¡Albricias, llegó la ultraderecha!

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Hay dos formas de que los grandes medios dejen de tener esa actitud de babeante favoritismo hacia quienes queman las calles y secuestran la paz urbana: que los propios periodistas estén entre los agredidos y, sobre todo, que entre en acción la extrema derecha. Y anoche, albricias, sucedieron ambas cosas.

‘Ultraderecha’, ya se sabe, es palabra en código, un cajón de sastre donde lo mismo se mete a macarras violentos que buscan cualquier pretexto partidista para sus agresiones que a ciudadanos normales y corrientes que no quieren seguir huyendo, que no quieren esconderse, que no quieren que les conviertan en extranjeros en su propia ciudad, en su propia tierra.

Es una curiosa interpretación de la realidad, tan alejada de ella como se pueda apetecer, que ha impuesto la izquierda. Lo que no deja de ser curioso, porque quienes están quemando Barcelona y otras ciudades de Cataluña no son precisamente los parias de la tierra, y el objeto de su desprecio, sus víctimas, son exactamente los trabajadores que antaño fueron el caladero de la izquierda. Ver a ese farsante que posa desde su chalet de Galapagar de adalid de la ‘gente’, Pablo Iglesias, poniéndose del lado de la burguesía catalana contra los obreros que sufren en sus carnes esta pataleta adolescente era todo un espectáculo, un buen diagnóstico de este fin de era.

Pero vamos con los hechos. Anoche fue la peor noche de lo que llevamos de insurrección, aunque se trata de un motín tan curioso que cuenta con el guiño benévolo de las propias autoridades.

Empieza el día con el ministro del ramo, Grande Marlaska, anunciando que hoy -por ayer-, va a haber menos líos callejeros. Lo dice bastante temprano, pero, siendo el ministro del Interior, debe de saberlo. Por la mañana, el ministro del Interior dice que tiene informaciones sobre que los disturbios serán menores esa misma noche. Insisto, lo dice por la mañana. Y la realidad no le convierte, precisamente, en un exitoso profeta.

A mediodía tenemos a Joquim ‘Quim’ Torra anunciando que el ‘procés’ de autodeterminación, todo aquello del 1-O que ha llevado al juicio de la década, el golpe de Estado que para los magistrados fueron meras ‘ensoñaciones’, sigue adelante. Si uno de los fines de las penas es la disuasión del delito, parece que las que afectan a los procesistas condenados no han tenido mucho efecto. Ho tornarem a fer, como la cosa más normal del mundo, y ahí sigue el hombre, como siguen Sánchez y su cuadrilla quitando hierro a lo que no solo fue, sino que es también en este momento, un golpe de Estado en toda regla. Y el Estado, desaparecido, sin amparar los derechos de los ciudadanos.

No se olviden de esa parte, que es importante, crucial, para explicar parte de lo de anoche.

Por la tarde, manifestación de los CDR. Esta es la fase ‘family friendly’, como en el 15M, que tenían sus sesiones para toda la familia y luego el ‘vive tu propia aventura’ nocturno, en el que solo quedaban los profesionales de la destrucción y la revuelta. En este caso, sólo hay ese folclore grimoso e histriónico que han desarrollado los procesistas, con sus bailes y sus canciones.

El único incidente es que la prensa, situada en una tarima alta como para hacer más cómoda su labor, recibe algunos objetos lanzados con más entusiasmo que puntería. Los periodistas con casco asegurando que no es para tanto también resulta orwelliano. Ya decimos que no hubo graves desperfectos entre la profesión pero, siendo los encargados de contar la feria, la ofensa adquirió un papel central.

Pasan las horas, pocas, y sale a la calle un grupo bastante reducido de los que ya están hartos de que los separatistas se hagan los amos de la calle. Vienen a protestar, legítimamente, a reclamar Cataluña para España, a decir que lo es, con sus banderas. Y de este grupo se desgaja otro menor que, este sí, es de neonazis pata negra, de los que van a lo que van y para quienes la virtual desaparición del orden es una ocasión de ‘fiesta’.

Es entonces cuando los CDR, que parecen mandar bastante más que la Colau en Barcelona, desconvocan los actos previstos. Y la calle queda para los neonazis y los antifas, porque los chavales de la estelada saben cuándo conviene volver a casa de papá y mamá para no hacerse daño si las cosas se ponen realmente feas, y han dejado libre el campo. Como, por cierto, la Policía.

Mientras, apagón informativo. Nada de hacer especiales con una ciudad, la segunda de España, en la que los violentos usan sus calles a modo de circo romano.

Hay palizas, por los dos lados, aunque todos sabemos que solo las de un lado van a pesar, informativamente. Y aparece un elemento que lo puede cambiar todo, el que distingue una protesta política, por violenta que sea, con la anarquía: el pillaje. A río revuelto, ganancia de pescadores. Se destruye todo lo que es susceptible de ser destruido, desde cajeros a tornos de entrada al metro. Los neonazis han desaparecido, y los antifas son ahora los dueños.

Lo que queda ahora es un relevo. Los niños de instituto han dado paso a los profesionales de la revuelta, en cuyas manos queda la ciudad como en una peli del Oeste, con la ciudadanía resguardándose atemorizada, una huelga que es en realidad un cierre coaccionado por el miedo y la violencia, y las ‘columnas infernales’ del rojerío nacional e internacional dispuestas a caer sobre una ciudad a cuyo control parecen haber renunciado todos, desde la Moncloa a la Generalidad, pasando por el Ayuntamiento de Barcelona.