Iglesias al borde de un ataque de nervios y con un pié en las Indias

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El candidato ya sabe que se ha suicidado. A pesar del esfuerzo de los últimos días, no funciona. Se prodiga en los medios, busca la frase efectista, se disfraza de calle, vuelve del moño hipster a la coleta de barrio, pero nada. Ya nada es lo que era. Ni su mensaje, ni su lenguaje, ni su gesto funcionan.

Pablo Iglesias no tiene que esperar al 4-M para saber que ha perdido ya. Lo dicen todas las encuestas, todos los sondeos, los dicen los ambientes políticos y periodísticos -que huelen la sangre- y se lo dice la calle, en cada mitin, en cada paseillo, en cada visita relámpago a los barrios de antes. «La gente», a la que él apelaba, se mete ahora con ellos. «¡Anda a Galapagar!», parece que le dicen a menudo.

Cuentan los que le rodean y le siguen que se le ve desquiciado. Pablo está muy nervioso, da ordenes contradictorias, diseña una estrategia que cambia cada día, inventa una conspiración o se mete con alguien, y no para de hablar por el móvil, la cabeza ladeada, el boli Bic en la mano derecha, los pantalones por la cadera.

Pablo Iglesias diseñó una especie de chivo expiatorio para que el pueblo recuperara los odios ancestrales: el político egotista, el cara dura que cambiaba de barrio, se subía al coche oficial, se rodeaba de escoltas, se convertía en casta y además se forraba. Ahora solo se acuerda de los suyos para pedirles el óbolo del voto, semáforo a semáforo. Ha caído en todos los vicios que antes denunciaba y el chivo expiatorio es ahora él.

Ha roto consigo mismo, en todos los órdenes.

Ahora al parecer planea un gira latinoamericana para ganar unas perras y salir corriendo airosamente después del batacazo.

Al final, no era más que un Buscón, cuyo final, por cierto, dice así: «Yo que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirme, no de escarmentado -que no soy tan cuerdo- sino de cansado, como obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a las Indias con ella, a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres