De la sonrisa a la mueca: se terminó la farsa en Cataluña. Por Julio Ariza

|

Torra nunca ha sabido sonreír. Su sonrisa, de un malo de película que además es muy tonto, ha tenido siempre un claro sesgo falsario. Ojo, porque los tontos, como se sabe, no descansan nunca, y ese es el riesgo de los listos, que se confían. Lo de Torra es una sonrisa ladeada, hosca, en un rincón del gesto, en una esquina turbia, sin ironía, ni cordialidad, ni bondad, ni sentido del humor. 

Una sonrisa forzada como esa no es más que una  mueca que se pretende ocultar. Y en eso estaban. En la ocultación de la violencia.

Los que hablamos la lengua de las bestias salvajes sabemos, al menos, distinguir cuándo alguien sonríe ancha, limpiamente, y cuándo no. Nosotros, los del ADN atrofiado y con baches, sabemos, al menos, sonreír, porque el sentido del humor es una de las cosas que nos diferencian del mono, y de su descendiente directo, el Sr. Torra. Él sale al estrado, insulta, ofende, amenaza, y se va con esa mueca que ya va siendo rictus, como un matón de la oratoria política después de gruñir al adversario. La bestia entre las bestias de la lengua de las bestias salvajes, D. Miguel de Cervantes, ya lo intuía, y dejó este verso escrito para la posteridad, que ahora le recuerdo yo a Torra para que vaya poniendo al día su sinapsis: “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.  Pues eso. Que se vaya.

El caso es que todo este rollo patatero de la revolución de las sonrisas, como ya se veía por el gesto de este dirigente primitivo y fanático, no era más que un camelo propagandístico. Una treta de marketing, una engañifa, un timo. No ha habido más que apretar un poquito para que salga el verdadero espíritu del nacionalismo catalán al completo: la famosa rauxa, que llevaba ya tiempo esperando su oportunidad y ha terminado saliendo del monstruo, como siempre.   

Suele decirse que no hay ideas culpables. No es así. Claro que existen ideas culpables: es más, detrás de los actos están las actitudes y detrás de las actitudes están siempre las ideas, sean estas racionales o irracionales (sentimientos, creencias, ocurrencias). 

El nacionalismo catalán es una creencia sentimental culpable, además de errónea. Culpable de romper la concordia, de traicionar el pacto de convivencia, de destruir la identidad catalana y, por supuesto, culpable de vileza política, de felonía nacional con España

Yo acuso a todos los nacionalistas actuales de ser los grandes responsables de lo que está pasando en esa tierra española. Les acuso a ellos, a sus profesores, a sus alumnos, a sus aduladores, a sus políticos, a sus funcionarios, a sus votantes, a la gente de a pie y a la de estrado, a los burgueses y a los que no lo son. En Cataluña hay casi dos millones de personas (son siete y medio) que han provocado esta hecatombe. No existe un inocente. Hay que decirlo claro. 

Se terminó la revolución de las sonrisas, esa engañifa para progres acomodados y sin inteligencia política que buscan el poder a cualquier precio (como Sánchez, como Zapatero), esa mercancía barata para los indolentes que no leen historia y están encantados de haberse conocido (como Mariano, como Soraya). Este tipo de gente no sirve para esta fase política que empieza.

Se terminó el juego. Acaba de comenzar la verdadera Historia. La Nación debe volver a reaccionar para llevar la libertad, los derechos, la seguridad, el orden y la paz de nuevo a Cataluña

Está bien claro que la única libertad que llega a Cataluña, la única igualdad, la única fraternidad, llega siempre de España.