Editorial. No, Pablo, contigo no hay normalidad democrática

Editorial.
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Ha dado la razón el vicepresidente segundo del gobierno, Iglesias Turrión, al ministro de exteriores ruso: en España, según él, no hay normalidad democrática porque Junqueras está en la cárcel y Puigdemont fuera de España.

No merece la pena explicarle al Sr. Iglesias que si Puigdemont está fuera de España es porque cruzó voluntariamente la frontera escondido en el maletero de un vehículo y eligió convertirse en un fugitivo de la justicia.

Tampoco merece la pena explicarle al compañero de la Ministra de la niñera que el Sr. Junqueras está condenado por el Tribunal Supremo por graves delitos contra el Estado, en un proceso con garantías que ya quisieran para sí políticos condenados por los tribunales de sus amigos bolivarianos, cubanos, nicaragüenses, chinos o rusos.

Iglesias es la farsa política en movimiento.

El fue el contacto de los entornos de ETA en Madrid; aún recordamos su vomitiva intervención desde una Herrriko Taberna rodeado de filo etarras. No en vano, Iglesias ha sido el muñidor de la entrada de Arnaldo Otegui -que no es otra cosa que el lobista de ETA- en el círculo de poder de la coalición que sostiene al gobierno.

¿Es mucho decir que el proyecto político de ETA cruzó el Ebro con Pablo Iglesias? Si ese proyecto era la ruptura política, la autodeterminación, el comunismo, la república y la destrucción de la sociedad española, entonces hay que decir que esa afirmación es cierta.

Pablo Iglesias respalda y sostiene políticamente a las primeras tiranías del planeta: Venezuela, Cuba, Nicaragua, Irán etc. (todas ellas denunciadas por Amnistía Internacional por violación de derechos humanos), y si este personaje de quinta división ha llegado a ser vicepresidente de gobierno es porque la ambición de Pedro Sánchez es más fuerte que su sentido nacional. Pero que nadie se equivoque: Pablo Iglesias es enemigo de las libertades, de los derechos fundamentales y de la democracia.  En España y fuera de España.

Sí, Pablo: la anormalidad democrática eres tú.