Revilluca. Una necrológica.

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Podría haber sido un alcalduco de aldea, y habría estado bien. Podría haber sido un vendedor ambulante, y eficaz, porque los vendedores ambulantes llegan, lo venden todo y siguen su camino hasta quien sabe cuándo. Podría haber sido un feriante de antaño, con su micrófono y su altavoz de sonido metálico, cantando las bondades y premios de la tómbola. Lo malo de Revilla es que llegó a presidente de Cantabria y saltó con su populismo de aldea, su bigote nicotinado y su verborrea a la política nacional.

Cuando los vendedores ambulantes se hacen sedentarios, acaban siendo odiados, porque la gente les cala y les termina pillando. Revilla, que venía con sus latas de anchoas bajo el brazo como si fuera el viejo mielero de la Alcarria que vendía quesos, miel y chorizo por las casas, Revilla, que se bajaba del taxi cuando llegaba a Moncloa, anticipando en la farsa al mismo Pablo Iglesias, Revilla, regañador de paisanos, sentenciador de refranes, lenguaraz y pletórico, cautivaba con su oportunismo a la gente de buena voluntad. «Este hombre dice las verdades del barquero…al pan pan y al vino vino… a la pata la llana», en fin, una catástrofe.

El personaje llegó a tertuliano de La Sexta, y ahí se convirtió en la muleta vaquera de Pedro Sánchez. Con sus maneras  de rústico muy categórico, un poco de sainete, quiso representar «la voz del pueblo», pero era más cacique que menestral. Dijo de todo. Consiguió ese estatus en que uno se convierte en la antología del disparate pero da el pego. Y se creció. Luego, bastó una crisis real para mostrar su verdadero tamaño, muy pequeño, ridículo, impostado.

Confinó a su población, cerró el comercio, demonizó los casinos, prohibió a los paisanos ir a comer, a beber y a fumar a las tabernas, pero al final le pillaron comiendo, bebiendo, fumando y sentenciando en el interior de un restaurante bueno. En fin, un cacique local que le hacía la pelota al caudillo de la capital. Ambos autócratas.