Ya no cuela

El gran juego. Por Carlos Esteban

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Es razonable pensar que ese comité de salud pública reunido en un pintoresco pueblecito suizo, Davos, es una absurda mascarada, un club privado de multimillonarios aburridos que juegan a organizar el mundo según sus deseos, sin más transcendencia.

Desgraciadamente, los propios gobiernos y las organizaciones internacionales han concedido a Davos el papel de un nuevo Delfos, un oráculo cuyas profecías acogen con reverencia y sobre las que diseñan sus políticas.

Es así, y no con las bandas de la porra y los brillantes uniformes que temen quienes viven permanentemente en la Europa de los años treinta como acaba la democracia en nuestro siglo. Allí discuten tranquilamente cómo debemos vivir todos los habitantes del planeta, no ya sin voto, sino aún sin voz, deteniéndose en los más nimios detalles de nuestra futura cotidianeidad y presentando sus demenciales planes como un resultado inevitable, ya sea para tenernos controlados mediante pasaportes biométricos, ya para hacernos comer insectos o renunciar como cartujos a toda posesión.

Si los gobernantes estuvieran verdaderamente preocupados por el destino de la democracia, si de verdad y no meramente de boquilla quisieran preservarla, habría orden de detención contra estos irresponsables pirómanos de la civilización que disponen de nuestro destino como niños jugando con soldaditos de plomo.