EDITORIAL

Editorial. Las «reuniones discretas del arte de la política»

Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del gobierno. Europapress.
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Pablo Iglesias es un político mediocre que dirige un partido de mediocres, es miembro de un gobierno de mediocres y se desenvuelve con soltura en un mundo político-mediático, el español, colonizado, como nunca antes, por la más lamentable mediocridad. El gran mediocre va en un cochazo oficial, vive como un rico, va disfrazado de hipster y habla con solemnidad de las cosas más simples. Simplicius Simplicíssimus.

Pero el señor inquisidor es además un político cursi, que vive obsesionado con pasar a la posteridad por sus frases pretendidamente «brillantes», y va soltando citas, a ver si quedan prendidas en los diccionarios; la última, para referirse a su pacto con los legatarios de ETA.

Lo que no tiene justificación, tiene una cita.

Cuando el vicepresidente Iglesias habla de «reuniones discretas del arte de la política» se está refiriendo a que ha vendido -un pícaro mediocre- el honor de las víctimas de ETA. Ya decía Orwell que lo primero que hay que hacer para llegar al totalitarismo perfecto es crear una neolengua. Iglesias ha tomado nota, pero en fondo no hace otra cosa que concluir un proyecto que viene de lejos y que consiste en legitimar políticamente el ideario de Otegui y sus secuaces, en reescribir la historia del crimen terrorista y en lograr los objetivos ideológicos de los batasunos. Tumbar la concordia española para derribar el régimen constitucional.

A eso ha venido Iglesias. Ya lo avisó en una Herriko Taberna cuando habló del «candado de la Constitución del 78» y elogió de forma repugnante la visión política de ETA.

Ahora, le ha prometido a Otegui que van tener tanta influencia en Madrid como el PNV; le ha entregado los presos sanguinarios, acercándolos indiscriminada e injustificadamente; le ha entregado el honor de las víctimas; le ha entregado el relato, y le ha entregado, sobre todo, el futuro de España, porque el proyecto del señor vicepresidente del gobierno es llevar a cabo una segunda transición que lleve a nuestro desdichado país exactamente a los objetivos de ETA: socialismo y autodeterminación.

Pablo Iglesias no llegó a la política para defender a los pobres, a los desfavorecidos, a los humillados, a los desposeídos de este mundo, sino para llevar el proyecto político de ETA a las instituciones. Ahora ha dicho que gracias a esas «reuniones discretas del arte de la política» va a meter a los herederos de ETA en el Estado, para hacerlo saltar por los aires, claro.

Pasará a la historia, pero no por sus fatuas frases, sino por el daño causado.