Un macartismo de izquierdas recorre las universidades occidentales

Disturbios pro Hasel en Barcelona. EFE/Enric Fontcuberta
|

¿Que es la cultura de la cancelación? “Todo aquello que algunos activistas no quieren oír, por razones puramente ideológicas, en las universidades”, dice Sandra Kostner, una de los cien académicos alemanes que acaban de poner en marcha la «Red Libertad de Ciencia» contra la «cultura de la cancelación». La Red no es otra cosa que la reacción de los académicos frente al unanimismo ideológico que pretende imponerse en las facultades.

Cultura de la cancelación es, dicen los promotores de la Red, que los profesores no puedan abordar los temas que se salen de la ortodoxia ideológica, o vetar la participación de según qué conferenciantes en los foros académicos, o imprimir un determinado sesgo a los temas impartidos en las aulas. La cultura de la cancelación se ha traducido también en escarches y ha saltado a los medios de comunicación, a la sociedad civil y a las redes sociales. Incluso pretende cambiar el lenguaje para cambiar la realidad.

En España recordamos los escarches de Pablo Iglesias a Rosa Diez en la Universidad de Madrid, que luego se extendieron como un reguero de pólvora por otras facultades españolas. Y hemos sido testigos del vuelco que han dado las redacciones de los principales medios de comunicación, que han asumido abiertamente el programa ideológico del llamado marxismo cultural y han callado a los disidentes, con inusitada violencia verbal, con el sambenito de fascistas o de ultraderechistas. Lo que ha ocurrido en España es exactamente lo mismo que en Italia, Francias, Alemania o los EE.UU.

En Alemania, en el año 2019, Dieter Schönecker, profesor y filósofo de la Universidad de Siegen, quiso desarrollar una serie de encuentros dedicados a la libertad de expresión. El profesor, abandonado a su suerte por las autoridades universitarias,  tuvo que financiar de su propio bolsillo el acto académico y pedir amparo a la policía para paralizar el boicot de un grupo de profesores y alumnos que quisieron abortar la presencia de determinados invitados, por puras razones ideológicas. Los seminarios solo pudieron celebrarse gracias a un auténtico despliegue policial que garantizó que los activistas de la cancelación no pudieran asaltar las aulas. ¿Por que querían asaltarlas? Porque entre los invitados de Schönecker estaban Marc Jongen, miembro de Alternativa para Alemania (AfD), y Thilo Sarrazin, antiguo miembro del SPD altamente crítico con el avance del islamismo en occidente.

Otro caso. Bernd Lucke, profesor de macroeconomía en la Universidad de Hamburgo tuvo que hacer frente en octubre de 2019 a los activistas que le acusaron de ser“fascista” y le  impidieron impartir su clase. Lucke es un ultraliberal euroescéptico, y terminó sus clases protegido con medidas de seguridad, que costaron 100.000 euros a la Universidad de Hamburgo.

Lo que trata de imponer el nuevo macartismo académico recuerda bastante a lo que intentó, con relativo éxito, el mundo abertzale en las universidades del País Vasco: silenciar la disidencia.

La excusa que utiliza esta policía ideológica es que los estudiantes no tengan que soportar la exposición crítica de ideas y pensamientos capaces de poner en cuestión sus sentimientos ideológicos: ideología de género, feminismo radical, animalismo, tolerancia hacia el islamismo, condena de Israel, ingeniería social, globalismo, etc etc. Todo lo que no encaje en esa nueva «enciclopedia de izquierdas», cargada de irracionalidad, pasa a descalificarse como  fascismo y es en consecuencia cancelable, censurable. Si los temarios contienen ideas subversivas, se purgan esos temarios. Si los profesores intentan ser independientes, se les silencia.

EE.UU. es pionera en el auge de lo políticamente correcto. Es la llamada Generación Z, la de los nacidos a partir de 1995,  criados en entornos superprotegidos y burgueses, la que se ha integrado en universidades tomadas por un puritanismo político que no tolera la desviación. La ola de revisionismo histórico y de destrucción de estatuas de grandes personajes que recorrió los Estados Unidos fue protagonizada por esa generación, y tiene las mismas raíces sociológicas e ideológicas que la cultura de la cancelación.

Esas estatuas caían -y los estudiantes ni siquiera eran conscientes de ello, aunque sí sus inductores- como si fuera la devolución de la jugada de aquella izquierda que vio caer con espanto el muro de Berlin. La caída de los símbolos es algo más que un brote de iconoclastia: es la entrada en acción de una generación, esta vez de la generación formada en el dogma político, en la ignorancia académica y en la intolerancia sentimental, una generación que se cree con derecho a todo, incluso a silenciar al disidente.

Greg Lukianoffpresidente de FIRE, una organización para la  defensa de la libertad de expresión en las universidades de EEUU, se dio cuenta en 2014 que las iniciativas estudiantiles para desinvitar a oradores y conferenciantes se habían disparado. Los alumnos, organizados en asociaciones y deseosos de condicionar la Historia, presionaban a la directores de los centros para cancelar la invitación de determinados académicos por considerar que su mensaje oprimía al cuerpo estudiantil y por tanto no tenía espacio en la vida universitaria. Literalmente, se trataba de expulsar de las aulas el espíritu crítico. Los escarches comenzaron a generalizarse.

Entre 2013 y 2018 hubo unas 350 iniciativas para cancelar invitaciones a hablar en universidades americanas. De estas peticiones, casi la mitad tuvieron éxito. De la otra mitad, los actos que sí se celebraron, un tercio fue objeto de sabotaje.

Charles Murray es un ensayista conservador que tuvo la osadía de referirse, en un libro publicado hace 26 años, al coeficiente intelectual como factor que podía contribuir a explicar la pobreza. Murray  pasó a ser un  “fascista” y  un “supremacista blanco”. Una profesora del Middlebury College tuvo el atrevimiento de invitarle en 2016 a dar una conferencia. Resultado: los dos, la profesora y el conferenciante, tuvieron que abandonar el aula entre insultos y agresiones. Los estudiantes patearon su coche e intentaron volcarlo. ¿Por que? Por lo mismo que se derriban estatuas. La ira irracional de una generación sensiblera que nunca ha sido maltratada, discriminada u oprimida pero que sí ha sido envenenada ideológicamente por el credo intolerante del llamado marxismo cultural.

Políticos republicanos, escritores, periodistas, humoristas, activistas de los derechos humanos, actores y científicos han sido «cancelados» o «escracheados». Eric Holder, fiscal general durante la administración Obama, fue víctima de la violencia estudiantil. Madeleine Albright, también (los estudiantes la acusaron de ser una «feminista blanca» responsable del genocidio de Ruanda).

Lo que empezó afectando solo a los conservadores luego se extendió a los demócratas…hasta que éstos se radicalizaron y aceptaron el universo identitario que domina la cultura de la cancelación.

Greg Lukianoff detectó otro síntoma de la enfermedad de este nuevo fanatismo: en las universidades americanas abundaban las peticiones para colocar «advertencias» o «alarmas» en los materiales de lectura y de estudios, con la finalidad de prevenir sobre contenidos que podrían herir la sensibilidad de los estudiantes. La novela El Gran Gatsby, por ejemplo, podría resultar ofensiva dadas las actitudes misóginas de algunos de sus personajes. La cabaña del Tío Tom o Matar a un ruiseñor, contendrían epítetos racistas contra los negros. Un editor suprimió en 2011 de las obras de Mark Twain la palabra «nigge. Andersen o los hermanos Grimm fueron censurados y apartados de las escuelas americanas por contener alusiones sospechosas de  racismo, machismo o patriarcado. La cosa llegó a tal punto que James Finn Garner, en tono de humor, realizó una adaptación del cuento de Caperucita Roja: «Un día, su madre, le pidió que llevase una cesta de fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque la considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad».

Bromas aparte: ¿Como ha podido ocurrir todo esto? ¿Como es posible que las universidades occidentales hayan dejado de cumplir una de sus más importantes misiones intelectuales, formar espíritus críticos y abiertos al conocimiento?  La clave podemos encontrarla apenas siete años atrás.

A los campus universitarios  norteamericanos llegó por primer vez, a partir de 2103 y 2014, una generación de jóvenes que no había sido reclutada para la guerra, de niños socialmente hierprotegidos y abandonados al tiempo a las redes sociales. Twitter, Facebook y otras similares operaron en las nuevas generaciones de norteamericanos una alteración de la visión del mundo, ahora mucho más inmediato, sentimental, superficial y acrítico. Aquellos adolescentes hiperprotegidos, débiles y manipulables llegaron a unas universidades que estaban dominadas por el marxismo marcusiano.

A su vez, si bien hasta los años noventa el profesorado americano estaba integrado por veteranos de la Segunda Guerra Mundial, hombres que, al volver de la guerra, habían aprovechado las becas para estudiar en la universidada partir de ese momento el profesorado norteamericano se hizo mayoritariamente de izquierdas.

Lukianoff  estima que hasta los años noventa el ratio ideológico del campus universitario medio era de dos profesores progresistas por cada uno conservador. Pero a partir de ese momento la llamada Gran Generación se retiró, y quienes tomaron el testigo fueron los estudiantes que se habían formado en los años sesenta y setenta: la época de la contracultura, de la lucha por los derechos civiles y las protestas contra la Guerra de Vietnam. La proporción de docentes izquierdistas frente a docentes conservadores es ahora de cinco a uno en las universidades estadounidenses. En los campus de humanidades y ciencias sociales la diferencia es de diez a uno. En 2017, en la disciplina de psicología, había 17 profesores autoconsiderados de izquierdas por cada profesor conservador.

En muchas universidades norteamericanas de humanidades la adhesión ha sustituido a la formación y la ideología al  aprendizaje. Y las dinámicas de las sectas han sustituido a la de los seminarios universitarios.

Los profesores de la nueva izquierda han inculcado en sus alumnos el espíritu de las minorías, la tribalización en pequeñas identidades fragmentadas y la identificación, al tiempo, de un chivo expiatoria, un enemigo, un villano a quien cosificar y a quien desapoderar de todos sus derechos civiles y políticos porque, sin duda, no los merece.

El resultado de esa oligarquía académica que monopoliza as aulas es, para Lukianoff, que “Cada palabra es mirada con lupa, a las opiniones discordantes se las traga la autocensura y todo tiene que ser planchado para quedar perfecto: igualitario, diverso, politicamente correcto, justo”.

Si esa weltanschaung, esa visión del mundo es trastocada, el monstruo se rebela con violencia y determinación inquisitorial. El macartismo de la izquierda comienza, sobre la base de un sentimiento político que se percibe agredido, su propia caza de brujas, que responde a los caracteres que definió Émile Durkheim: son persecuciones que aparecen de golpe, por cosas a veces intrascendentes o nimias como una palabra, un gesto, un email.

La moda del sentimiento agraviado y del pensamiento unánime ha traspasado las fronteras de los campus universitarios y, a lomos de las BigTech y de las redes sociales, se ha instalado también en las grandes empresas, los medios de comunicación dominantes, los despachos de abogados, los tribunales, las fundaciones, las ONG y, en general, la sociedad civil. Lideres sociales, periodistas, actores, abogados, lingüistas y jueces tienen que estar atentos a lo que dicen y como lo dicen para nos ser arrojados a la tiniebla exterior.

Cuando alguien intenta escapar del unanimismo ideológico es simplemente arrasado. Cuando alguien no está a la altura de la radicalidad que exige en cada momento el movimiento político dominante, se le lincha y expulsa. Si no utilizas un lenguaje no sexista, dejas de publicar. Si no apoyas suficientemente las marchas BLM, dejas de aparecer en los medios. Si no compartes el pensamiento binario de buenos y malos, no participas en la vida cultural. Si cuestionas la ideología de género, te conviertes en un fascista sin derecho a las aulas. América -en general Occidente- se empobrece, se embrutece y se envilece.

El movimiento Black Lives Matterha sido y es paradigmático.

La Poetry Foundation de Chicago publicó un comunicado contra el racismo y de apoyo al movimiento BLM pero el comunicado no fue considerado suficientemente combativo por algunos miembros de la fundación, que lo llegaron a calificar de “insulto”. 1.800 miembros publicaron una carta que afirmaba que las vaguedades del comunicado constituían un acto de violencia. Exigieron la dimisión del presidente y del director de la fundación, que se produjo de inmediato.

También los medios de comunicación han sufrido ese tipo de depuraciones. En realidad, nada nuevo bajo el sol: las viejas purgas del estalinismo han cobrado un nuevo rostro en la cultura de la cancelación. La novedad es que estas prácticas, desconocidas en las democracias occidentales, han llegado a ellas a través de nuevas generaciones envenenadas de un simplismo sentimental que impide la reflexión racional y el pensamiento crítico.

El New York Times encargó una columna al senador republicano Tom Cotton, que defendió desplegar al Ejército contra los disturbios que esos días destruían las ciudades norteamericanas. Más de la mitad del opinión publica compartía, según las encuestas, el planteamiento del senador. Pero un grupo de jóvenes periodistas de la redacción montó en cólera porque esa opinión no debía tener cabida en un periódico progresista como el New York Times. El jefe de opinión del periódico tuvo que presentar su dimisión. Los jóvenes canceladores ganaron la batalla.

El periodista Lee Fang, tuvo la osadía de incorporar a un reportaje publicado en The Intercept, la siguiente opinión de un ciudadano de color: “¿Por qué la vida negra solo importa cuando la quita un hombre blanco?…Si un hombre blanco me quita la vida esta noche, será noticia a nivel nacional, pero si me la quita un hombre negro, puede que ni siquiera se hable de ello”.

Una compañera del periodista le acusó de “usar la libertad de expresión para proponer anti-negritud” y le tildó de racista. Luego llegó el linchamiento de sus propios compañeros de redacción y el linchamiento saltó al New York Times y a la televisión. Al final, el pobre reportero, moralmente destruido, tuvo que pedir perdón y autoinculparse de su gran «falta de sensibilidad». Estalinismo en estado puro.

Los casos se fueron multiplicando. La HBO, siguiendo la cultura de la cancelación de los campus, retiró Lo que el vientose llevó para añadirle las correspondientes correcciones. La BBC y Netflix cancelaron la serie Little Britain por sus constantes parodias sociales, que incluían a grupos desfavorecidosSus creadores tuvieron que pedir disculpas. La co-creadora de Friends, Marta Kauffman, hizo lo propio: confesó el pecado de no haber elegido un reparto de actores racialmente diverso.

La editora de Teen Vogue, Alexi McCammond, tuvo que dimitir porque hace diez años publicó un tuit que se consideró racista. Pidió perdón y lo retiró, pero no fue suficiente.

El traductor al catalán de Amanda Gorman ha sido descartado por no ser mujer afroamericana. Antes renunció la traductora en Países Bajos, que era blanca.

CK Rowling, la autora de Harry Potter, defendió en 2019 a Maya Forstater, una mujer británica que ha emprendido una batalla legal contra sus jefes por haberla despedido por decir que solo existen dos sexos biológicos, hombre y mujer, y que biológicamente hablando, es imposible cambiar de sexo. Varios autores dejaron la agencia literaria de Rowling en protesta por esta opinión.

En Francia se libra una batalla contra la izquierda identitaria. El ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer ha denunciado  que en las reuniones que convoca el sindicato estudiantil Unef se reserva el derecho de admisión en función de la raza.

La izquierda se ha enamorado de la censura.

Stay angry, stay woke, decían los carteles en las manifestaciones BLM. Angry significa “enfadado” y woke es algo así como “alerta”. La combinación de esa dos actitudes conduce inevitablemente a la ira, que es el rasgo dominante de los nuevos vándalos urbanos.