EDITORIAL

Editorial: Eppur si muove

|

Cuentan que, tras un largo y penoso juicio, el 22 de junio de 1633, Galileo Galilei se postró de rodillas ante los jueces del Tribunal de la Santa Inquisición y, con la cabeza inclinada en signo de sumisión, recitó la fórmula de rigor y abjuró de la visión heliocéntrica del sistema solar ya enunciada por Copérnico.

A pesar de ello, al parecer musitó, con esa terquedad que da la razón: «Eppur si muove» («y sin embargo se mueve», refiriéndose a la Tierra).

Algo similar ha ocurrido en Italia. La inmensa fuerza institucional, política y mediática del credo progresista sentó a la opinión pública italiana en el banquillo para abjurar de un posible triunfo de Giorgia Meloni. Como en el caso de Galileo, en el juicio sumarísimo al cuerpo electoral italiano los dogmas se impusieron a la racionalidad propia de un proceso democrático. Los italianos, sin embargo, han cometido ayer una formidable herejía colectiva frente al pensamiento único: pese a todo y a todos, los italianos han dicho, como quien no quiere la cosa, «eppur si mueve«. Otra Italia es posible en otra Europa que también puede serlo.

Hoy todos los editoriales de todo el mundo enfatizan, con alarmante unanimismo, la catástrofe de la victoria de la «extrema derecha» -eso sí, claro, gracias a la abstención- .

En lugar de analizar las causas profundas de esa victoria, la jerarquía de este nuevo credo, sonada, impotente, incrédula y bastante ciega, anuncia altisonante la llegada del Apocalipsis.

«Vuelve el fascismo» o «la callejera que surgió del fascismo» son algunos de los soniquetes que repican, sobresaltados, al borde de la histeria, los muecines de la nueva inquisición progresista.

De acuerdo. Están en su derecho. Y sin embargo se mueve.