Editorial. Pensar y creer: La Buena Fé

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Los teólogos y los filósofos vienen devaneándose, desde hace siglos, entre dos fórmulas para la conciliación entre el pensamiento racional y la Fé. Santo Tomás -decía Ferrater Mora- utiliza el pensamiento racional para llegar a Dios, piensa para creer, propone la vía del conocimiento -a través de la escolástica- para desentrañar la Fé. Santo Tomás conoce para creer. San Agustin -y la mística- cree para conocer, y es a través de la Fé como alcanza el conocimiento último de todas las cosas. Vico, ya en el renacimiento, tercia en el debate y dice: el hombre puede pensar en las cosas pero no entenderlas. Dios lo comprende todo porque lo ha hecho todo, pero el hombre solo comprende algunas cosas, las que él mismo ha hecho, las demás las piensa pero no las entiende.

En todo caso, para creer -como para conocer- hay que partir de una premisa que no depende tanto de la inteligencia como del corazón: la buena fé, que es una predisposición del carácter. Con buena fé uno se puede equivocar, es verdad, pero siempre acierta. Con la buena fé pasa lo mismo que con pensar bien de los otros. Pemán -pulcro, olvidado- dejó escrita una frase de gran belleza: «¿Piensa mal y acertarás? No: piensa bien aunque no aciertes». Eso es la buena fé. Abrir el corazón. Predisponer el carácter. Limpiar la voluntad de prejuicios.

La Semana Santa debe servir para rememorar la Pasión de Cristo, que es una historia de Salvación, un drama que la razón no comprende y el corazón, sin embargo, sí alcanza. La pensamos pero no la entendemos. Es un misterio de más de 2.000 años. Pensar y creer. La Buena Fé.