Ya no cuela

Contra populum. Por Carlos Esteban

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‘Democracia’ y sus derivados siguen siendo términos mágicos, adjetivos que adosar a cualquier medida que aprueben los nuestros, y que negar a las actitudes de los otros. Es un modo ampuloso de maniqueísmo verbal, un modo de distinguir nominalmente a los réprobos de los salvos. Pero lo que ha significado siempre, lo que indica su historia y su etimología, repugna cada vez más a los amos del discurso.

Es indisimulable que nuestras élites desprecian a ese pueblo cuya voluntad es supuestamente la base de toda soberanía, y lo demuestran cada día del modo más directo y evidente: con la mentira continua.

Todo lo que se hace de unos años a esta parte, todo lo que se nos obliga a aguantar, se hace a nuestras espaldas. Han puesto en acción al personaje más incompatible con la democracia: el experto así designado por el poder.

Así, han puesto nuestras decisiones sanitarias en manos de la OMS, sin consultarnos, es decir, en una burocracia transnacional que afirma que existe un número indefinido de ‘géneros’, olé por la ciencia. Así, pintan el calor del verano como prueba innegable de un fenómeno que, al contrario que cualquier hipótesis científica respetable, es ‘infalsable’ y está prohibido debatir.

También está prohibido debatir sobre la pandemia que nos ha arruinado, quebrado y esclavizado, a pesar de lo que se dice hoy es lo contrario de lo que se dijo ayer, porque el ciudadano leal vive de la fe y prueba su sumisión aceptando sin pestañear las contradicciones.

Los bosques arden por el cambio cromático (sic), y no porque ardan todos los veranos porque un régimen funcionarial y autoritario juega al perro del hortelano y ni limpia los montes ni deja limpiarlos.