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Franco y el final del pacto. Por Julio Ariza

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La quietud en que en España habíamos dejado a los muertos de la guerra civil fue la clave de bóveda del éxito de la transición. Si los muertos quedaban tranquilos en el recuerdo de un error/horror colectivo -la guerra civil- los vivos tenían por delante el porvenir de un nuevo proyecto nacional. Ese proyecto de vida en común que los españoles supimos encontrar a la muerte de Franco se edificó sobre firmes pilares como el del respeto mutuo, la concordia y sobre todo el olvido. Olvidar es muchas veces necesario en la vida, cuando uno busca la paz, el reencuentro, curar las heridas.  

Todos teníamos historias familiares, asesinatos, persecuciones, injusticias. Había dos opciones, o ir a saldar cuentas pendientes y enzarzarnos de nuevo en la división, el enfrentamiento y el odio, o pasar inteligentemente página y convertirnos en un país normal, donde la gente se respete y no se deteste por razón de origen, es decir, de qué lado cayeron el padre, abuelo, aquel tío, en una guerra que ocurrió hace ya 80 años. La muerte del abuelo se ha convertido ahora en un estigma, un rasgo identitario que nos sujeta al rencor y nos amarra al agravio.

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Todas las familias españolas sufrieron la barbarie del contrario, por una u otra razón, a uno y otro bando, en vanguardia y en retaguardia, durante la república, la guerra o el régimen de Franco. Todas. Todas hicieron un esfuerzo de olvido y reconciliación. Hasta que Zapatero decidió sembrar nuevamente la semilla de la discordia entre españoles, el discurso de los los agravios, los rencores, los ajustes de cuentas: La Memoria Histórica, cuya ley el PP no tuvo el coraje histórico de derogar

El último capítulo, especialmente grave, de esta historia de rencor, de división y de enfrentamiento entre españoles, es el empeño de Sánchez de expulsar a Franco de su enterramiento. Con ello Sanchez obliga al pueblo español a una especie de exorcismo colectivo completamente suicida: que salgan todos los demonios, los agravios, lo odios, y ya veremos qué pasa. Un estadista, sin duda, este señor. Franco en el Valle era un símbolo: habíamos enterrado la guerra, con actores de los bandos juntos. Franco desenterrado a la fuerza y humillado es otro símbolo, en sentido contrario.

La profanación de la tumba de Franco en el Valle de los Caídos es la voladura incontrolada de ese gran pacto civil entre españoles, del pacto por renunciar a lo peor de un pasado y de abrazar juntos lo mejor de un futuro.

Luego está la vileza institucional de apropiarse del destino de un muerto, de arrebatárselo a la familia, de decirle a sus nietos que el cadáver no les pertenece, y a los españoles que cualquier gobierno puede hacer con sus muertos lo  que le venga en gana al poder. ¿Cuántas veces podrá, a partir de ahora, cualquier gobierno de España, cambiar a Franco o a quien le venga en gana, de tumba, cuántas, y a cuántos? España siempre con la muerte a cuestas.

Esto de Franco es como el triste destierro de la convivencia. Y lo peor es que no lo hacen por algún tipo de memoria, lo hacen por puro afán electoral, es decir, por ambición de poder.

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A partir de ahora, ya sabemos que cualquier gobierno tiene poder absoluto no ya sobre la vida de cada uno sino también sobre la muerte de los muertos de cada cual.

Franco estaba en la historia. Esa historia estaba en el Valle de los Caídos, donde los muertos de ambos bandos, casi al 50%, descansaban en paz. Los españoles estábamos en el proyecto feliz de mirar hacia adelante. Pero no  quieren dejarnos. Quieren reabrir las heridas. Quieren que volvamos a odiarnos, a dividirnos. Quieren que nuestros jóvenes hereden la discordia, que el peso de la guerra pese sobre sus hombros, que carguen con el ataúd del odio. El gobierno y sus cómplices le han pasado el muerto a los jóvenes, robándoles el destino. 

Resucitan a un Franco sin franquismo, un espejismo político como señuelo de manipulación electoral. No es solo una temeridad. Es una traición al pacto de convivencia. Y es una cobardía. 

Es también un proceso cuyo próximo hito será la conversión de la Basílica en cementerio civil, previa voladura de la cruz más alta de Europa, desmontaje de la Piedad y expulsión de la Orden. Ya no queman iglesias, es verdad

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