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El último aliento de Isabel la Católica

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Tal día como hoy, 26 de noviembre de 1504, moría en Medina del Campo la reina Isabel I de Castilla, “la Católica”, sin duda una de las figuras más decisivas de nuestra Historia.

Isabel, reina de Castilla y, por su matrimonio con Fernando, reina consorte de Aragón, falleció víctima de un cáncer de útero. Tenía 53 años. Había reinado en Castilla por espacio de tres decenios. Cuando llegó al trono, Castilla era un reino precario, con la corona en manos de las nobles, enviscado en permanentes querellas, con sus campos esquilmados por la guerra. Ahora se había convertido en la primera potencia de Europa. La unión con Aragón había creado un núcleo político de extraordinaria solidez. El poder público de la corona imperaba sobre los poderes feudales, sustituidos por una nueva clase rectora elegida ya no por sangre, sino por mérito. España era ya el Estado más avanzado de Europa. Las riquezas del país fluían. La Iglesia había emprendido su propia reforma mucho antes que en el resto de Europa. Se había conquistado el Reino de Granada. Se empezaba a saltar al otro lado del estrecho para establecer bases en el norte de África. Se había derrotado a Francia en Nápoles. Se había descubierto un mundo nuevo en las Indias. Un balance impresionante.

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Sus últimos años, gloriosos en lo político, habían sido tristísimos en lo personal. El heredero Juan había muerto en 1497; dejaba una hija póstuma que murió al nacer. Su hija Isabel, casada con el rey de Portugal, moría igualmente al año siguiente en el parto de su hijo Miguel, llamado a unificar los reinos de Portugal y España, que también murió en el alumbramiento. Quedaba como heredera la princesa Juana, que enseguida empezó a dar muestras de inestabilidad mental. Otra infanta, Catalina, casada con el heredero de la corona inglesa Arturo, veía morir a su marido poco después de la boda y terminaría casándose con el hermano del difunto, el que sería Enrique VIII. Esta sucesión de desastres golpeó severamente el alma de la reina. Isabel empezó a vestir de luto. Sólo su recia fe la libró de la depresión. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea su santo nombre”, dicen que dijo al conocer la noticia de la muerte de Juan, su heredero.

La enfermedad fue la culminación inevitable de tanto sufrimiento. Isabel enseguida tuvo conciencia de que su vida se acababa. Se encerró en su castillo de Medina del Campo y dispuso misas diarias por su alma. A estas alturas ya sólo le restaba dictar testamento y dejar en la tierra una buena siembra. Y la dejó: en el codicilo de su testamento prohibía esclavizar a los nativos de las Indias. Era la primera vez que un monarca hacía algo parecido. Broche de oro para una existencia de dimensiones extraordinarias.

Otros hechos:

783: La reina de Asturias, Adosinda, viuda de Silo, ingresa en un convento para franquear el camino del trono al nuevo rey, Mauregato.

1585: Llegan a Santiago del estero, entonces Paraguay, los primeros misioneros jesuitas.

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1844: El general Ramón María Narváez, liberal moderado, es nombrado por primera vez presidente del consejo de ministros.