«El hijo del chófer» se convierte en thriller tragicómico en su pase al cómic

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Sergio Andreu

Barcelona, 21 may (EFE).- Si alguien lee «El hijo del chófer» sin saber que se basa en un personaje real -el periodista Alfons Quintà- podría pensar que al autor se le ha ido la mano por lo excesivo, un hombre clave de la Transición, al que le viene como anillo al dedo el thriller en versión cómic que José Pablo García ha hecho de la novela de Jordi Amat.

«El hijo del chófer» (Norma, también en catalán) es una radiografía tragicómica -como fue el propio Quintà (1943-2016)- de un periodo esencial de la historia de España, cuando el incipiente poder político y los medios de comunicación se retroalimentaban, a cualquier precio, una simbiosis que toleraba («por útiles») a figuras tan desmedidas como la del periodista de Figueres, un «psicópata de manual», según Amat.

Quintà se suicidó en su casa de Barcelona en diciembre de 2016 con una escopeta, tras matar a su mujer de la que se estaba separando, cuando su carrera había entrado en barrena, convertido en un ser anónimo para las nuevas generaciones, algo muy duro para quien fuera, quizás, el periodista con mayor influencia en Cataluña en los años 70 y 80 (delegado de El País, director de TV3…), señala a Efe el autor de la novela original.

José Pablo García -adaptador de otros títulos como «Soldados de Salamina» o los «Episodios Nacionales»- realiza una documentación detallada (esas redacciones de diarios que huelen a tabaco y otros entornos de poder) en una gama de sepias «como de periódico de la época», que va muy bien a «una historia turbia, con tono de novela negra», muy diferente a sus trabajos anteriores.

«Tengo predilección por esta época de la historia, por la prensa del momento, por el ambiente tan convulso de la Transición, un tema poco tratado en la novela gráfica actual, y eso que hay un filón de historias interesantísimas», comenta el historietista.

«El hijo del chófer» fluye de forma paralela a la vida de Quintà, marcada por la extraña relación que mantuvo con su padre, que durante años trabajó como una especie de asistente del escritor Josep Pla, que le sirvió de puerta de entrada al sanedrín de la inteligencia catalanista durante el franquismo, unos contactos muy útiles en su carrera hacia el poder absoluto al que el periodista pareció aspirar siempre, por encima de todo.

El libro muestra a un Quintà violento desde niño, obsesionado por el control, y sobre todo, manipulador, consciente, muy pronto, del poder de la información, especialmente de aquella que se quiere ocultar, como refleja el chantaje que de adolescente le hizo a Pla para que intercediera ante su padre, si no quería que la Guardia Civil se enterara de las conversaciones del escritor ampurdanés y sus amigos o de los contactos con el exiliado Josep Tarradellas.

«Entrevisté a muchos compañeros de trabajo y nadie tenía nada positivo que contar de él en lo humano, en lo profesional sí. Fue un tipo extremado, descabellado, y al convertirlo en historieta todavía se ve más. Los recursos gráficos que José Pablo ha puesto en juego visibilizan esa parte oscura y monstruosa de él y de todo el proceso del cambio político», comenta Amat.

García señala que ha habido personas que lo conocieron que le han asegurado que Quintà es tal cual aparece en la novela gráfica: déspota, rijoso, obsesionado con el sexo hasta convertirse en acosador en el trabajo, ansioso en la mesa de comer, capaz de meter las manos en los platos de los demás para «robarles» la comida…

Inspirado por algunas de las fotos que circulan de él, en su época de mayor poder, cuando era más temido que respetado, Jose Pablo García ha compuesto un Quintà que se asemeja al Torrente de Santiago Segura, no sólo por el bigote, la obesidad o la calvicie, sino por la forma despreciativa de tratar a la gente, capaz de sacar una pistola para perseguir a una amante, o tirar un cenicero a un trabajador.

Además de su padre, el otro gran TOC de Quintà, fue, sin duda, señalan Amat y García, Jordi Pujol, a quien el periodista, que sufrió una extraña mutación ideológica desde la izquierda revolucionaria hasta un nacionalismo acomodaticio quiso tener en sus redes.

A través de las informaciones que publicó sobre los entresijos -que se detallan de forma brillante en el libro- del caso Banca Catalana, la entidad financiera creada durante el franquismo ventajista por Florencio Pujol, padre del fundador de CiU, Quintà estableció un estrecho cerco sobre el político, que ponía en peligro su prometedora carrera tras el paso atrás de Tarredellas.

Cuanto Quintà pensaba que Pujol estaba a punto de la estocada final por su gestión en la sombra de Banca Catalana, la tramoya desplegada por los poderes fácticos y unas supuestas «razones de estado» posibilitaron la salida honrosa del entonces presidente de la Generalitat, pieza estratégica en el tablero de la transición española, en peligro por la debilidad del gobierno de Adolfo Suárez.

Tras haber tenido acorralado al «padre político de Cataluña» -la novela tiene un contrapunto freudiano muy presente- Quintà, señalan los autores, se convirtió en una marioneta más del engranaje de la nueva estructura del nacionalismo, que se aprovechó de sus innegables capacidades como periodista, que demostró en su etapa al frente de TV3, donde estableció un régimen casi de terror antes de que lo echaran por sus excesos.

«El poder vio qué tipo de monstruo era, y al poder este tipo de monstruos le resultan útiles. Era una palanca para que el poder hiciese lo que no podía hacer por sí, tenían a un tío que sí lo hacía porque se sentía impune, y ésa es una de las paradojas de esta historia, cómo un malvado cínico, en contra de lo que decía Kapuscinski, puede ser un buen profesional del periodismo», resume Amat.