Irene Montero: ¿Censurar a Plácido o mirarse al espejo?

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Ha prosperado a la sombra de un señor que, en gesto de máximo machismo, la convirtió en ministra para que todo quedara en casa.  No tiene formación digna de encomio, ni trayectoria laboral alguna. Su C.V. es igual a cero. Su experiencia profesional, un desierto. Su bagaje político quedó al descubierto en el famoso video con el revoloteo de las chicas de su recién estrenado gabinete ministerial (de gran categoría, como pudimos ver). Tiene, además, una vieja amiga de la infancia a la que nombró asesora del Ministerio y usa como niñera. Despidió a una escolta a la que mandaba calentar el asiento del coche, comprar pañales, hacer recados. Salió de Vallecas para reubicarse a velocidad supersónica en un chalet de lujo. Grita demasiado. Gesticula mal. Es persona sectaria y furibunda, de fuerte fanatismo ideológico. Desde que llegó al gobierno no ha hecho nada, más que enredar y pelearse con sus socios. Eso es ella.

Y tiene el cuajo de arremeter contra Plácido Domingo, un español ilustre, bueno, brillante y único en su género.

Si a Plácido no se le debe aplaudir tras un concierto, ¿qué hay que hacer con ella tras una de esas ruedas de prensa de vergüenza ajena, un tweet desolador o uno de los muchos e infumables proyectos normativos que le han devuelto atónitos los técnicos de los órganos consultivos?

¿Censurar a Plácido o mirarse al espejo?