El hombre de la foto, por Carlos Esteban

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Corre por las redes desde hace años, muy popular, una foto de una multitud en la Alemania nazi en la que todos levantan el brazo con entusiasmo en el saludo romano salvo un único hombre, que matiene los brazos cruzados en aparente gesto de desafío. Y por los comentarios de quienes envían la foto y de quienes responden, deduzco que una abrumadora mayoría de mis coetáneos supone que él mismo hubiera sido ese hombre en esa ocasión.

Casi todos nos hemos preguntado alguna vez cuál sería nuestra actitud en la Alemania de los años treinta durante el ascenso de Hitler, o en la Francia ocupada, o en la época de la esclavitud o cuando se quemaban herejes. Y casi todos nos hemos respondido que, naturalmente, estaríamos con la resistencia, detectaríamos y aborreceríamos al tirano, nos opondríamos resueltamente a la esclavitud y a la eliminación física de los disidentes religiosos.

Y es curioso, porque esos tipos que vitoreaban a Hitler, que veían la tortura o la esclavitud como las cosas más normales del mundo o que preferían no meterse en líos en la Francia ocupada eran básicamente idénticos a nosotros en lo esencial y, de hecho, son nuestros antepasados, tenemos sus genes. Todo lo cual hace muy improbables nuestras fantasías de presciencia y heroísmo.

Porque lo que impresiona de la foto no es meramente el acto de valor del hombre o su espíritu independiente, sino su soledad. Es la inmensa minoría, la valentía de enfrentarse, no ya a un tanque o a una cuadrilla de la porra, sino a la opinión unánime de tus contemporáneos, algo mucho más difícil.

Todos queremos estar del lado correcto de la historia, por citar al presidente Obama. Pero cuál sea el lado correcto rara vez se aprecia en el momento.