HAY QUE ECHARLOS A VOTOS

La sedición de los Ceaucescu: Pablo e Irene atacan al compás

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En el Congreso les llaman los Ceaucescu (aquella parejita feliz del comunismo rumano de impagable recuerdo entre su pueblo). Parecen un binomio y no se sabe quién manda más de los dos, quien purga más, quien destierra más y quien le pone la cabeza como un bombo a quien. 

El que llegó primero fue Paulescu. Llegó con tres heridas, la del estalinismo, la del rencor y la de sumarse a la nomenclatura a toda costa. Por entonces Irenescu no existía aún en el liderazgo político de la extrema izquierda, hasta que llegó Cupido con su flecha y la transformó en una especie de joven Ferrusola virulenta.

Cuando aún existía Taniescu, ella y Paulescu acudían a reuniones con sediciosos proetarras, aparecían en sus agendas como contactos en Madrid y acudían (él al menos) a esas estructuras de financiación de ETA que eran las Herriko Tabernas a tomarse unos potes con los colegas de la kale borroka (¿recuerdas, Paulescu, aquello que decías con la carita tonta de “cuando finalmente os vayáis y decidáis como pueblo”) y a insultar a España y a los españoles, de paso. La cosa le venía al chaval de familia, porque su padre había militado en el FRAP que, lindezas aparte, era un movimiento para la sedición. El niño ya venía enseñadito de casa.

Luego se hizo famoso a costa del 13-M y «Rodea el Congreso», que quiso ser un movimiento sedicioso, pero se quedó en plataforma y solo sirvió para que Paulescu y los suyos llegaran a la nomenclatura: concejales, diputados, senadores, parlamentarios autonómicos y lo que el muñeco diabólico llamaba “instituciones populares” para seguir cobrando “cuando gobierne el adversario”. Pues todos a cobrar. Qué fenómenos. Ni que decir tiene que desde que “alcanzaron los cielos” nunca más volvieron a rodear el Congreso (ya estaba dentro). Aquella era también la época gloriosa en que Paulescu, enamorado siempre de sí mismo, “se emocionaba” viendo a los antisistema atizando sin piedad a un policía.

Ya llegado a la Nomenclatura, llevó el relato repulsivo de la sedición filoetarra al Parlamento Europeo. Un gran propagandista, como todos los leninistas. 

Cuando volvió a Madrid se dio cuenta de que Vallecas no molaba ya tanto (esos baretos de trabajadores con las manos manchadas de yeso, ese modelo de joven suburbano que sale de la boca de Metro, esos carritos de la compra tirados por señoras que no visten con ropa de ecologistas en acción), y entonces llegó la sedición del barrio, que se les levantó en armas silenciosas cuando éstos desertaron y se marcharon al casoplón de Galapagar. Era un malentendido porque en realidad la mudanza era “para que los niños se criaran al aire libre” (juassss). A Paulescu siempre le habían parecido “peligrosos los políticos que viven en chalets” pero él era en realidad un salvador, no un político; e incluso argumentaba “¿entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000 euros en un ático de lujo?” por lo que, en el momento de la negociación, para ser coherente, le dijo a Pedro Sánchez «bueno, Pedro, economía no, pero a Irenea dale una vicepresidencia…eso sí que sí». Yo creo que a este petimetre le pasa lo que al marqués de Echenique, de la Escopeta Nacional, que decía haber vivido cuando Franco en el exilio interior, o sea en la finca. “Yo preferiría seguir viviendo en mi casa, en Vallecas…si puedo elegir, prefiero seguir viviendo en mi barrio”. Lo dicho: los niños, el aire libre, el exilio interior, el campo, los pájaros (¡eso, eso, los pájaros, los pájaros!).

Con Cataluña no sabe lo que hacer, pero lo hace, porque la cabra tira siempre al monte y acaba por vivir entre los maquis. O sea, negocia con los sediciosos los Presupuestos Generales del Estado y acude a la cárcel para negociar con ellos, disculpa a unos CDR que son, cuando menos, la vanguardia de esa sedición, pone en cuestión el trabajo de la Guardia Civil que investiga sus vínculos con el terrorismo (al tiempo que le custodia militarmente el casoplón de Galapagar y se le cuadra mientras le da novedades), desprecia a la policía, promueve la autodeterminación, pide el indulto y coleguea con todos los que pretender terminar con España. 

Llevan los Ceacescu un par de años con purgas y sediciones internas, que si Errejon y su traición troskista entre sollozos, que si Manuela Carmena y su desprecio de vieja comunista, que si Bescansa la rica, que si Tania la deportada, que si Luis Alegre (qué triste, Luis, qué triste), que si Ramón Espinar (esquiador y pijo a costa de papá black) que si Rita y su arderéis como en el 36 (Pablescu, no te enteraste bien: no se refería a quemar “iglesias” sino a “Iglesias”).

Los Ceacescu se han negado a apoyar una declaración en el Congreso de los Diputados en defensa de los policías masacrados en Barcelona, mientras su socia y colega, Ada Colau financia abogados para los separatistas violentos que los apedreaban. Irenea hablaba también de “los fuerzos y cuerpas de seguirdad”, gran portavoz.

La última perla negra de la compañera Irenea ha sido pedir al Gobierno que derogue el delito de secesión, para que ya pueda levantarse impunemente contra la nación quien quiera, una y otra vez, hasta tumbar la nación, y tan a gusto. A lo mejor está pensando en encabezar la siguiente asonada. 

Lo peor es que ayer mismo, anticipando modales, ya creyéndose casi la Madura de España, ha señalado públicamente a una pobre señora en las redes sociales para obligarle a bajar el alquiler a unos colegas. Así operaba la mafia en Italia y el chavismo en su segunda patria, Venezuela. 

Como aguerrida feminista, son conocidas sus denodados esfuerzos por liberar a las pobres iraníes mientras aparece pontificando en la Tv financiada por sus democráticos lapidadores.

Charlatanes de feria, vendedores de falso crecepelo, trileros de la política. 

Hay que echarlos a votos.