Dolores. Por Carlos Esteban

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En un panorama político tan demencialmente dislocado, cuando a uno le ha entrenado la experiencia a no creerse nada de lo que nos llega de arriba, hasta las mejores noticias se acogen con suspicacia y aprensión.

Es así que la dimisión de Dolores Delgado, que debería celebrarse en todo el reino con fuegos artificiales y confeti, en cambio asusta. No porque no deba dimitir, sino porque debería haber dimitido mucho tiempo atrás, porque no debería haberse producido nunca.

El conocimiento de que alguien tan comprometido, tan tocado, tan clamorosamente inadecuado para su puesto, se ha mantenido dos años contra mucho viento y no pocas mareas es ya deprimente, y nos lleva a temblar pensando en qué ha podido motivar la presente dimisión y quién podría sustituirla.