Editorial

Auge y caída de Inés Arrimadas

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Ser joven y valiente no significa tener el estado en la cabeza. La juventud, como el valor a veces, pasa, y lo que fue verbo brillante e impetuoso, cargado de futuro y de verdad, se puede convertir en retahíla de lugares comunes enhebrados al compás que dicte la conveniencia política, el cálculo y el provecho.  Nos gustaba esa Inés Arrimadas que no se arredraba y subía a la tribuna catalana a denunciar la estulticia de aquellos dirigentes esperpénticos. Toda España se reafirmaba en Inés, en su presencia de desafío y látigo, en su defensa viva de lo libre. Entró en el templo de la barretina y casi logra expulsar a todos aquellos mercaderes de quinta que comerciaban, trileros, con el destino de sus ciudadanos a cambio de un 3%. Parecía, ciertamente, que había venido a desescombrar Cataluña. Fue un renacer de España frente a tanta traición. Pero Inés abandonó ese algo que tenía de joven domadora de nacionalistas decadentes y se vino a Madrid, llamada, craso error, a más altos destinos. Nadie tiene derecho, es verdad, a exigir que el heroísmo político vaya más allá de los años más jóvenes y los lugares más duros. Pero tampoco se nos puede pedir que continuemos aplaudiendo un espejismo.
Desde su llegada a Madrid, todo fue equivocarse. Hay políticos que solo adquieren relieve frente a un malo muy bien definido, y el nacionalismo lo era; luego, fuera de escena, cansados de ser héroes, se hacen al sistema, comulgan del establishment y se entregan, deslumbrados y dóciles, al poder de la Corte. Inés Arrimadas ha dejado de ser la mujer libre que era y ya no es más que una parte de la farsa política que está deshaciendo nuestro viejo país.
Ha entregado ese valioso partido del centro sin complejos a la peor y más sucia coalición que ha gobernado España. Vota los estados de alarma mas inconstitucionales, votará los presupuestos más mendaces y se ha convertido en la comparsa (Inés, quién te ha visto) de un gobierno de izquierda radical coaligado políticamente con los separatistas y los herederos de ETA.  Su excusa política consiste ahora en la pretensión de moderar al monstruo; pero el monstruo no puede moderarse porque su proyecto, lo que le mantiene en el poder, es otro; y ese falso pretexto ha convertido a la propia Inés Arrimadas en una especie de cuota legitimadora de la acción del gobierno.
Todos los grandes y honestos fundadores de Ciudadanos se ha marchado. El último, Xabier Percay. Pero antes fueron Girauta, Frances de Carreras, Javier Nart, Arcadi Espada,Félix de Azúa, Félix Ovejero; también han marchado importantes líderes que daban entidad a ese partido, como Carina Mejías, Marcos de Quinto, tantos otros: su listado ocuparía por sí solo el espacio de este artículo. Ciudadanos se ha convertido en el partido de las dimisiones, una lista vacía, pero además ha dejado de ser un partido útil a la idea de España, y por eso desaparecerá. Ya solo es Inés, que se ha diluido como un azucarillo en la sopa boba de Madrid.
Es curioso que quien llegó a la política con la savia nueva de su desafío juvenil vaya a acabar haciendo el papel de enterradora de un partido que nunca debió  salir de Cataluña.