YA NO CUELA

La Corona

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Si algo evoca la institución monárquica es la permanencia. Pretende expresar que en medio de la incesante riada de cambios hay algo que se mantiene, por encima del flujo y de las efímeras luchas de poder y de las modas ideológicas.

Pero para que cumpla esa misión, es esencial que se plantee así, que se acepte así, explícitamente. Lo que, en España, no ha sucedido.

Ninguno de los demócratas de toda la vida reniega de la democracia cuando gana el partido contra el que ha votado, cuando quien sale de las urnas es un botarate o un vil. Las críticas se concentran en la persona sin rozar la institución.

En España, en cambio, el debate en estos momentos es si el viejo rey emérito fue bueno o malo y, con él, la Corona. Y es un irónico honor el que le hacen a la institución y al propio personaje que le acusen de corrupción quienes han hecho disciplina olímpica del llevárselo calentito, de privilegio quienes juegan a tapar la calle con nubes de policía para evitar protestas a su puerta y de anacrónico nepotismo quienes a sus mujeres les ponen, mejor que un piso, un ministerio.

Aquí se jugó al juancarlismo, y eso es no entender nada. Fue el puñadito de monárquicos de la Transición quienes acentuaban, por un lado, la ‘preparación’ del heredero o la ‘profesionalidad’ (¿?) de la Reina, y por otro, su semejanza con el común, ese ansoniano “como cualquier otro chico de su edad, el Príncipe…”. Quizá en su momento pareció una estrategia inteligente para hacer tragar la corona a aquella generación que vivía con la democracia un romance adolescente y encandilado.

Pero es un disparate, como vemos. Y ahora quien presidió -por así decir- sobre aquel cambio de régimen sin tiros abandona el país como su abuelo, sin haber sido aún acusado de nada, mucho menos condenado por nada. La idea es que el autoexilio actúe de cortafuegos, pero eso es entender poco la psicología de las masas. La imagen es demasiado poderosa, la reminiscencia, demasiado clara.

Por lo demás, un hombre puede renegar de su padre, de sus ancestros, pero no un Rey, porque lo único que le mantiene donde está es la pertenencia a una estirpe. La monarquía es hoy el tenue hilo que nos mantiene unidos a un pasado que el poder quiere reescribir a toda costa; por eso hay tantas tijeras prestas, en manos de quienes quieren ser califa en lugar del califa.