El terrorismo islamista y la defensa de Europa

La bandera de Europa convertida en signo islámico con la estrella reemplazada por la media luna, imagen que ha circulado por las redes sociales.
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El europeismo no solo consiste en aplaudir todas y cada una de las políticas de la Comisión Europea. No solo consiste en apoyar todas y cada una de las resoluciones, directivas, reglamentos y declaraciones de los órganos de la Unión.
El europeismo debe consistir, sobre todo, en defender la idea y la realidad de Europa y, además, adoptar las medidas necesarias para que esa idea y, sobre todo, la realidad política, económica, cultural y social que subyace en ella, se mantenga y se potencie. Ser europeista no consiste tanto en alabar las declaraciones políticas de un determinado dirigente -ya se éste Merkel, Macron o Von der Leyden- como en luchar por mantener un legado, enriquecerlo y entregárselo a las nuevas generaciones de europeos.
Europa es una constelación de naciones y de sociedades surgidas mediante un largo y rico proceso de decantación histórica y edificada sobre un conjunto de valores, de principios, de modos de entender la vida y de practicar los derechos y las libertades de las personas. Es una civilización. Y esa civilización lleva mucho tiempo en el punto de mira de sus más acendrados enemigos: el islamismo radical.
Los atentados de ayer en Viena, como los anteriores de Paris, Lyon o Niza, son la expresión de un odio radical islamista que pretende la destrucción de nuestro sistema cultural y político.
Lo primero es reconocer el problema: Europa tiene un problema que se llama islamismo radical. Ese problema tiene una expresión terrorista pero también tiene otras expresiones que, sin llegar a la comisión de esos brutales atentados, implican la violación de derechos fundamentales, de libertades individuales y de valores compartidos. En no pocas ocasiones, se producen vasos comunicantes entre ambas realidades.
Así planteado, estamos ante un problema de supervivencia de la ciudadanía europea a la que las instituciones de la Unión no están dando respuesta. Antes al contrario, estamos cansados de escuchar declaraciones buenistas que propugnan una falsa equivalencia civilizatoria entre quienes defienden derechos y libertades y quienes pretenden imponer una Sharía completamente ajena a nuestro tejido cultural y social.
Macron se ha referido recientemente a la necesidad de luchar contra el «separatismo islamista». Ese separatismo es la consecuencia de la incapacidad para regular adecuadamente los flujos migratorios, mirar hacia otro lado, y no atreverse a decir que no se puede admitir más de lo que se puede integrar.
El asesino de Viena era un inmigrante ilegalmente llegado en patera. Nadie lo dice. Naturalmente, la inmensa mayoría de los inmigrantes que llegan por esa vía no se dedican después al terrorismo. Pero, ¿no merece acaso una reflexión de las autoridades nacionales y comunitarias que esa falta de pulso europeo frente a ese fenómeno se esté traduciendo en una Europa de guetos, conflictos culturales, vulneración de derechos, limitación de libertades y, finalmente -sí, por qué no decirlo- atentados terroristas?
El europeismo debe también consistir en la defensa de Europa.