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EL DESASTRE DEL CORONAVIRUS

Editorial. 8-M: el final de la banalidad política del Gobierno

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Fue Hanna Arendt quien acuñó la expresión “la banalidad del mal” en su libro “Eichman en Jerusalen”. Con ella se refería al mecanismo que lleva a determinados individuos a actuar (amoralmente) conforme a las reglas del sistema político al que pertenecen sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. Son personas que no se cuestionan si lo que hacen es bueno o malo: se limitan a hacerlo porque está en la lógica del sistema al que sirven y es lo que ese régimen les requiere en un momento determinado. Para ese tipo de personas, lo políticamente correcto es lo correcto desde el punto de vista ético o moral, que ni siquiera llega a cuestionarse. El mal es así de banal en ocasiones. Eichman no era ese monstruo arquetípico que decide, persiguiendo el mal absoluto, participar en la solución final, sino un aburrido burócrata que cumplió eficazmente las normas de un sistema atroz. Lo diabólico muchas veces se disfraza de espantosa normalidad. 

La política puede ser, como el propio mal, notablemente banal. Hay cuestiones que están en el ADN de un régimen político que ni siquiera sus líderes se atreven a cuestionar. Si uno pone por encima del interés general una ideología que aspira a vertebrar el régimen mediante una nueva ingeniería social, es muy difícil luego desmontarla, prescindir de ella, o suspender sus hitos fundamentales. 

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La izquierda en el gobierno había decidido vertebrar su proyecto en torno a un nuevo tipo de sociedad: el eco-progresismo, el animalismo, la política de género, el multiculturalismo y, sobre todo, esa especie de feminismo desquiciado y desfigurado que es incompatible con el feminismo real y lo destruye colectivizando a la mujer y convirtiéndola en mercancía política.

El 8-M ha sido planteado por la izquierda española en ese sentido. Es un movimiento puesto al servicio no tanto de una reivindicación como de un proyecto de deconstrucción social (que solo sea posible ser mujer si se es una feminista radical). También de una estrategia clara de constante movilización política y de captación de voto, claro.

En la lógica pura de ese régimen de cosas y de ideas, una manifestación identitaria como el 8-M se convierte en una ceremonia colectiva de integración. Se va a esas manifestaciones como se comulga el cuerpo místico del régimen y del nuevo orden social comunitario. El opio del pueblo.

He ahí una de las razones de fondo (las otras son la imprudencia, la inconsciencia, la frivolidad, la falta de capacidad política) de por qué los líderes de la izquierda, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y todos los demás, no tuvieron en ningún momento la intención de suspender la manifestación, pese al riesgo cierto y evidente de multicontagio. 

¡Cómo vamos a suspender la manifestación del 8-M!” De esa manera, la manifestación, icono de la izquierda, eje del régimen, pilar de lo políticamente correcto, eslabón de hierro del nuevo orden, fue puesta por encima de todo. Es evidente que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no persiguieron deliberadamente poner en riesgo a las mujeres y a las familias de las mujeres y a los conocidos de las mujeres y a todos los que se cruzaran con ellas: pero es también evidente que la lógica del régimen de izquierdas que ellos mismos han implantado les llevó a no cuestionarse si esa manifestación (sanitariamente disparatada) ponía en riesgo a millares de personas o no. En eso consistió su banalidad. Y eso es lo imperdonable.

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También a la derecha, adormecida en el esquema de ese nuevo orden, le faltaron reflejos para solicitar firmemente, jurídicamente, su suspensión. 

El desastre del coronavirus, la ola expansiva del miedo social y del pánico económico, el tsunami de contagios y el goteo de muertes sobre todo han puesto a este gobierno, de pronto, frente al espejo de su propia banalidad política y probablemente de su propio final. 

La irresponsable celebración del 8-M (podían haberse buscado otras fórmulas de celebración) con millares de mujeres y de niños lanzados a todas las ciudades españolas, participando activa e inconscientemente en la propagación del virus, marca el final de la banalidad política. 

Hay fechas que marcan el final de los tiempos políticos. 

El 11-M fue el mal en estado puro. 

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El 8-M ha sido la pura banalidad.