Ya no cuela

El derecho a portar armas. Por Carlos Esteban

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Como era previsible, con los cadáveres aún claientes, el senil presidente Biden se lanzó sobre la matanza de niños en una escuela de Uvalde, en Texas, para obtener rédito político de la sangre (las elecciones de medio mandato están a la vuelta de la esquina) y avanzar el viejo plan demócrata de desarmar a los norteamericanos.

Porque, naturalmente, de todos estos asesinatos masivos tiene la culpa la Segunda Enmienda y el derecho a portar armas que consagra, como prueban todas las masacres que tiene que llorar periódicamente Suiza.

De estas espantosas tragedias cada partido saca lo que le interesa, porque la realidad es siempre compleja y uno puede encontrar en ellas invariablemente el factor electoralista que le conviene. Podían plantearse si la desinstitucionalización de las enfermedades mentales graves de los setenta no fue un gigantesco error, o qué puede hacerse con la atroz oleada de drogadicción que sacude Estados Unidos como nunca en su historia. Pero no: son las armas de fuego, no hay otra.

Pero eso plantea un problema evidente, además del constitucional: en Estados Unidos hay más, muchas más armas de fuego que personas. Una orden del gobierno para incautarlas todas sería una probable receta para una guerra civil. Sin contar con que los delincuentes no son muy dados a obedecer las leyes y seguirían armados.

Sin embargo, este caso ha tenido un detalle que me ha helado la sangre: la policía no solo intervino durante una hora interminable en que el asesino seguía matando a placer, sino que impidió a los padres que llegaron alarmados con las primeras noticias que entraran a salvar a sus hijos. Porque todo el argumento contra las armas en manos de los ciudadanos es que no las necesitan, porque ya están los policías para protegerlos. Y prefiero no imaginar la rabia y la pena del padre de un hijo muerto pensando cada noche que pudo salvarlo y la policía, la propia policía, se lo impidió.