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DOS CARACTERES ANTAGÓNICOS

El telepredicador y las monjitas. Por Julio Ariza

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Son dos maneras de ser. Dos caracteres esenciales y antagónicos. Por un lado, el telepredicador, el hombre fatuo y engolado, que cree haber llegado más allá del bien y del mal y cuyo egotismo y egolatría le bastan y le sobran para dirigir las situaciones difíciles, torear la tragedia, ocultarla, desviar la atención. Fidel Castro pronunciaba interminables discursos en la plaza de la revolución, hablaba y hablaba y hablaba durante horas y horas, prometiendo, amenazando, criticando, escuchándose con increíble arrobo, diciendo esas estupideces que dicen todos los fanáticos, los totalitarios que llegan a creer en su destino mesiánico y en sus palabras gastadas y banales. Hugo Chávez inventó el ‘Aló Presidente‘, que era una caricatura de Fidel, en plan tropicaloide. Maduro es el esperpento en estado puro de esa incontinencia verbal que nunca dice nada, un patán que no para de hacer el ridículo. Pedro Sánchez se acaba de sumar a semejante clan. Todos los días, en un proceso cuya degradación es ya demasiado evidente, sale en TV a dar su perorata. En su egolatría, unos días sueña con ser el Churchill del sangre, sudor y lágrimas, otros días aparece como un pésimo actor que imitara al F.D. Roosvelt ante la chimenea, otros, sale simplemente sonado, dale que te pego, habla que te habla (anteayer no paró durante 70 minutos sin decir nada!) en una cosa que ya empieza a ser grotesca, con el hombre del cabezazo a Torra al fondo del escenario y el chekista pisándole los talones. Son personas de muy bajo interés. Y están de sobra.

Al otro lado están esas monjitas cuyas imágenes están haciéndose virales estos días, con su fortaleza, su entrega a los demás y su alegría interior. Son personas ejemplares. Ya lo eran antes, pero la vida demencial de los medios de comunicación nos había hecho olvidar prácticamente su existencia. Siempre han estado ahí. En las misiones y en los conventos, en los colegios y en los asilos, en las clínicas y en los hospitales, trabajando sin descanso, rezando sin descanso, viviendo sin descanso. Han decidido dedicar sus vidas a las vidas de los peor parados de este mundo: los pobres, los débiles, los necesitados, los abandonados, los enfermos, los viejos, los olvidados. Allí donde no llega el sistema, llegan ellas. Lo hacen con eficacia, sin reparar en riesgos ni fatigas, sin condiciones ni horarios ni retribución. Lo hacen por amor y lo hacen con una enorme alegría. Ortega y Gasset decía que la palabra alegría debe venir de aligerar, hacer ligera la gravedad de la vida, quitarle pesadumbre, y Nietsche que una persona alegre es sin lugar a dudas una buena persona. Las monjitas alegres son excelentes personas, nos ayudan a quitarle su gravedad a la vida, su pesadez existencial. Cuando algo nos derriba, ellas nos indican la senda para volver a volar. Creen en la vida más que nadie. Viven, contra lo que a veces se suele creer, más intensamente que nadie. Su alegría es una afirmación del hecho mismo de vivir. Quizás sea su más estrecha relación con Dios lo que le dé esa especial hechura a su corazón.

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Estos días de angustia y aflicción, de confusión y pánico, vuelven a aparecer como remanso de paz.

Salta a la vista que ni Pedro Sánchez ni Pablo Iglesias son personas alegres. Viven con amargura su destino.