Ya no cuela

Corazón de León. Por Carlos Esteban

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El arzobispo de San Francisco, un italoamericano que responde al sugestivo nombre de Salvatore Cordileone (Corazón de León), ha dado instrucciones a sus sacerdotes para que nieguen la comunión a la ‘speaker’ de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, la sedicente católica Nancy Pelosi.

Pelosi, conmilitona del presidente como demócrata y por ser presentada en prensa como “una devota católica”, comparte también con Biden su entusiasmo por la aniquilación de niños en el vientre de su madre, de modo que, en un tiempo más razonable que el nuestro, la decisión del prelado se vería como una medida no solo conveniente, sino necesaria. Basta con creer dos cosas, presuntamente patrimonio común de todos los católicos: que el aborto es un crimen execrable contra un ser humano inocente, y que la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo.

Pero el nuestro, no hay que decirlo, no es un tiempo razonable, y el puñetazo en la mesa de Cordileone ha despertado la furia del mundo y, lo que es más triste, la oposición cerrada de parte de la Iglesia.

Lo de los primeros es especialmente divertido, porque para ellos la Eucaristía no es más real que el vudú, y no se le ve mucho sentido a indignarse de que la ‘speaker’ se quede sin su trocito semanal de pan, especialmente siendo fabulosamente rica gracias a la información privilegiada aplicada a las inversiones bursátiles. No hay ningún derecho a comulgar, por lo mismo que no hay obligación de ser católico, y el reconocimiento de la fe católica es el reconocimiento de sus propias normas.

Más triste es lo segundo. El episcopado de Estados Unidos, en su última plenaria en Baltimore, se planteó discutir la conveniencia de aplicar esta misma política en todas las diócesis, pero de Roma llegó una carta con instrucciones más o menos claras: no conviene. El resultado es que existe en Estados Unidos asociaciones de católicos ‘pro-choice’ y que una mayoría de fieles de ese país descree de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Y que la influencia cultural de la Iglesia es absolutamente nula.