Varapalo del TC al gobierno

Conde Pumpido y la deslealtad institucional

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Quizás no hayan sorprendido a quienes siguen desde años la trayectoria de Cándido Conde Pumpido -cuya connivencia con filas socialistas ha sido siempre incuestionable- los términos en que el ex fiscal general de estado de Zapatero ha redactado su voto particular. Pero no por esperada ha sido, sin embargo, menos presentable la actitud de deslealtad del magistrado del Tribunal Constitucional hacia sus compañeros, con un enorme daño a la institución en la que ejerce sus funciones y a la que, en último término, también representa.

Un Magistrado del Tribunal Constitucional puede sin duda discrepar de su compañeros, y para eso están los votos particulares, pero debe hacerlo sin daño hacia la institución y sin descrédito hacia sus colegas que, al menos, valen intelectual y jurídicamente tanto como él. Trasladar la greña política al Tribunal no es bueno para la institución.

Si ya es enormemente preocupante que desde el poder ejecutivo se haya lanzado un ataque en tromba, de fuego a discreción,  contra el Tribunal Constitucional (sobrevuelan las inaceptables declaraciones de la nueva Ministra de Justicia, o las de Robles, o las de las ministras de Podemos que han acusado directamente al Tribunal Constitucional de ejercer de oposición política al gobierno); si eso es grave, lo es mucho más que uno de los magistrados discrepantes del propio Tribunal haya arremetido de esa manera contra la sentencia dictada por el órgano al que él mismo que presenta.

Conde Pumpido ha dicho que la sentencia  «no responde en absoluto a verdaderos criterios jurídicos, pues -según él- utiliza un mero atajo argumental…para estimar la inconstitucionalidad de una medida sanitaria solicitada por un partido político [Vox] que previamente había apoyado expresamente en el debate y votación parlamentaria de la prórroga». ¿Y? Lo que se cuestiona no es la coherencia o no del recurrente -pobre recurso del magistrado si tiene que acudir a esa razón- sino si el decreto vulneró o no las garantías constitucionales.

No solo eso: el hombre que se llevaba el polvo bajo la toga llega a acusar a sus compañeros, con un desprecio inédito entre iguales, de que la sentencia es «más propia de un lego o de un jurista de salón que del máximo interprete de la Constitución«.

Un poco de clama, un poco de humildad, un poco de respeto hacia sus compañeros y un poco de consideración y cortesía hacia la institución.