Trento, el concilio español

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Tal día como hoy, 3 de diciembre de 1563, se celebraba la vigésimo quinta y última sesión del Concilio de Trento, que durante los dieciocho años anteriores había intentado fijar una posición común entre los países católicos frente a la reforma protestante y la amenaza de los turcos. Los protestantes fueron invitados, pero no acudieron.

El concilio de Trento tuvo un sello acusadamente español; no en vano España era la gran potencia política y cultural de aquel momento. La aportación de los jesuitas españoles Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco Torres fue decisiva para marcar el espíritu del concilio. La literatura posterior ha hecho aparecer Trento como una especie de quintaesencia del oscurantismo. La verdad es que fue exactamente lo contrario: la Iglesia católica necesitaba una reforma en profundidad. Países como España la habían abordado por su propia cuenta, pero en el resto de Europa el viejo templo se cuarteaba lleno de inmundicia; por eso pudo surgir una reforma protestante. En ese sentido, el Concilio de Trento no fue tanto una Contrarreforma como una “Superreforma”.

Merece mención aparte el papel extraordinario que jugó la Compañía de Jesús en el Concilio de Trento. Pablo III nombró teólogos suyos a los jesuitas Laínez y Salmerón. La Compañía era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma protestante. Si la Reforma se caracterizaba por la revolución y el desorden, las características de la Compañía eran justo las contrarias: la obediencia y la más sólida cohesión. Con razón dice el cardenal Manning que los jesuitas “atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas”. Lo que después se llamaría Contrarreforma fue, en gran medida, obra de la Compañía de Ignacio.

La filosofía del concilio vino inspirada por otro español, el teólogo aristotélico Cardillo de Villalpando, y las normas prácticas para la vida religiosa quedaron marcadas por Pedro Guerrero, obispo de Granada. El Concilio de Trento purificó la Iglesia: decidió que los obispos debían poseer capacidad personal y condiciones éticas intachables, ordenó crear seminarios especializados para la formación de los sacerdotes y confirmó la exigencia del celibato clerical. También prohibió a los obispos acumular beneficios y les obligó a residir en sus diócesis, limitando así la influencia del poder político en la Iglesia. En Trento, en fin, la Iglesia se reformó a sí misma. Como tantas otras veces.

Otros hechos:

1729: Nace en Olot, Gerona, el compositor Antonio Soler, maestro del clavecín.

1798: España comienza a aplicar la vacuna contra la viruela.

1842: El general liberal Espartero ordena bombardear Barcelona.

1874: Nace en Linares, Jaén, el sacerdote y pedagogo Pedro Poveda.