Con permiso, por Carlos Esteban

Varias personas esperan unos minutos tras recibir la vacuna contra el coronavirus en Galicia. EFE / Brais Lorenzo
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¿Qué cree la gente que significa “nueva” en la expresión “nueva normalidad”? Obviamente, que no vamos a volver a la normalidad, no a la que ya recordamos con nostalgia, como un paraíso perdido.

De la gente que conozco y está a la espera de vacunarse o recién vacunada, muchos se sienten aliviados por la capacidad de la vacuna de evitarles la enfermedad, lógicamente. Pero tengo la impresión de que no son menos los que buscan en la vacuna, sobre todo, recuperar su vida anterior. Hemos vivido una irritante situación de excepcionalidad que nos ha privado de las cosas normales y ahora queremos recuperar nuestras vidas más o menos donde las dejamos, hacer de todo esto una pausa surrealista, una pesadilla de la que despertamos gracias a la inmunización vacunal generalizada.

Ojalá, pero lo dudo muchísimo. Sí, ya no estamos encerrados ni sujetos a toque de queda; cierto, las tiendas y los bares están abiertos; vale, se puede viajar en determinadas condiciones y, de acuerdo, al fin se está hablando de eliminar la demencial prohibición de andar a cielo abierto a cara descubierta.

Pero detecto un sutil cambio. No es tanto que volvamos a la situación obvia, natural, de ir por la calle como hemos ido toda la vida, como ha ido toda la vida toda la humanidad, como que nos dan ‘permiso’ para hacerlo. No es que podamos salir, es que ‘nos dejan’ salir. El tigre ha probado la sangre, y no es probable que lo olvide.

Olvidamos la cantidad ingente de normas e instituciones que hoy damos por supuestas e incluso omnipresentes que en su día se aprobaron como medidas ‘provisionales’. El Impuesto sobre la Renta, por citar un caso infame.

Quizá sea solo que es lunes, que leo demasiadas noticias, que me hago viejo, pero no puedo librarme de la sensación de que ya vivimos con permiso del poder.