TRIBUNA

El castigo de la inoperancia

|

Por Ángel Pérez Guerra

¿Qué hay en el fondo de la tumba de Franco que tanto preocupa al Gobierno de Sánchez y su partido? Desde luego, no sólo los restos del que fuera Jefe del Estado así reconocido por la generalidad de países de diversos regímenes, incluidas —claro está— las democracias occidentales. En el fondo de esa cámara de pocos metros cúbicos situada en el presbiterio de la basílica del Valle de los Caídos, entre el coro de los benedictinos y la mesa de altar, lo que hay son los restos de un recuerdo. Pero no de un ayer inocuo, no. Sino de una memoria subterránea que posee toda la resistencia de un cimiento. Es, pues, la basa de la columna cuyo capitel resulta ser la España de hoy.

Esto es lo que quieren remover quienes ocupan las instituciones nacionales sometidas a procesos electorales cada vez más inquietantes. Saben que el tiempo apremia; que si no logran llevar la malhadada Ley de Memoria Histórica de Zapatero, principio del fin de la libertad de expresión tan trabajosamente ganada, hasta sus últimas consecuencias y hasta el fondo de esa tumba, los españoles podemos investigar y aún debatir sobre el franquismo sin prejuicios, sin censuras, abiertos a lo que el recuerdo nos traiga a colación, sea de la índole moral que sea.

Abierta la caja de los truenos, el PSOE, como ya ha advertido Santiago Abascal en el segundo Vistalegre, se puede encontrar ante un espejo que haga sobresaltarse a los mismos socialistas. Al menos a los más jóvenes. Y al mismo tiempo, si no consigue dar pleno cumplimiento a la Ley que, junto a la del odio, ha blindado el pensamiento único contra cualquier tipo de disidencia, es muy posible que la aparición en escena de las luces que todo periodo dilatado de la Historia (¡cuarenta años!) arrastra —incluso el soviético— ponga luz y taquígrafos no sólo sobre las vergüenzas históricas de una izquierda reiteradamente dantesca sino sobre el agotamiento absoluto de ofertas electorales que aqueja a los partidos de la moción de censura (¡qué bien le viene el nombre!).

Sánchez, en su inmarcesible ignorancia, no ha contado durante su carrera política con casi ningún elemento histórico de fuelle a la hora de tomar decisiones. Incapaz de formar un Gobierno salido de las urnas, su gran paso en falso, que es doble, está a punto de pasarle factura. Porque fue él quien dio alas a ese independentismo que ya ha entrado en las estribaciones del terrorismo y ojalá que no en las de la contienda civil. Y ahora, con media Cataluña en pie de guerra y otra media en silencio, no sabe qué hacer por ese flanco. Al mismo tiempo, la experiencia de haber ganado unas elecciones que no le han servido para ser investido está generando en el pueblo español una reacción, lenta pero segura, muy estudiada por los analistas serios: la frustración que da paso al castigo de la inoperancia. La responsabilidad de salir presidente de las urnas es siempre del que consigue más votos. Si no llega a coronar su esfuerzo electoral, el votante se siente impotente por delegación, y huye de repetir el intento. Esto está a punto de sucederle a este doctor bajo sospecha que se refugia en la tumba de Franco para ganar tiempo, aunque lo único que consigue es mover un ataúd, tal vez para hacerle sitio al suyo como político.