De enemigos y traidores, por Carlos Esteban

El presidente del Partido Popular (PP), Pablo Casado, hace declaraciones en su visita al stand de Ceuta de la Feria Internacional de Turismo FITUR que tiene lugar en las Instalaciones de IFEMA, en Madrid. EFE/Chema Moya
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Yo no culpo a Mohamed VI. No tiene ninguna obligación de favorecer a España, un país a costa del cual quiere engrandecer su país como es normal en cualquier líder de una nación. Culpo al Gobierno de España, que nos humilla a todos al humillarse ante el sultán, premiándole por su invasión y excusando sus acciones hostiles.

Yo no culpo a los independentistas catalanes. No han engañado ni engañan hoy mismo con respecto a sus intenciones, y si de verdad creen que Cataluña es una nación ocupada por España, están haciendo lo que deben hacer. Culpo al Gobierno de España, a todos los gobiernos que ha tenido España desde Suárez, que por cobardía o, más frecuentemente, mezquinos intereses electorales cortoplacistas ponen en inminente peligro la unidad de una nación tan vieja como España permitiendo que eclosione el huevo de la serpiente.

Yo no culpo al PSOE. El PSOE tiene un historial que cualquiera puede consultar, no es exactamente secreto ni empezó con Pedro Sánchez. Ni culpo siquiera a Pedro Sánchez, un personajillo amoral sin talento alguno que solo se mueve por una ambición y un narcisismo sin límites, que se ha desdicho absolutamente de todas sus promesas y que ha demostrado estar dispuesto a cualquier vileza por dormir una noche más en la Moncloa. Culpo al PP, que sí ha engañado, sí ha traicionado a su electorado.

El PP es el verdadero cáncer, porque ni un PSOE mil veces peor podría haber dañado a España como lo ha hecho sin la complicidad activa o pasiva de los populares. Por sí solos, los socialistas no hubieran sido capaces de implantar su modelo y aplicar sus medidas de ingeniería social; han necesitado -y obtenido- la complicidad criminal de un partido cuyo electorado demandaba todo lo contrario. Han convertido leyes y medidas que hubieran podido ser flor de un día, locura de una legislatura, en lo que hay, en la dogmática de nuestro tiempo.

Yo no culpo, en fin, a los griegos por asediar Troya; culpo a los imbéciles y canallas que hicieron entrar el caballo de madera.