Contra la segregación, la tortura y el asesinato de bebés

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Por ITXU DÍAZ (*)

Esta es la locura inmoral del siglo XXI.

He pasado la mañana en uno de esos hospitales infantiles en los que cientos de médicos se desviven por salvar la vida de los más pequeños, de los superhéroes que luchan contra el cáncer, de los bebés prematuros, de los menores que han sufrido graves accidentes o de los niños que se aferran a la vida hasta el último suspiro tras haber sido infectados por alguna enfermedad mortal. En esta planta no hay médicos ni enfermeras. Hay ángeles que no sólo sacan a sus pequeños pacientes del umbral de la muerte hacia la vida, sino que abrazan sus diminutos corazones para dar sentido a su lucha, trabajando horas extras para proporcionar apoyo psicológico y cuidados a sus desolados padres.

Gracias a la incesante presión de los progresistas, desde hace unos meses, en este mismo hospital público, un piso más abajo de donde me encuentro, se empuja a bebés igualmente indefensos e inocentes hacia la muerte más dolorosa. Se les envenena con compuestos químicos tóxicos, se les tortura, se les remata y se les succiona, o se les aplasta y secciona con dispositivos cortantes, en la hora más inesperada de su existencia, cuando sólo un segundo antes estaban descansando en el mar tranquilo de una placenta, sintiendo el calor amoroso del vientre de una madre que cree en silencio que no les quiere.

Esta es la locura inmoral del siglo XXI. Algunos médicos se desviven por los niños moribundos y otros médicos son alentados y pagados por el Estado y los políticos para asesinar a los bebés sanos. Ahí conviven todas nuestras contradicciones, incluidas las madres que lloran de emoción ante la pasión con la que se aferran a la vida los niños calvos consumidos por el cáncer, y al instante siguiente celebran el progreso que permite que sean asesinados un piso más abajo por verdugos sin escrúpulos que actúan a costa del erario público. Malditos sean todos los políticos responsables de este crimen, y todos los que han trabajado para hacer creer a las madres angustiadas que la muerte de su bebé es una salida digna y normal que las hará felices; no hay felicidad sino impostura después de matar a tu hijo, y no hay paz sino miles de noches de horror en las que su voz suena en tus sueños, de 3 meses, de 2 años, de 15 años, y te pregunta: «¿Por qué me hiciste eso, mamá? ¿Qué te he hecho?». Tengo algo que preguntar a todos esos políticos: ¿Por qué no les dicen esto a todas esas madres, escoria?

Si alguna vez han visto un aborto. Si alguna vez habéis visto a un bebé retorciéndose indefenso ante los pinchazos inmisericordes de un punzón. Si has oído su corazón y de repente has dejado de oírlo porque el crimen se ha consumado y el bebé yace decapitado en un rincón de un útero. Tal vez estés en condiciones de abrir tu maldita boca para opinar sobre la moralidad o inmoralidad, la conveniencia o inconveniencia, de que el Estado blanquee un crimen tan atroz. Y si me vas a venir con algún engaño tóxico sobre malformaciones y enfermedades del bebé, dímelo: ¿Qué te parece aniquilar a todos los niños con síndrome de Down que ya se divierten en las guarderías? De hecho, no me lo digas a mí. Pregunte a sus orgullosos padres.

En las últimas semanas, he visto en los medios progresistas a periodistas llorando desconsoladamente ante las imágenes de bebés quemados por las bombas en Ucrania. No me extraña. Son imágenes que hielan la sangre. Pero que alguien me explique, por favor, qué nivel de maldad ha anidado en sus apestosas almas para que esos mismos periodistas estén hoy pidiendo a gritos que otros bebés exactamente como ellos, quizá uno, dos o tres meses más pequeños, sean quemados con armas biológicas dentro del vientre de sus madres. ¿Qué esquizofrenia, qué contaminación moral, qué mierda llevan estos periodistas dentro de sus cabezas?

Ni un momento de discusión política, ni una sola concesión a la discusión de los dogmas religiosos. Mi oposición al infanticidio y mi náusea hacia el aborto y los abortistas no tienen nada que ver. Podría cambiar de opinión sobre cualquier aspecto político, podría volverme completamente loco y creer que el comunismo es una idea brillante, o incluso, Dios no lo quiera, podría perder la fe y negar todo lo que dice mi Iglesia. Pero nada de eso me movería a abandonar en conciencia mi lucha contra el genocidio silencioso del aborto en Occidente. Las palabras de Jen Psaki sobre el aborto sin límites hasta el último instante antes del nacimiento y el respaldo del senil Biden a las mismas, en una sociedad que no está moralmente podrida, deberían llevar a ambos ante los tribunales por el peor de los crímenes de odio, el odio a los bebés.

Los carniceros Psaki y Biden creen que tienen una opinión sobre el aborto en conciencia y eso no es cierto. Lo que tienen es un saco de mierda.

(*) Este artículo ha sido originalmente publicado en inglés por The American Spectator y su autor, Itxu Díaz, es un periodista, escritor y humorista político español. Ha escrito 10 libros sobre temas tan diversos como la política, la música y los electrodomésticos inteligentes. Es colaborador de The Daily Beast, The Daily Caller, National Review, American Conservative y Diario Las Américas en Estados Unidos, así como columnista en varias revistas y periódicos españoles. También ha sido asesor del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España.