¡QUÉ BOCHORNO!

El cabezazo. Por Julio Ariza

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A Franco se le pegaba un cabezazo solemne de adhesión al régimen, y ya después, en pleno besamanos, se le podía esbozar una sonrisa de impostado afecto a Doña Carmen Polo. En Japón son especialmente cuidadosos con este tipo de ceremoniales. Ni un grado más ni un grado menos de inclinación de cabeza en función de la persona ante la que haya que rendir la reverencia. En España, a Don Juan Carlos se le amagaba con una afectuosa inclinación de 10 grados, o sea sin pasarse en la servidumbre, que es lo propio de un país de pelotas modernos, es decir, juancarlistas pero no monárquicos. A Felipe VI esta tropa apenas le saluda. En el solmene acto de juramento del cargo (o promesa, estos prometen) los nuevos bolivarianos del gobierno le miran como de perfil, para que no se note, y como mucho le levantan las cejas, como el que saluda de refilón en Misa a alguien a quien apenas conoce. Una forma de saludo es también una expresión del lenguaje verbal, y ahí cabe desde el gañanismo galapagareño con los brazos en jarra hasta el gesto de institutriz de la Sra. Celaá. Pero volvamos al Japón. En el país del Sol Naciente hay tres grados de inclinación de cabeza: 15 grados (eshaku), que es saludo de cordialidad; 30 grados (keirei) que ya es servicial; y 45 grados (saikeirei), que ya es el acabóse. Luego está la dogeza, que ese tirarse arrodillado a los pies de la autoridad para pedirle compasión que vimos en El último Samurai.

Aún se recuerda con cachondeo de siglos el cabezazo de Josep Piqué, a la sazón Ministro de Exteriores, a Geroge W. Bush, el señor de la guerra. De aquello se mofó con pitorreo cruel la prensa progresista. Pobre Piqué.

¿Qué hace que alguien pierda la cabeza -además de alguna cervical- detrás del cabezazo, cuando no es debido? Quizás lo nervios. Quizás las impresión que causa el saludado. Quizás la sumisión infinita, cuántica, sumida en la entropía, que a algunos les produce El Poder.

Hay reacciones reverenciales desproporcionadas.

La del ínclito jefe de gabinete de Pedro Sánchez, este jueves, en la visita genuflexa a Torra, fue de antología del disparate. Aquello parecía una escena de la rendición de Breda, siendo Torra el general Spínola y Pedro Sánchez Justino de Nassau. Tan nervioso, perdido y desubicado estaba Don Iván Redondo que se trabó al saludar y lo que iba a ser un nipona inclinación de 15% de transformó en un auténtico saikerei, o sea un reverente y solemne cabezazo de 45 grados, para que no cupiera duda del grado de entreguismo y rendición. Hoy se le ve con collarín por Moncloa, del latigazo.

Patético y simbólico. Un paleto en la corte de atrezzo de un lunático.

No me resisto a contar una bonita anécdota del mundo militar, donde la ceremonia viene medida de siglos, como en Japón. Cuentan que el Capitán General de la Región Militar extremeña, un militar legendario, condecorado, divisionario y simpático, fue a pasar revista, allá por los años ochenta, al CIR de Plasencia. A un Capitán General la guardia del cuartel debe rendirle honores militares, que ese caso consistían en presentar armas. Cuentan que el oficial de guardia (un alférez de complemento en prácticas), se puso tan nervioso que en lugar de ordenar el “¡presenteeeen armas!” espetó a la tropa “¡rodilla en tierra!” que son los honores que hay que rendir a las Procesiones o al Altísimo. El Capitán General, que era un cachondo, no solo no se inmutó sino que bendijo ceremonialmente, paso a paso, como si fuera el Pontífice, a la tropa, y luego le hizo la señal de la Cruz al alférez sobre la frente. No sé qué fue después de aquel IMECO.

La siguiente visita de esta gira de provincias de Don Pedro Sánchez y Don Iván Redondo tendrá, al parecer, como flamante destino el País Vasco. Allí, al llegar, les bailarán el aurresku y les tocarán el txistu. Quiera Dios que Don Iván Redondo no se lance a los pies de Don Urkullu, paenitentiae paenitentiae, haciendo la dogezza, rodilla en tierra,de los nipones ante su emperador. Qué bochorno.