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CONTRA EL DESGUACE DE ESPAÑA

Editorial: Españoles, a las calles, a las calles

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Solemos vivir la historia como si no nos fuera a suceder a nosotros. Vemos los acontecimientos políticos, analizamos los movimientos de los partidos, comentamos las decisiones y las declaraciones de unos y otros como si fuéramos comentaristas de una obra de teatro –la obra de España- de la que no formáramos parte. Tomamos distancia. Pontificamos. Debatimos. Sentamos opinión. Hay una distancia que nos quita dolor y nos ayuda –y engaña- a soportar lo que en realidad estamos padeciendo. Pero nunca pensamos que eso que estamos viendo y comentando sea nuestra propia vida personal, más inmediata y directa. Nuestra manera de ser. Y que una manada de ególatras haya podido decidir por nosotros sustituir una forma de vida libremente escogida, por otra, que quieren imponernos deliberadamente.

España vive una situación de auténtica alarma nacional. Hay un país al que un frente popular de políticos escasamente alfabetizados está sacrificando en un proyecto grotesco de poder. Ridiculizan a Trump, a Johnson, a Putin. ¿Y qué o quién son Iglesias, Rufián, Torra, Montero, Echenique, a su lado? Si quiera estéticamente –la estética es siempre moral- resisten un mínimo contraste. 

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El frente populista en el gobierno está negociando con los separatistas el desguace de España. El desguace de España no es solo el final, fraudulento, ilegítimo, del régimen constitucional, que por bueno que fuera no agota en sí nuestro ser nacional de ninguna manera. Lo que se está haciendo es mucho más grave que un fraudulento cambio de régimen. El frente antiespañol en el gobierno se ha puesto a la tarea de deshacer el país. De terminar con su ser histórico, con su identidad cultural, con su cuerpo político, con su estructura social.

El presidente Sánchez, hombre fatuo donde los haya, que ya ha confundido persona y personaje y está al borde de su propia caricatura, ha entregado el solar de España en su investidura. Cataluña vuelve a tener sus embajadas por el mundo para promulgar la leyenda negra de España y trabajar por su desintegración. Los presos condenados por sedición saben que van a salir y los terroristas vascos vuelven a sus pueblos como auténticos héroes, dando la victoria moral final a ETA (un evidente miedo intelectual a la verdad impide muchas veces reconocer esa victoria). El PSOE ha pactado Navarra con los herederos del crimen. Sánchez reconoce a un president inhabilitado por la JEC, y no solo le da carta de naturaleza sino que se reúne con él para negociar, según el Vicepresidente catalán, la propia independencia de Cataluña, es decir, el final de España. El Vicepresidente Iglesias defiende el derecho de autodeterminación, elogia de perspicacia política de ETA y socava el prestigio de la Justicia española. Los Ministros, ya interminables, como esas grandes delegaciones de los países subdesarrollados, parecen una corte, la nueva corte de los milagros, con declaraciones a cual más irracional, un esperpento. La Monarquía está cercada por tres de los cuatro costados. La Abogacía del Estado ha sido sometida. La Fiscalía ha sido tomada. El Defensor del Pueblo ha desaparecido. La Justicia ha dejado de ser previsible (hay jueces heroicos y hay jueces oscuros). El desprecio a las instituciones es diario, comenzando por el desprecio a la más alta, la Corona, que simboliza, más allá de su titular de turno, la historia y la realidad ontológica de España (para eso existe y por eso se la ataca). La política se ha convertido en un lamentable espectáculo de propaganda y odio. Han vuelto a sembrar la división, el rencor, las cuitas de la guerra que habíamos felizmente enterrado. Nos han vuelto a reabrir las llagas. No hay Derecho. Esta España que nos está tocando vivir da realmente miedo, y pena. Las noticias parecen una nueva Antología del Disparate: La directora general contra el racismo quiere prohibir el black Friday y al rey Baltasar, el director de protección animal denuncia que robamos la leche de las vacas, la directora de diversidad y feminismo reclama la violación anal de los hombres (para que se enteren), una delegada del gobierno pide disolver la comunidad murciana para que los padres no puedan decidir si sus hijos deben o no ser sometidos a adoctrinamiento sexual de asociaciones de tarados, los ministros salen en tromba y en barrena moral y dicen que los hijos ya no pertenecen a los padres, sino… ¿al viento? (ZP dixit) que, ya es casualidad, sopla desde los despachos de oligarcas siniestros como George Soros, que gastan sus millones en desfigurar nuestras sociedades. Quieren obligarnos a cambiar nuestro modo de vida, nuestra manera de ser, a borrar nuestras tradiciones, a desfigurar nuestras familias, a borrar nuestras conciencias, valores y principios. Eso es destruir nuestra nación. LGTBI, ideología de género, animalismo, veganismo, climatismo, ultrafeminismo… esta gente atroz quiere incluso obligar a la RAE a cambiar la lengua de Cervantes (/as).

Este gobierno nos está llevando al peor escenario de todos los posibles. Un gobierno que se precie solo debe tener una función: que los españoles, como exhortaba Ortega, estén “a las cosas, a las cosas”. Nostalgias de otro tiempo. 

Como no nos dejan vivir como queremos, como no nos dejan educar a nuestros hijos, como no nos dejan tener una nación, como no nos dejan conservar nuestras tradiciones, mantener nuestras costumbres, defender nuestras familias (pronto serán también nuestras propiedades, por mínimas que sean) hay que salir a las calles antes de que también nos quiten ese derecho. Hoy, mañana, pasado mañana, todos los días, en todas las ciudades, en todos los pueblos, hay que parar la descomposición social, política, moral de España. Hay que atreverse a hablar en la oficina, en el bar, en los almuerzos, en las reuniones de amigos. Hay que empezar a militar en nosotros mismos. Cívicamente, éticamente, con altura patriótica. 

Hay que parar a esta manada de ególatras enloquecidos que quieren convertir nuestras vidas en un laboratorio de disparates ideológicos. 

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