Debate en la derecha francesa

Éric Zemmour, el Buchanan de Francia, por Krzysztof Tyszka-Drozdowski

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El mensaje populista del periodista francés está dando que hablar en la próxima carrera presidencial del país.

Por KRZYSZTOF TYSZKA-DROZDOWSKI (*)

Francia está atrapada en un estancamiento político. Parece condenada a un choque perpetuo entre las mismas fuerzas: la «Agrupación Nacional» de la derecha (antes «Frente Nacional») acusada de querer «destruir la democracia» y el «frente republicano» de los partidos del establishment que se alinean para «frenar el fascismo». La sociedad francesa, sin embargo, envía señales de que quiere salir de este impasse. El duelo Emmanuel Macron-Marine Le Pen en 2022 -una repetición de las elecciones de 2017- es visto como indeseable por hasta el 70% de los franceses.

Los sondeos han identificado un nuevo candidato potencial que podría romper este estancamiento político. Los últimos sondeos muestran que el columnista y periodista francés de Le Figaro, Éric Zemmour, tiene posibilidades de dar un vuelco a las próximas elecciones. El camino desde el estudio de televisión y la redacción hasta el Elíseo puede ser más corto de lo que parece.

Muchos comentaristas subrayan que no se ha visto un aumento de apoyo tan rápido en la historia reciente de la República Francesa. Un sensacional sondeo de Harris Interactive para la revista Challenges muestra que Zemmour puede contar con el 17% de los votos en la primera vuelta. El apoyo al columnista sigue creciendo, aunque todavía no ha anunciado oficialmente su candidatura. Actualmente está de gira promocionando su último libro, La France n’a pas dit son dernier mot.

Es difícil negar que la promoción del libro se asemeja a una gira preelectoral por el país. En julio, el periodista sólo podía contar con el 5% de los votos, pero hoy ha alcanzado cifras de dos dígitos. Hace apenas un par de semanas, pocos puntos le separaban de Marine Le Pen, la líder de la Agrupación Nacional (Rassemblement national). Ahora la aventaja en un 2%. Si las elecciones se celebraran hoy, la segunda vuelta no incluiría a Le Pen, sino a Zemmour contra Macron.

Las posibilidades del columnista de pasar a la segunda vuelta, si es que decide entrar en la carrera, se han hecho reales. Es un golpe para Le Pen, cuya campaña en las elecciones regionales de este año resultó una amarga decepción. Su padre, Jean-Marie, fundador del Front national, también vería al periodista en la segunda vuelta. En una entrevista concedida a Le Monde, declaró que si Zemmour fuera el candidato más fuerte de la derecha, lo apoyaría sin duda.

Otro estudio del Institut français d’opinion publique revela el carácter distintivo de la candidatura de Zemmour. Su apoyo no se limita a un grupo del electorado. Es el único candidato de derechas que se ha ganado las simpatías de dos grupos divididos hasta ahora entre la Agrupación Nacional y el partido liberal-conservador Les Républicains, reuniendo apoyos tanto entre las clases populares -la Francia periférica que vota a Le Pen- como entre la burguesía conservadora, que hasta ahora votaba a Les Républicains. Esto le convierte, en efecto, en la primera figura de la política francesa capaz de realizar la mítica Union des droites, la unificación de la derecha. Durante años, columnistas, pensadores y políticos han hablado de la idea de la unión de las derechas, de reunir a los nacionalistas y a los conservadores para derrotar a la izquierda y a los liberales. Sin embargo, tal síntesis nunca llegó a concretarse porque nadie fue capaz de encarnarla.

Con Zemmour, esto ha cambiado. El establishment teme su candidatura. En primer lugar, su editor, Albin Michel, le abandonó, rescindiendo su contrato, a pesar de los muchos años de colaboración y los excelentes resultados comerciales (sus libros vendieron cientos de miles de ejemplares, siendo Le Suicide français el de mayor éxito, casi 500.000). Sus apariciones en la tertulia política nocturna de Canal+ fueron vistas por una audiencia de casi un millón de personas. El CSA, organismo estatal que regula la televisión y la radio, obligó a Zemmour a abandonar el programa en septiembre, sosteniendo que, como «candidato potencial», no debería tener tanto tiempo en antena.

La posición de Zemmour en los sondeos ha provocado también la inquietud de la derecha. Christian Jacob, presidente de Les Républicains, el principal partido de centro-derecha, describió al columnista como un «candidato mediático» con el que no quiere tener nada que ver. Michel Barnier, que ambiciona ganar las primarias del partido, afirmó que no quería perder el tiempo hablando de un periodista cuyas opiniones no comparte. Xavier Bertrand, uno de los favoritos en las mismas primarias, declaró que las ideas de Zemmour son «monstruosas» (en los sondeos el columnista le lleva 4 puntos de ventaja)

Los políticos franceses, especialmente los de la derecha, intentan desacreditarlo. Sin embargo, según el propio Zemmour, están adoptando su lenguaje. Valérie Pécresse, que también se presenta a las primarias de Les Républicains, habla de «choque de civilizaciones», una expresión favorita del columnista, que es un gran lector de Huntington. Y Barnier exige que Francia se libere de la supervisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos -otro elemento básico de la escritura de Zemmour, que habla sin tapujos de un «gobierno de jueces» que despoja a los Estados europeos de su soberanía.

El propio columnista aún no ha decidido si se presentará a las elecciones de 2022. Sin embargo, su nuevo libro, La France n’a pas dit son dernier mot («Francia no ha dicho su última palabra»), ofrece un par de pistas. En primer lugar, el propio título niega que el declive de Francia sea imparable. En segundo lugar, recuerda una conversación con su hijo: «Un día, cuando compartía con mi hijo mi alegría por el resurgimiento en el debate público de las tesis asimilacionistas, que yo llevaba solo desde hacía mucho tiempo, me replicó: ‘El diagnóstico lo hiciste hace mucho tiempo. Ahora es el momento de actuar'».

Es difícil adivinar qué hará finalmente Zemmour. En una entrevista reciente dijo abiertamente que seguía dudando. Lo que sí sabemos, sin embargo, es su visión de Francia y la visión del mundo que se desprende de sus libros. Son esas ideas y declaraciones, que ya marcan el tono del debate en la derecha francesa, las que enmarcarán su programa si se suma a la carrera por la presidencia.

Hay un político cuyas ideas, y su camino hacia la candidatura, se parecen a las de Zemmour. Se trata de Pat Buchanan. Antiguo asesor de Richard Nixon, al igual que el francés, saltó a la fama gracias a los programas de entrevistas políticas. Ambos se fijaron como objetivo poner fin a la revolución de los años 60, o incluso revertirla. Para ambos, la soberanía es un valor innegociable y comparten una actitud hostil hacia las instituciones internacionales. Contra el libre comercio, ambos abogan por el proteccionismo. Buchanan quería defender a los americanos medios, mientras que el francés defiende a la France périphérique, la gente de las pequeñas ciudades y pueblos. Buchanan no llegó a ser presidente, pero preparó el fenómeno Trump (otra figura con la que se ha comparado a Zemmour). Sin Buchanan, no habría habido victoria en 2016.

Muchos comentaristas de la derecha que simpatizan con Zemmour señalan su evidente debilidad: No muestra sus sentimientos; es difícil relacionarse con él. Es cierto que la lógica fría y brillante de sus argumentos deja poco espacio para la empatía o la emoción. Y sin embargo, en el origen de sus libros hay un anhelo, una emoción que evoca imágenes de una Francia que desaparece.

Zemmour procede de una familia de judíos argelinos. Su padre, nacido en Argelia, admiraba a De Gaulle y, a pesar de que el general había separado a Argelia de Francia, le votó con convicción, «sin dejar de deleitarse con el lenguaje del general, repitiendo sin cesar sus mejores frases». Zemmour confiesa en su último libro que siempre había considerado el hecho de que Argelia hubiera sido conquistada por Francia, como consecuencia de lo cual se había incorporado a la nación francesa, como «un enorme privilegio». Por eso observó con tanta consternación cómo los suburbios franceses, la banlieu, antaño llenos de quienes comprendían el privilegio de ser francés, estaban cambiando. Décadas de inmigración han transformado hasta hacer irreconocibles los lugares familiares donde Zemmour creció. «Dejaron de ser Francia», dice.

Los libros de Zemmour son en su mayoría ensayos sobre la historia de Francia. Los acontecimientos recientes se reflejan en el espejo del pasado, mostrando la continuidad de las tendencias, las amenazas y las oportunidades. El propio autor ha expresado su convencimiento de que la única manera de entender lo que le ocurre a Francia hoy es escribir su historia.

A juicio del articulista, en las últimas décadas Francia ha vivido tres puntos de inflexión. El primero de ellos fue la revuelta de mayo de 1968. Esta fecha marca el inicio de Le Suicide français, como reza el título de uno de sus libros. La revuelta estudiantil del 68 fue para la república gaullista lo que 1789 significó para la monarquía capeta, una ruptura. Comienza la descomposición, que Zemmour ha cifrado en la fórmula de las tres D: Deconstrucción, Derisión, Destrucción. Esta «trinidad del 68… socavará todos los fundamentos de las estructuras tradicionales: familia, nación, trabajo, Estado y escuela».

Otro punto de inflexión fue la adopción del Tratado de Maastricht en 1992. En opinión de Zemmour, fue entonces cuando Francia dijo adiós a la soberanía y la democracia se convirtió en gran medida en una fachada. Nació una nueva división política: por un lado la izquierda, la derecha, los centristas, los liberales, las élites mediáticas, artísticas y financieras, los ganadores de la globalización, y por otro lado sus perdedores olvidados

El referéndum de 2005 sobre la Constitución Europea selló el destino de Francia. El pueblo rechazó la Constitución Europea, el «no» ganó. Pero no se les escuchó. Nicolas Sarkozy adoptaría después el Tratado de Lisboa sin pedir la opinión de los franceses. Fue el último clavo puesto en el ataúd de la democracia francesa, o eso pensó Zemmour en su momento. Y sin embargo, como escribe en su último libro, comprendió que Francia se enfrentaría a un destino aún peor si perdía la voluntad de luchar y se rendía.

En el diagnóstico de Zemmour, Mayo del 68 es una hidra que emerge en todos los ámbitos de la vida social, política y cultural. Sus contemporáneos, como el conocido sociólogo Raymond Aron, pensaron que fue una revolución sin sustancia que no consiguió nada. Zemmour considera que esta valoración es errónea: «Mayo del 68 no derrocó un régimen, sino que conquistó la sociedad poniéndola en contra de la nación».

Representó la inversión exacta de 1789. La revolución fue un levantamiento popular contra la aristocracia y las relaciones feudales, y «una victoria de la virtud espartana contra el dominio de las mujeres en las cortes y los salones». Mayo del 68 anunció la venganza de los oligarcas, la victoria del internacionalismo sobre la nación, la venganza de los nuevos señores feudales sobre el Estado, la victoria del feminismo sobre la masculinidad.

El eslogan estrella de los estudiantes rebeldes, «Jouissons sans entrave», se convirtió rápidamente en un eslogan publicitario. Se convirtió en el principio de la sociedad de consumo, para la que una de las barreras había sido el modelo de familia patriarcal, no orientado al consumo hedonista sin límites. «La glorificación de la homosexualidad por parte del sistema publicitario es una cara de la moneda, la otra es la denigración y deslegitimación del modelo familiar tradicional», escribe Zemmour.

La victoria del feminismo marcada por Mayo del 68 fue, a ojos de la ensayista, pírrica. No fue un triunfo de las mujeres liberadas, sino una victoria de los hombres que no querían atarse. Sin embargo, las feministas celebran la realización del sueño de rechazar toda responsabilidad: no es necesario casarse para tener relaciones sexuales; el aborto se puede solicitar; el divorcio es posible en el acto. Estas transformaciones han llevado a «la desintegración de la familia a una escala que Occidente nunca ha visto en su historia».

Para las élites surgidas de Mayo del 68, explica Zemmour, «la cohesión cultural que hemos logrado preservar a pesar de la inmigración del siglo XIX es algo sospechoso; exigir la asimilación equivale a la xenofobia; el apego a la historia, a nuestros héroes, es para ellos un testimonio de nuestra arrogancia racista.»

El liberalismo tiene una débil tradición en los países latinos, a pesar de algunos exponentes conocidos como Bastiat o Constant. En Francia, España o Italia no surgieron escuelas fuertes de pensamiento liberal. Zemmour, como enemigo declarado del liberalismo, es por tanto muy latino en este sentido. Para el periodista francés, el liberalismo es ante todo una ideología de élites indiferentes al interés de su propio país, llenas de desprecio por su propio pueblo.

Con argumentos económicos, el liberalismo abrió el camino a la inmigración masiva. El mismo liberalismo inició los procesos de desindustrialización y deslocalización que dejaron sin empleo a masas de inmigrantes, empeorando su situación y aumentando las tensiones entre ellos y la sociedad que los acogió. La ideología liberal, según Zemmour, es una de las principales causas de la anomia en la que está cayendo Francia.

Sin embargo, el liberalismo no habría tenido tanto impacto en la configuración de la sociedad y la economía francesas si no fuera por la Unión Europea. Fue el Acta Única Europea la que abrió el camino a la libre circulación de capitales, mercancías y personas. Supuso el fin de la política económica soberana e independiente y, como señala Zemmour, el fin de la industria francesa.

Los liberales franceses, sostiene el columnista, son incomparablemente peores que sus homólogos ingleses o estadounidenses. Las reformas introducidas por Thatcher y Reagan iban acompañadas de un renacimiento del patriotismo y del orgullo nacional, mientras que las políticas liberales en Francia iban acompañadas de eslóganes anodinos carentes de patriotismo y de una renuncia a la soberanía.

Fueron los liberales quienes sacrificaron la industria francesa. Zemmour estima que en 2014, el 50% del valor de las empresas del CAC 40 era de propiedad extranjera. Los «campeones nacionales», creados con gran esfuerzo bajo los presidentes De Gaulle y Georges Pompidou, dejaron de ser nacionales. La competencia desigual con China reconfiguró aún más el paisaje de la industria francesa. «En el campo de la industria», observa sombríamente el ensayista francés, «Francia ha vuelto en realidad al siglo XIX, cuando era un país agrícola».

Para Zemmour, el proteccionismo es la única política económica sana. El libre comercio, argumenta, no es sólo una cuestión de principios económicos, es también toda una visión del hombre y de la sociedad, donde el ciudadano «es visto más como consumidor que como miembro de una comunidad nacional, más como ciudadano del mundo que como patriota». Recuerda que la crisis de 1869-1873 fue más grave que la de 1929 y recuerda la figura de Jules Méline, que acabó con el reinado del libre comercio en Francia. Este reformista introduciría el proteccionismo y los aranceles que llevarían a la reactivación de la economía y la industria francesas.

Zemmour es un enemigo declarado de la Unión Europea. No sólo cree, como De Gaulle, que la comunidad europea es una tapadera de la Pax Americana, sino que, además, la ve como la máxima expresión de las tendencias oligárquicas de una élite llena de desprecio por su propio pueblo. Está gobernada por dignatarios que no han sido elegidos de ninguna manera, por funcionarios que no se sienten responsables ante nadie. En 2010, cuando el lema «salvar el euro» estaba en boca de todos los funcionarios de la UE, desaparecieron los últimos escrúpulos. Entonces, según Zemmour, la Comisión Europea dejó de pretender respetar a los parlamentos y empezó a dictar abiertamente sus condiciones. Cuando el primer ministro griego propuso un referéndum sobre la salida de la eurozona, Merkel y Sarkozy le obligaron a abandonar la idea y luego a dimitir. La famosa «pareja franco-alemana» estaba en marcha.

Para Zemmour, la pareja franco-alemana no es más que un mito. El término nunca aparece en el debate público alemán, sólo se utiliza en París. Los franceses se han hecho ilusiones durante mucho tiempo de que una Europa unida sería una Francia ampliada. Resulta que Europa no se hizo más francesa, sino más alemana. La hegemonía alemana en Europa se ha hecho incuestionable. «A partir de ahora, no se puede tomar ninguna decisión importante sin la aprobación de Berlín, y nuestros presidentes nunca se olvidan de ir a Berlín inmediatamente después de las elecciones. Como si allí, como los reyes de antaño en Reims, fueran ordenados», escribe.

La abdicación de la soberanía en favor de la U.E. y su subordinación a Berlín son, según el periodista francés, ejemplos de la traición de las élites. Las palabras de Jean-Claude Trichet cuando asumió la presidencia del Banco Central Europeo encapsulan perfectamente el cambio. Su primera declaración oficial fue en inglés: «No soy francés».

La imagen histórica que evoca Zemmour para denunciar esta rebelión de las élites es Madame de Staël y su salón en el castillo suizo de Coppet. Su admiración por Alemania y su alegría por las derrotas de Napoleón hacen de ella y de su círculo un arquetipo de la élite renegada. Es ella quien abre la genealogía de los liberales y progresistas franceses que, como escribe el columnista, «buscan incesantemente un maestro extranjero, ya sea inglés o alemán, ruso o estadounidense. Y mañana quizás uno chino, indio o árabe». Lo que Alemania fue para De Staël y las élites de su entorno, que admiraron tanto que renunciaron a su propia patria, el Islam lo es para las élites francesas contemporáneas. «El Islam es la Alemania de nuestra generación», sostiene Zemmour. «Actores, cantantes, escritores y periodistas hablan con una sola voz, defendiendo el Islam como una religión de paz, amor y tolerancia».

Cabe preguntarse si Zemmour debe ser calificado de conservador. Parece que estaría más de acuerdo en ser descrito como un «populista». Es una de las pocas figuras de la vida pública europea que admite de buen grado esta etiqueta. En una ocasión definió el fenómeno como «el grito de las naciones que no quieren morir». En otro lugar explicó que un populista es simplemente alguien que se pone del lado del pueblo. Todos sus discursos y libros sugieren que, a sus ojos, la división horizontal entre izquierda y derecha ha perdido su significado. Él piensa en términos de una división diferente, una vertical: la oligarquía, los ganadores de la globalización, frente a la gente común, los perdedores de la globalización.

El columnista francés también podría ser descrito como un «civilizacionalista». Es un término acuñado por Daniel Pipes, politólogo estadounidense, para caracterizar a aquellos políticos para los que la prioridad es luchar por preservar la identidad de la civilización occidental, oponiéndose a la inmigración masiva y a la creciente influencia del Islam. Zemmour utiliza a menudo esa retórica civilizacionalista en sus numerosas apariciones en televisión y en sus libros. En su último escribe: «hay que elegir el lado en el que se va a luchar en el choque de civilizaciones que se está produciendo en nuestro suelo».

Si el periodista decide efectivamente presentarse, tendrá que hacer frente a las contradicciones de su mensaje. Quiere que Francia recupere la soberanía sobre la inmigración, los aranceles y la política industrial, pero ¿cómo hacerlo sin salir de la Unión Europea o cambiar los tratados? Este es un problema que Zemmour se resiste a plantear porque se arriesga a perder el apoyo de la parte del electorado que tanto necesita: la burguesía patriótica. La cuestión de si el columnista francés seguirá los pasos de Buchanan sigue abierta. ¿Ganará Zemmour en 2022 o preparará el camino para un futuro candidato -quizás Marion Maréchal- que lidere el eventual triunfo de sus ideas?

 

(*) Este artículo ha sido originalmente publicado en ingles por la web The American Conservative y su autor, Krzysztof Tyszka-Drozdowski, es escritor y analista en una de las agencias gubernamentales polacas que supervisan la política industrial.