina Escarlata O´Hara. El “ya lo pensaremos mañana” si, por ejemplo, en algún momento llegamos al “peak oil” y no existen reservas de hidrocarburos suficientes para mantener el estilo de vida actual antes de que existan sistemas energéticos sostenibles alternativos para la demanda energética mundial previsible. O si las reservas de agua  empiezan a no ser suficientes para las crecientes necesidades humanas en numerosas áreas del planeta. Y los lugares donde esa escasez puede ser más evidente los riesgos geopolíticos son enormes (Oriente Medio, Cuenca del Indo, el Sahel, las Fuentes del Nilo…)

Los actores políticos han tenido durante estos veinticinco años la gran hipocresía de solucionar inmediatamente aquellos signos de stress planetario cuya causa era fácilmente solucionable desde un punto de vista tecnológico, pero mantener sin solucionar aquellos cuya resolución implicaría no sólo reformar, sino revolucionar el entramado mundial energético-industrial. Pero ha existido una hipocresía aún mayor. El reparto de cuotas de responsabilidad entre aquellos países que llevan doscientos años contaminando y emitiendo CO2 (y mil convirtiendo la naturaleza en pequeñas islas dentro de sus océanos de cereales y cemento) con respecto a aquellos países emergentes que empiezan a emitir ese CO2 y que aspiran a comer algo más que un cuenco de arroz al día, aunque no lleguen al consumo de carne de vacuno norteamericano anual…

Esta es la historia de estos veinticinco años desde el informe Brundtland y que continúa en la actualidad con el fracaso de las Cumbre de Copenhague, Cancún y Durban. Y la timidez del Acuerdo de París, no cumplidos, por otra parte. Una historia de intereses creados, hipocresías y verdades oficiales inmatizables que se mantienen gracias a los errores en esas profecías a corto o medio plazo que, aun siendo ciertas ontológicamente a largo plazo, permiten mantener en el día a día todavía el síndrome de Escarlata O´Hara. Como por ejemplo puede ser la predicción de hambrunas, ya que salvo momentos puntuales regionales, la crisis alimentaria fue frenada por una verdadera Revolución Verde en el Tercer Mundo que permitió un aumento generalizado de las Kcal/capita diarias consumidas en numerosas regiones del Tercer Mundo. O como puede ser la citada acidificación de bosques y océanos que dejó de estar en la agenda cuando la lluvia ácida dejó de afectar, por causas parcialmente inexplicadas, a los bosques alemanes y escandinavos. Hasta que el cuarto “Global Environment Outlook” de 2007 del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el medio Ambiente), volvió a avisar sobre nuevos fenómenos de lluvia ácida en China, Siberia y la India, así como sobre las consecuencias del cambio del PH marino en la Gran Barrera de Coral…

El carácter multifacético de esta reacción ante el stress planetario reconocido ha tenido unos indudables toques de corrección política, signo de los tiempos identitario de estos treinta años. Se corre el riesgo de la estigmatización si, aun estando de acuerdo con el outlook global, aun siendo consciente del riesgo de la colonia de bacterias pronto ocupe media tapa del contenedor, se intenta matizar sobre determinados aspectos de lo que un negacionista inteligente como Lamborg, llama la letanía…La corrección política, los intereses económicos, la hipocresía Norte-Sur, el Síndrome Escarlata O´Hara y la fe del carbonero en el progreso indefinido científico y tecnológico forman un cocktail explosivo

El panorama puede no ser halagüeño. Nadie habla del colapso del ciclo del nitrógeno que está acidificando los mares. Ni del peligro del metano si se descongela el permafrost siberiano para el calentamiento global, siendo la fuerza calorífica del CH4 veinticuatro veces la del CO2. Apenas se comenta la disminución de un 30% de la corriente termohalina bajo la Corriente del Golfo, que si colapsa puede llevar a Europa Occidental a una glaciación. El que prácticamente estemos convirtiendo la Tierra en un jardín con apenas las treinta especies vegetales y catorce animales que comemos no parece preocupar a nadie. Cuando si seguimos el ritmo de extinciones de mamíferos (único orden taxonómico del que conocemos a casi todos sus componentes) resulta que si existen 4.500 especies de mamíferos y cada especie “dura” aproximadamente 5 millones de años, el ritmo natural de extinciones es de poco más de uno por milenio. Si en cien años “hemos” extinguido 110, ese ritmo conllevaría en un milenio la extinción de 1100, la cuarta parte del total. En sólo 4.000 años, el tiempo que nos separa del fin del Imperio Antiguo egipcio, nos habríamos quedado solos con nuestras 14 especies de ganado y nuestros treinta cultivos. Y ese tiempo es nada, en términos de historia de la vida en el planeta. El ritmo de extinción de nuestros “primos” mamíferos es mil veces más alto que el que sería previsiblemente natural. De eso apenas se habla. Como no se habla del daño a la fauna de las pesquerías industriales, donde nos estamos comiendo las especies de la parte superior de la cadena trófica, no sólo a los herbívoros comedores de plactón (en el mar estamos repitiendo esquemas de nuestros antepasados cuando tras la glaciación acabaron con la megafauna). Y la sostenibilidad actual de las piscifactorías es imposible a medio plazo por las mismas razones y por la difícil gestión de los residuos… No todo es calentamiento global causado por el CO2, cuya influencia en el clima no sabemos su intensidad y cuál de los escenarios del IPCC es el correcto porque las medidas a tomar no tienen nada que ver si la temperatura media sube 1ºC ó 3ºC de aquí a 2.100. Hay muchas más causas de stress planetario sobre las que debemos empezar a actuar.

Podemos volver a pasar hambre sin que haya un Clark Gable que nos recoja y nos cobije a tiempo. Las fiestas en los Doce Robles de los viejos caballeros del Sur, antes o después, serán un tenue recuerdo del pasado. Pero ese mundo nuevo, aun distinto, no tiene por qué ser peor. La Atlanta del siglo XX, la de la Coca Cola, Delta Airlines y la CNN era simplemente distinta a la de antes de que la tomara la Columna Sherman. Ni mejor ni peor. Distinta. Y eso todavía puede estar al alcance de esta generación y de la siguiente. Las próximas generaciones marcarán hacia dónde devendrá ese stress planetario cuando ya sea evidente ante todos la inevitabilidad del cambio de estructuras. La inevitabilidad del cambio tecnológico y de costumbres vitales si queremos evitar que la colonia de bacterias tome el contenedor…