Editorial. La salida de Iglesias: Se va el caimán, se va el caimán…

Editorial.
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Contaba García Márquez cómo en un cine de la Barcelona libre del tardofranquismo, durante el visionado del No-Do que informaba de un viaje de Franco, el público empezó a cantar con alborozo la vieja letra aquella «se va el caimán, se va el caimán». Mitos aparte (porque Franco no salió más que tres veces de España, a Hendaya, a Bordighera y a Lisboa, todas ellas en plena posguerra), nadie sabe muy bien la razón por la que la celebérrima canción se convirtió en despedida zumbona y festiva de según que dinosaurios políticos, algo así como un choteo final.

«Voy a empezar mi relato con alegría y afán», así empieza la canción. Y continúa «en el pueblo de Albolato se volvió un hombre caimán», y luego llega aquello de «se va el caimán, se va el caimán, se para Barranquilla».

¡Qué inevitable se hizo, ante la imagen de Pablo Iglesias subido a la tribuna y esculpiendo lugares comunes para el Diario de Sesiones, tararear la vieja canción!

El compositor, apellidado Peñaranda, recogió en la canción la leyenda de un cuate caribeño que, gracias a una pócima hecha por ciertas brujas, se convertía en caimán para espiar a las bañistas semidesnudas de la aldea. En cierta ocasión, la pócima falló y el sujeto quedó convertido en un caimán con cabeza de hombre. Al descubrir al monstruo, las mujeres salieron despavoridas y ya nunca más se acercaron al río.

Pablo Iglesias se va del Congreso de los Diputados y abandona el Gobierno camino de Barranquilla.

Las televisiones del régimen dieron la noticia con adhesión propia del No-Do.

La pócima le está fallando. Las madrileñas saldrán en estampida.

Otra canción de la época decía aquello tan bonito de «anda y que le ondulen con la permanen/y pa suavizarte que te den cold-crem».

Y otra: «Raskayú, Raskayú/ cuando mueras ¿qué harás tú?»