Cuba y los intelectuales, por Carlos Esteban

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No hay idea, por absurda que suene, que no la haya defendido algún filósofo, escribió Cicerón. Donde pone ‘filósofo’ lean ‘intelectual’ y ya tienen retratado uno de los principales males de nuestro tiempo, hecho posible por la propaganda machacona y unívoca de los medios omnipresentes.

Y el problema que plantean las ideas absurdas es que uno se siente bastante idiota respondiéndolas, aunque se vea obligado a hacerlo. Es humillante tener que decir, no sé, que los varones tienen pene. No porque sea falso, sino porque es de perogrullo; uno se ve a sí mismo descendiendo a un nivel inferior al “arriba”, “abajo” de Barrio Sésamo.

Las aseveraciones meramente erróneas, los errores comprensibles, permiten a quien los rebate chispeantes paradojas o argumentos ingeniosos, pero ante lo completamente idiota, lo insondablemente idiota, uno se queda sin palabras, reducido a un casi balbuceante: “pero no, no es así”. Nos calla, de primeras, quien afirma con el suficiente aplomo que el sol sale por el oeste o que el césped común es púrpura.

Cuba es una reliquia tiránica de la Guerra Fría, un país que pasó de ser de los más ricos y avanzados a uno de los más míseros, y así llevan sesenta años. Pero siempre hay un rojo con estadísticas y teorías, datos espigados de informes amigos, que defiende aquello, aquel horror. Y es el momento de repetir, aburridos, que la hierba es verde y el sol sale por el este.

Las calorías que, según la cartilla de racionamiento, consume cada cubano son tan ridículas que todos estarían ya muertos si no trapicheara todo el mundo en el mercado negro. La gente se va de Cuba, como puede, arriesgándose a morir ahogado o devorado por tiburones. Uno siempre ha tenido esta excentricidad de pensar que no hay elecciones más sinceras que votar con los pies, no digamos a nado, y que los países de donde escapa la gente suelen ser peores que los países a donde emigra la gente. Así, en general.

¡Señor, qué cruz!