EDITORIAL

EDITORIAL: La Democracia en América. Algo despierta en favor de la vida

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La Sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en defensa del derecho a la vida ha causado una verdadera conmoción en el movimiento progresista global y ha sido, al mismo tiempo, un aldabonazo en las conciencias de muchas personas. El movimento woke se ha convertido en el movimiento shock y una mayoría natural de la sociedad ha despertado. Hay hitos que hacen que la historia gire en un determinado sentido, y muy probablemente la sentencia de la Corte Suprema sea uno de ellos.

Todas las terminales mediáticas, políticas y económicas de la Agenda Progresista Global (llámense estas 203o, Davos, G7, Open Society, Gates Foundation, Planned Parenthood, Partido Demócrata de los EEUU, E. Macron, Gobierno de España o Comisión Europea, entre otros) han decretado su peculiar alerta antifascista frente al Tribunal Supremo de los EE.UU. Incluso el propio presidente Biden, en una vulneración sin precedentes de la división de poderes y de la independencia judicial, ha criticado duramente a la Corte Suprema, cuyo criterio incluso pretende sustituir mediante la tramitación de una ley que ya todos los juristas norteamericanos tachan de inconstitucional.

Tocqueville alertó sobre la degeneración de la verdadera democracia en una suerte de despotismo suavizado ejercido por la opinión dominante, y detectó que uno de los problemas más graves en la vida política no es que las personas se sientan demasiado fuertes, sino que se sientan demasiado débiles e impotentes. Durante todos estos años, muchos se han sentido especialmente débiles en la defensa del derecho a la vida, pero el aldabonazo de la sentencia del Tribunal Supremo fortalecerá sus convicciones y transformará esa sensacion de impotencia en determinación.

El reto es de una enorme dimensión, porque lo que está en juego ahora es, junto al derecho a la vida, el Estado de Derecho. Y todavía más (si cabe): la Democracia en América. Lo que hace el Tribunal Supremo es reconocer que la Constitución norteamericana no ampara la practica del aborto como derecho y que, en consecuencia, no se puede obligar a los estados de la federación a permitir los abortorios: son los representantes democráticamente elegidos por los electores lo que, en los parlamentos de cada estado, deben legislar sobre la materia. El aborto no es un derecho ni natural ni constitucional, viene a decir la sentencia, y por lo tanto los estados son libres para regularlo.

La sentencia devuelve la decisión sobre el aborto a la soberanía popular y es, en consecuencia, una resolución en favor de la democracia y de la voluntad popular, hasta la fecha maniatadas por la poderosa ideología progresista y la industria del aborto.

Veintitrés estados norteamericanos ya han declarado su voluntad de legislar libremente sobre la cuestión, sin el veto que hasta la fecha suponía aquella doctrina de 1973 que ha derogado el Supremo.

El efecto dominó de la Sentencia no solo se dejará sentir en los EE.UU. Lo hará, tarde o temprano, en otros lugares de Occidente, cuyas sociedades empiezan a no aceptar ya la imposición de la Agenda Progresista y de sus derivadas, sometimientos y vasallajes, como la coacción ambiental en torno al llamado Orgullo, el miedo reverencial frente a la ideología de género, el arancel del adoctrinamiento en las escuelas, el dogma del apocalipsis climático o la destrucción del mundo tradicional.

Esta Sentencia ha dado una lección de independencia, de democracia, de valentía a los jueces de Europa, y ha provocado que algo se mueva en las conciencias y en el ánimo de nuestras sociedades. Lo dicho: un verdadero hito democrático.